sábado, 2 de julio de 2016

Bulls in Lucia Berlin

En B.F., uno de los cuentos de la nueva escritora de culto Lucia Berlin, la narradora describe a personas y situaciones imperfectas, reales, absolutamente genuinas y vitales. El hombre viejo que viene a arreglarle el baño, con su olor a sudor y alcohol, del que dice que inmediatamente le gustó. Toros y toreros son también parte de la escritura de Lucia Berlin, de su mundo vigoroso y auténtico donde torrentes de vida se encuentran en lugares y sentimientos de extrañeza y ardor en los recovecos de lo convencional y timorato:
"Bad smells can be nice. A faint odor of sunk in the woods. Horse manure at the races. One of the best parts about the tigers in zoos is the feral stench. At bullfights I always liked to sit high up, in order to sit it all, like at the opera, but if you sit next to the barrera you can smell the bull".
He recordado este pasaje al leer en El País una crítica de los pueblos y sus olores, sus tradiciones, su calor de verano, su sudor:
"Y no es que Coria sea un caso único; solo es un punto más en la sanguinolenta y densa geografía de fiestas con toros, cabras, vino barato, calor y moscas tabaneras" (Jesús Mota, 28 de junio de 2016).
Supongo que es más fácil escribir desde la comodidad del aire acondicionado y una oficina con moqueta que bajarse a la vida a oler, a sentir, y a entender.

sábado, 23 de abril de 2016

El pastor y el niño


Te observo un día más, encino, y hoy te revelas desvalido e imperfecto. Noto tu tronco retorcido, tus ramas dispares, tu copa demasiado cerca de la tierra. Alrededor, zarzas, ramas caídas, pedruscos y carrascos voraces invaden tu terreno. Un ejército de fealdad y desorden que aúna sus fuerzas para amenazar lo que de puro y alto batalla en ti. La primavera desorganizada se engancha entre los árboles como jirones de ropa vieja. Tus hojas son está tarde airada del verde intenso y doliente de las lluvias de los últimos días. Yo vengo aquí y, como siempre, no sé si hablo de ti o de mí.

Vengo cansada, cansada de luchar contra los brotes verdes que pugan por clavarse como garrapatas en mi alma. No ser, no sentir, no hacer, tampoco escribir. Limitarse a contemplar el terreno sucio y pedregoso, como si la naturaleza hubiera decidido utilizarlo de estercolero. Pararse en el paseo a observar a las ovejas con sus crías mamando, y percatarse del cordero cojo que sigue con paso presuroso al rebaño en su huida; contemplar los espinos de flor blanca que rasgan el paisaje de árboles estériles con la furia de un abrecartas cuando se espera un mensaje temido.

La luz tenue del sol se mueve como la llama de una vela en un baile de amor y desamor con el viento incierto. La tarde es un amante al que nos entregamos con fruición, aún a sabiendas de que acabará por traicionarnos. Va el pequeño bebé en su carro, dormitando. También es imperfecto su llanto, y el temor a que despierte. Y sin embargo no cabe más que amarlo, como amo al árbol, a las ovejas, al campo duro y a ratos hasta a lo mejor que yo tengo.

Las flores de los espinos arañan los troncos escuálidos de los árboles secos que se mantienen en pie a un lado del camino. Somos las flores del espino, hiriente y blanco.

Eso es todo, aunque este niño aún no lo haya aprendido. Vamos de vuelta a casa. Le ocultaré el secreto durante el tiempo exacto en que él sea fuente sagrada de magia e inocencia. Y quizá después despierte y acepte el secreto con la verdad del campo, y sepa amar mi encino y no conozca el sufrimiento de anhelar lo que no existe.

LLega el pastor a atender el rebaño. Le sigue su pequeño hijo con pasos cortos y presurosos como los del cordero lisiado. El niño renquea en el terreno encharcado. El joven padre lo toma en brazos. Se adentran los dos en la primavera del prado en busca de los corderos.

La tarde se ha detenido. Paseo y escribo. Ya no hay viento ni llanto. Así se crea lo que no existe.

miércoles, 13 de abril de 2016

13 de abril

Esta mañana nació Nicolás. En el paseo de la tarde no hemos llegado hasta el encino: un mastín apareció en medio del camino. Solo tendría nombre el niño cuando naciera. Su madre tuvo un sueño, y hoy lleva su hijo el nombre de nuestro tío querido. En clase sonó la primavera de Vivaldi; "pero hoy hace mal tiempo, teacher". Entonces les anuncié el nacimiento de mi sobrino.
Después supe que salió del útero de su madre con gran facilidad, de forma muy rápida, en la misma ambulancia que vino a recoger a la familia. Su hermano Lorenzo asistía al parto desde su silla del coche parado detrás de la ambulancia, en medio de la urbanización madrileña de donde no habían llegado a salir.
Hoy ha nacido Nicolás, y yo no he llegado hasta el encino. No en todas las clases sonó la primavera: tengo clases más difíciles y menos propensas a distracciones y confesiones. A unos alumnos les pedí de forma explícita que comenzaran a construir un mundo mejor para nuestros niños; en los otros, traté de creer y de aportarles confianza.
Bondad y esperanza, ese será el único legado que pueda transmitir a mis niños. Será una herencia labrada con determinación, porque a veces no es primavera aunque el calendario marque 13 de abril, porque hay tardes en que un mastín muerde con rabia el cobijo de mi encino sabio.
Nos enseñó mi tío la fidelidad a uno mismo, a transmitir cariño en un gesto contenido y digno, a vivir con la alegría de saberse en un mundo abierto y firme, a aderezar con gozo la compañía de los demás. Qué ganas de vivir tenía, y cómo murió sin quitarse los botos de su gran pasión.
Hoy un nuevo Nicolás llega al mundo desde las profundidades espirituales de los planetas y las estrellas, las mismas donde mi tío emprende su camino de vuelta. Eligen los niños unos padres, una familia, un lugar al que venir al mundo.
Nicolás tardaba en nacer, pero cuando lo hizo llegó con naturalidad y rapidez. Hoy es 13 de abril, y es primavera aunque a ratos no lo parezca, y suena la música alegre y fresca, y yo no llego hasta el encino porque orado un túnel negro que avanza hacia las profundidades de la tierra, pero hay una realidad suprema, espiritual y auténtica, de donde vienen los niños y adonde van los muertos. Allí tenemos todos nuestra estrella.
Mi encino muelle y suave siempre espera al final del camino: más allá del cielo encapotado, contemplo el baile del universo. Hoy es 13 de abril, y ha venido Nicolás al mundo. Puedo oír perfectamente el regocijo de todos los seres espirituales que nos acompañan, invisibles y etéreos, y escuchar su mensaje:
Nicolás, bienvenido. Te acompañaremos, te querremos, volveremos a hacer el mundo juntos. Con alegría divina cumpliremos el decreto de nuestra estrella. Traes oro para nuestras alas. Un día devolveremos al cosmos el polvo de los astros.

miércoles, 6 de abril de 2016

Primavera

Se posa en la encina seca la primavera ladrona 
Urraca oscura a la que ciega el armiño de mi sayo
La aguja del cuerpo continúa marcando las invierno y cuarto
Me aferro a mis trapos desvaídos
Recluidas al otro lado del alambre de espino
Gritan en el prado las margaritas de corazón amarillento
Agitan perturbadas sus camisas de fuerza
Entregan sus cadáveres recién nacidos
No quiero mostrar mis carnes ávidas y famélicas
En casa hay lumbre y toros en la tele
En algún lugar tienen que haber puesto el pan con membrillo
Que siempre me guardaba mi abuela para merendar

martes, 5 de abril de 2016

Dice Esaú Fernandez, tras una tarde de decepción, que es un parásito para la sociedad. Y yo digo que ojalá aprendiéramos todos de su entrega, dedicación y esfuerzo. Lo que ofreces a la sociedad con tu ejemplo es muchísimo y absolutamente necesario.
¿Para qué, dices? Los éxitos rotundos y las alegrías acabaran llegando. Pero hoy tienes el éxito de cumplir con tu vocación, de regalarnos lo mejor de ti, y de servir de luz para todos los que buscamos nuestro camino. Lo único que no vale en esta vida es arrodillarse como el buey, y eso nos lo enseñan los toros a todos los que sabemos de ellos.
Gracias, Esaú, torero, hoy y siempre, por darnos la lección de cómo enfrentarse a la vida. Solo cabe la verdad, la entrega, la pasión. Vivir como el buey no es vivir. Gracias por ser el faro en esta sociedad de éxitos falsos, de indulgencia, de vida a medio gas.
Llevas la estrella del arte, del compromiso, de la entrega y de la pasión, y eso es lo que ilumina a la sociedad y la redime de tanto parásito real. También yo acabaré encontrando mi plaza, mi puerta grande, mi arena querida. Y os lo deberé a todos vosotros que me alumbráis y precedéis en el camino.
Somos taurinos, sabemos cómo NO se puede vivir.

viernes, 1 de abril de 2016

Había nevado por la mañana; la tarde se quedó verde primaveral. En la dehesa, la luz cálida de la tarde se desparramaba sobre campanillas y margaritas, que se mecían con la elegancia discreta de las mujeres que no se pintan los labios. La sencillez de la tarde contaba la historia de lo fácil que es doblegar la tierra y vencer al invierno. Quizá nunca he estado lo suficientemente atenta para encontrar los indicios de la primera flor antes de que el calor forajido me quite las medias. Me gustaría saber si alguien, alguna vez, ha logrado despertar antes que la primavera.
Las encinas con cuerpos de gigante y el pasto con risa de niño eran el tapiz sobre el que trazar desde la furgoneta un reguero de paja y pienso para dar de comer a las vacas madre. Un banco de becerros nadaba alegre y retozón como innúmeros peces recién nacidos a la grandiosidad aún ignorada del mar. Trabajábamos con los gestos seguros de las tareas que se repiten cada día, con la entrega ardorosa a los quehaceres que devienen en rituales. Dibujábamos un camino por el que la tarde y la vida no podían perderse.
Volvíamos ya a casa, evitando el camino del río desbordado por la nieve de la mañana que la primavera había abortado. Falta una vaca, había comentado la sabiduría natural de mi hermano. Estaba allí, al otro lado del prado, apartada y sola. ¡Va a parir!, exclamé yo alborozada. Nos acercamos con la furgoneta. El churro está muerto, comentan enseguida, con la ciencia de los que saben de las flores antes de que la primavera nos hable de ellas. Parió la vaca de mañana, entre la cortina de nieve y frío que cubrió para siempre el sol. Me tapo los ojos y sollozo.
Como salteadores de casas, recogemos el peso negro del becerro muerto. La parte trasera de la furgoneta se inunda de nieve y sangre. Allí quedó sola la vaca, dando vueltas en torno a la cuna robada, bajo la luz implacable de la primavera.

jueves, 31 de marzo de 2016

Ceporra, cabezona y empecinada. Si voy con el coche y me confundo, jamás me doy la vuelta. Aunque acabe por tardar tres horas en llegar de El Tiemblo a Ávila. ¿Que hay una pared en medio? Yo p'alante. Hasta que la tire abajo. Estaría todo muy bien si no fuera porque hay paredes que no hay ni dios que las mueva. En ese caso hasta que no vienen a recogerme en ambulancia, yo allí erre que erre. Madre del amor hermoso, en nombre de qué grandes cosas me da por obecarme. Parece que no he aprendido nada. Pero quizá sí: al menos percibo un olor a chamusquina en el ambiente... Hay lecciones que una no puede permitirse que se las enseñen dos veces. ¿Se puede saber dónde está el paso de peatones para cruzar a la acera de enfrente? ¿O hay que tirarse a pelo?

domingo, 27 de marzo de 2016

La afirmación de que cada gota de agua que llevamos en el pico contribuye al bien del mundo puede conducir a cierto desánimo y escepticismo. Quizá se entiende mejor desde el punto de vista que ofrece Hannah Arendt y su teoría de la banalización del mal: los grandes males no los causan los malvados y poderosos, sino las personas pequeñas y corrientes que asumen y acatan el orden establecido puesto que no es posible cambiarlo ni luchar contra él. Rebelarse, en muchos casos, traería invariablente muerte y sufrimiento.
En la película sobre Hannah Arendt (judía que pasó tiempo en un campo de detención nazi, filósofa destacada en sus estudios sobre el totalitarismo, profesora de universidad en Estados Unidos) se muestra cómo desarrolla su teoría sobre la banalización del mal a partir del juicio en Israel al nazi Adolf Eichmann. Escribe Hannah en el New Yorker que Eichmann es un hombre absolutamente anodino y mediocre, incapaz de estar a la altura del extremismo del mal que provocó.
Este hombre no tenía en absoluto ninguna conciencia de haber asesinado a nadie; se limitaba a cumplir su trabajo: organizar en un determinado tramo el paso de los trenes. Y realizó su trabajo con absoluta dedicación y entrega, de lo que se siente orgulloso, pues para él el valor más importante es respetar la ley y trabajar con profesionalidad.
Eichmann está convencido de que cumplió con su deber. Hannah Arendt explica esta situación porque suspendemos la capacidad de pensamiento y se la traspasamos a otro que decide por nosotros. Aunque quizá ese otro u otros a su vez en realidad no pueden decidir nada, y al final nadie parece ser responsable del horror creado entre todos.
Hannah se atreve a dar un paso más allá y plantea que en cierto modo la actuación de los líderes judíos puede estudiarse desde los mismos parámetros, pues se limitaron a acatar lo que no podía cambiarse. Por estas afirmaciones la escritora es acusada de arrogante e insensible, y sufrió el rechazo masivo y visceral de judíos y no judíos.
La misma Hannah, a pesar del rechazo, hizo lo único que estaba en ella hacer: pensar y abrir a los demás caminos del pensamiento. No juzga la actuación de los líderes judíos, y sin duda considera que Eichmann merece la condena de morir colgado. Solamente constata que el mal pervive por la colaboración de las personas anónimas. Como antídoto, propone el pensar, como fuente de fuerza especialmente en aquellos momentos en que todo parece perdido.
Dice la pensadora, y es mi conclusión, que el mal puede ser extremo, pero nunca radical: radical y consciente solo puede ser el bien.
Es difícil pensar cuando las estructuras del mal nos constriñen el cerebro como un casco con tuercas de tortura. Por eso el bien es la revolución, dura, difícil y solitaria. Por eso el mal lo tiene tan fácil, y nosotros somos y nos sentimos tan limitados.
Se equivocaba el águila al mofarse del colibrí con su gota de agua en el pequeño pico para apagar el fuego; no supo ver la conciencia y radicalidad que llevaba el pájaro consigo. Es así como la gota se convierte en necesaria y revolucionaria y como acabará por llamar a otros y apagar el fuego.

viernes, 25 de marzo de 2016

Entre las muchas falacias del coaching superficial se encuentra para mí la de cambia tú y cambiará el mundo. Mira, deja de chocarte contra un muro y sal corriendo. Todo está bien contigo. En otra parte está lo que buscas y gente maravillosa que compartirá tu camino. Eres flor, y no una flor cualquiera: la rosa solo puede ser rosa, y nunca lirio. Así que no mires tanto a tu flor marchita, y sí al suelo donde viertes tu semilla. Vamos, que por mucho que te quieran vender el fertilizante, no crecen rosas en el Ártico. (Eso sí, se dice más fácil que se hace).

jueves, 24 de marzo de 2016

Random things en una tarde de Semana Santa


En dos días puedo comprarme perfectamente veinte libros, mangar uno, y recoger dos bolsas de ejemplares viejos del contenedor de basura. Quizá en otra vida quemé libros en hogueras, destruí bibliotecas enteras, hice mi guerra contra el saber, y ahora me vuelve el karma como una condena inexorable.
En una vida futura seré romancista, un viejo con frío en los huesos y joroba en la espalda que irá de pueblo en pueblo contando historias, recitando romances, aprendiendo cuentos. Tal vez aún pueda ocurrir el milagro de desarrollar joroba en esta vida presente.
Otro año más tengo un padre que cumple años, repetido y viejo como la película de Ben-hur que lleva varias horas viendo, sentado tras de mí, con sus cascos en las orejas sordas. ¿Quedarán aún familias enteras sentadas en el sofá arremolinadas en torno a la tarde viendo Ben-hur? Yo puede que nunca haya visto ni siquiera un fragmento. Pero el día que dejen de echar la película por la tele (o mi padre de verla, que será lo mismo), me costará mucho más entenderme.
Me gusta ir conociendo a las personas poco a poco, ser observadora de su evolución, de cómo se revelan ante cada pequeña circusntancia de la vida. No creo en las primeras impresiones; me gusta poder cambiar de opinión. Y descubrir así a personas tan corrientes y pequeñas que de pronto se convierten en perfectas y plenas. Y que ya lo son para siempre.
Solo puede existir la imperfección perfecta, el amar a los demás por el equilibrio de sus limitaciones, o por la lucha contra ellas. Personas malhumoradas, locuaces, calladas, amargas, excesivas, insignificantes, pacíficas, vehementes o turbulentas que de pronto se colocan el corazón en la mano, y se exponen valientes para que tú las veas.
Me gusta pensar que no todo el mundo puede verme, ni aún con mi corazón en la mano.
Está bien a veces decir no, aunque sea demasiado tarde, aunque quedes fatal, aunque la vergüenza y la culpa te indiquen que deberías haberlo hecho mucho antes. Nos hemos montado un mundo con demasiadas responsabilidades, donde no hay tiempo para equivocarse ni oportunidad para arrepentirse. Coge tu sombrero y tu paraguas, no sea que llueva aunque en el cielo luzca el sol, y preséntate cada día en la oficina a las nueve menos tres.
Como una gallina sin cabeza. Me ha hecho gracia acordarme de esta expresión, y un poco menos entenderla por primera vez. Como pollo sin cabeza, me doy cuenta ahora de que así es la expresión original. Pero al borde de los cuarenta, me veo más como gallina. Casi huera, quién sabe. A lo mejor estoy a punto de poner el gran huevo, y aún no lo sé. Confio. He aprendido que es lo único que puede hacerse. Lo contrario es ser... gallina sin cabeza.
El antónimo exacto de gallina decapitada es espalda dolorida. Entonces dejo de hacer todo eso que tanto cansancio me trae y que no sé si me lleva a algún lado, y cuando paro es cuando todo lo que busco llega: un pájaro se acerca a mi balcón en la ciudad, y yo lo veo sin prisa en un segundo eterno; escucho a Lorca musicado y muero cuando dice Soledad Montoya "vengo a buscar lo que busco,/ mi alegría y mi persona", y después me pregunto si todo el mundo sufrirá como yo con la perfección de la palabra que pone en un momento el mundo del revés como un calcetín maloliente y agujereado.
Veo ovejas a los lados de la carretera, entre el verde luminoso de este día de primavera. Mirar a las ovejas es como mirar al cielo y ver nubes alegres y blancas entre la luz inocente del día. Las ovejas saltan y dejan en el alambrado de mi imaginación vellones de paz. No comparto en absoluto la mala fama de las ovejas: para mí son la esperanza.
El flamenco me despierta el ansia por los toros, ese anhelo de la emoción más verdadera que te sobreviene perfecta y orgásmica. Más tarde me siento enfrente del ordenador y escribo mis bobadas. Me he metido en una tarde sin historia, larga y conocida como la película que ve mi padre.
Siento cierto respeto por mis dos hernias: me paran y me gritan bien alto "adónde vas, muchacha". Y yo suelto un ay callado, y les hago caso.
Desde aquí, ya en el campo, observo pájaros nuevos que se colocan de diademas las flores breves del árbol que es mitad ciruelo. Y me visto yo también de comunión: ya no veo el árbol, lo siento, lo entiendo, soy parte de él.
Contemplo como Blake el mundo en un grano de arena, y sé que todo está bien. Que nada tiene que ser porque ya es. Y que siendo es como una se hace a sí misma y renueva el mundo.
Todo lo que hace falta es una tarde larga, y escribir cosas sin importancia.
La película ha terminado. ¿Qué haces ahí toda la tarde?, pregunta mi madre sin esperar contestación. Y en el no esperar nada, me ofrece a mí la respuesta.



martes, 22 de marzo de 2016

El mal es una pequeña piedra que alguien tira al agua, y entonces las ondas comienzan a sucederse en la superficie, estrechas al principio, después cada vez más amplias. Un día el mal explota en un aeropuerto, y las ondas continúan su camino, afectando a las vidas de personas que conocemos, y hasta las nuestras propias. El guijarro termina por quedar enterrado en el lodo, pero nuestro estupor no desaparece. Cada día, cientos de miles de millones de piedras son lanzadas al agua. ¿Aún no comprendes? Toma tu canto, mira bien tu mano, y lánzalo al agua. Todos estamos interconectados.

Guijarros

El mal es una pequeña piedra que alguien tira al agua, y entonces las ondas comienzan a sucederse en la superficie, estrechas al principio, después cada vez más amplias. Un día el mal explota en un aeropuerto, y las ondas continúan su camino, afectando a las vidas de personas que conocemos, y hasta las nuestras propias. El guijarro termina por quedar enterrado en el lodo, pero nuestro estupor no desaparece. Cada día, cientos de miles de millones de piedras son lanzadas al agua. ¿Aún no comprendes? Toma tu canto, mira bien tu mano, y lánzalo al agua. Todos estamos interconectados.

sábado, 19 de marzo de 2016

Ayer en la presentación del último libro de Ana Rosetti apenas había nadie. Estaba yo, y sentía que estaba donde tenía que estar. Eran poemas basados en situaciones de injusticia y desigualdad: desapariciones en México, pena de muerte en Texas, deshaucios en España, refugiados del mundo. La autora misma encarna la conciencia social y ética en su prurito moral y en su activismo: parece haber estado en todas las partes del mundo (comenta que hasta que no estás allí, no te puedes hacer idea de lo que significa para la gente cada problema social). Ahora mismo me nace de dentro la certeza de que la educación es en valores, o no es. Nos dan en el instituto una charla sobre los refugiados: siempre hay uno que dice que aquí estamos peor; recogemos dinero para ONGs: para qué vamos a darlo si lo van a robar, y además más nos hace falta a nosotros; vamos al campo a observar pájaros: los pájaros son para matarlos y la naturaleza es un aburrimiento; vamos a dejar recogida la clase para que las señoras de la limpieza puedan hacer su trabajo: les pagan para recoger nuestra mierda. Todas estas frases son solo de ayer, escuchadas a lo largo de una mañana. Cierto es que hay alumnos maravillosos con las ideas claras y el valor para hacerse oír. Luego veo el telediario con mi pequeño sobrino, y salen políticos corruptos, hinchas de fútbol que humillan a mendigas, mendigas que parecen cómplices, vándalos que destrozan la ciudad de Vitoria en nombre de la mejora de la educación, padres indignos de tal nombre que dejan solos a sus bebés en el coche. Hablamos Lorenzo y yo, y llegamos al acuerdo de que vamos a hacer un mundo mejor, y vamos a empezar ahora mismo, queriéndonos mucho y aprovechando cada momento que nos pone la vida por delante para hacernos mejores. Mejores, repite el niño. Mejores, pienso yo, aunque tú ya lo eres. Todos fuimos niños y fuimos buenos, y después adolescentes y había un camino claro de justicia, y entonces había salvación, y nos hicimos mayores y sigue habiéndola, porque es el momento de la responsabilidad y la conciencia. Y hay un paso más allá, que es la acción, y ese es el que salva al mundo y lo hace mejor y donde nosotros volvemos a ser mejores, y recobramos el tamaño de mi sobrino. Pero es difícil la acción, amar siempre, estar a la altura de cada situación, no dejar que en la reacción a cada situación cotidiana lo que salga afuera sea lo peor de nosotros. La lucha por un mundo mejor se está librando ahora mismo dentro de cada uno de nosotros. Mientras, nos siguen doliendo las imágenes del éxodo de los refugiados. La conciencia no es suficiente. El quererse mucho, como en esos momentos en que tía y sobrino contemplan el horror en el telediario, imprescindible. Contaba Ana Rosetti el cuento del colibrí que llevaba agua en el pico para apagar el incendio del bosque. Se mofaba el águila del pequeño pájaro. Hago lo que está en mí hacer, contestaba el colibrí. Hago lo que está en mí hacer. Qué es lo que se nos pide a cada uno de nosotros? Necesito vacaciones, pero las voy a emplear en seguir buscando mi sitio hasta que mi sitio me encuentre a mí: el lugar en el que pueda dar lo mejor de mí, y desde el que vuele con mi gota de agua en el pico.

domingo, 21 de febrero de 2016

A los toros

Pensar desde la literatura, sentir en los toros, hacer con la familia. Vuelven días así y recuerdas que no existe otra manera de vivir. La plenitud, sencilla y honda, de dejarse ser.
Importa conocer las preposiciones, los sustantivos y los verbos con los que armar la historia de la que somos el personaje principal.

viernes, 19 de febrero de 2016

Waldorf

¡Qué ganas tenía este fin de semana de formación Waldorf! Un recordatorio de que existe otra manera de pensar la educación, y el ser humano. Pero la tarde de hoy ha traído mucho más que eso: un ponente de lujo. Hacía mucho que no disfrutaba de la inteligencia, cultura vivida y humanismo abierto de un auténtico maestro.
Miro mi libreta de notas y no sabría qué pensamiento escoger para compartir mi fascinación. Quizá este: "Ser maestro Waldorf no es un puesto de trabajo; es una opción de vida".
Saber de nuevo que la verdad está en la intuición y en el centro, y creer en lo que siento e interpreto. Mantenerse firme cuando todo a mi alrededor grita otra cosa. Y cuántos gritos, estridentes o callados, cada día en el trabajo. Me voy con las grandes preguntas existenciales: ¿soy libre?, ¿cuál es mi esencia?, ¿para qué quiero ser maestro Waldorf?, ¿qué España quiero?, ¿qué aporto cada día a través de mi trabajo para esa nueva España de libertad y respeto?
Me llevo preguntas, y también una respuesta: "La semilla de rosa no puede ser sino rosa, y no lirio".
Habla el ponente de Antonio Machado, del camino, de la bondad. Yo renuevo la confianza en mi camino, torpe y obstinado, y doy el sí al coraje.

lunes, 15 de febrero de 2016

Bajo la nieve

Llego a casa a las tres. Llueve, casi nieva. La sierra ya muestra las primeras canas. Mis hermanos trabajan bajo el agua. Mi padre sale de la furgoneta con cara de frío. Hoy vengo satisfecha del trabajo. Puede que nada vaya a cambiar, pero yo sé que he hecho lo que debía, y eso hay días que basta. En el campo la vida es lucha, y es pasión, y es también, muchas veces, sufrimiento. Todo con la singular idea de que una tarde de arte todos los esfuerzos se den por buenos. Ahora caen con fuerza los copos entre las encinas. Parece que tiraran confeti. Todo quedará sepultado y olvidado. Pero hoy uno de mis alumnos sufre, y yo siempre sabré al lado de quien está mi corazón. Justificamos tan bien nuestro propio dolor, y parece costarnos tanto comprender el ajeno. Otra vez dejó de nevar. Hay quien piensa que tengo un carácter difícil, y hay a quien le resulta fácil quererme por ese mismo temperamento. Hay quien ve queja y pesimismo donde otros encuentran fe e idealismo. Yo en ocasiones como esta siento que no hay nada comparable con ser fiel a uno mismo. Entonces no tienes duda de que es necesario que te importe, y tanto, lo que otros ni siquiera saben que existe. Es esta visión en la que me empeño con tanto ahínco y convicción que a veces me lleva al dolor. Hoy me da igual el mundo, y solo me importa lo que yo hago y siento. Esa coherencia tiene una fuerza que de alguna forma tiene que llegar a los que sufren, y a los que no saben, y a los que tienen toda la vida por delante para pensar y elegir. Yo ya he elegido. Han dejado de caer copos del cielo inexplicablemente radiante de luz.

sábado, 13 de febrero de 2016

El barro de dos días y una noche

Levantarse cada mañana y aprender a vivir. Subo las persianas: hoy llueve. Recuerdo paseos por la playa en sábados ingleses: caminar a conciencia para crear un espacio donde existir. Ahora los días han dejado de ser un trozo de barro al que dar forma, y se han convertido en alfareros: yo soy la arcilla, y me dejo modelar. Las manos creadoras reposan en mi regazo. Por eso me levanto y me esfuerzo en cada paso, en ir hasta la ventana, en mantenerme primero en pie, y después abrir la puerta y deshacerme en el frío o el calor. Que allí me coja el día, y me cree, que me extienda, me amase y amalgame todas las piezas juntas. Que después sople sobre el resultado, y yo comience a ser.

Ayer vimos una película que me encantó: "Dos días y una noche", francesa, con Marion Cotillard. Varias personas se enfrentan al dilema de cobrar una prima en su trabajo o de que una compañera pierda su empleo. La trabajadora pendiente de su trabajo va a visitar a cada compañero, uno por uno, y les confronta. Y ahí vemos que no hay una respuesta única o preestablecida, sino que cada uno tiene que encontrar y dar la suya. Algunos tienen claro, desde el egoísmo y la violencia, que votarán por la prima. Pero son los menos: otros realmente parecen no tener más remedio que optar por el dinero. Otros pocos también se cuentan a sí mismos que necesitan ese extra, pero seguramente no es así, o no tanto como les parece. Están poniendo un precio no demasiado alto a su moral: mil euros de prima.

Y están los otros, los que puede que sí necesiten el dinero, pero lo dejan ir, y con ello ganan en libertad, convirtiéndose en las personas que son, en las que quieren ser. Un compañero, desde el campo de fútbol donde entrena a niños, llora liberado y agradecido: que votó en contra de la compañera por miedo, que gracias por la oportunidad de arreglar su error, que ahora todo está en orden. Otra colega se enfrenta por primera vez a su marido, y la reacción de este a favor del dinero le permite a ella abandonarle. Un padre es golpeado por el hijo egoísta, y cuando vuelve en sí después del violento empujón, sus primeras palabras son que votará a favor de la compañera. Otro chico, que acaba de comenzar a trabajar y cuyo contrato pende de un hilo, sabe que su dios le dice que debe apoyar al prójimo, pero teme perder su empleo. Finalmente, hace caso a dios, y a él mismo.

Al final, hubo personajes que apostaron por mil euros, y otros que ganaron mucho más. La última parte de la película encierra otro giro moral, que no voy a desvelar, pero que de nuevo te hace  (o me hace a mí, que el tema de la libertad y moralidad me interesa mucho últimamente) darte cuenta de que las respuestas enlatadas no existen, y que cada uno nos tenemos que fabricar las nuestras. Que no todas las respuestas valen lo mismo, y que no siempre lo que se pone sobre la mesa es lo que está en juego.

Tenemos un caso delicado de acoso en el instituto. El chico acosado se ha cambiado de instituto de un día para otro: no aguanta volver. Nosotros hacemos como si nada hubiera pasado, desde la normalidad y tranquilidad más absolutas. Esta situación me revuelve e inquieta como si tuviera una mordaza de mil euros pegada con celo a los labios. No son mil euros, claro está: es la complicidad, el silencio, la impotencia, un poco de desconocimiento. Como el chico que lloraba desde el campo de fútbol. ¿Tendremos nosotros una segunda oportunidad para ponernos del lado de la víctima, para poder elaborar nuestra respuesta, para educar a los que hicieron y a los que hacemos por omisión?

Hoy la vida pone barro entre mis manos. ¿Qué haré con él?

lunes, 8 de febrero de 2016

Málaga

Málaga está llena de tesoros, de niñas que preguntan si pueden tomar Fanta para merendar, de ramilletes de conchas junto al agua detenida, de pintura y cuadros, de cultura, del sabor conocido a tauromaquia, de cafeterías con churros, de chirigotas con gracia machista, de algo que no es caliente ni frío y que se parece a la alegría de vivir. Hacía mucho que el alma no me pedía sur, y ahora al fin estoy aquí, ante el mar azul y quieto. Es tiempo de sueños, de sacudirse el frío, de que los labios te escuezan de sal y libertad. Porque siempre es la hora de leer y escribir, de caminar lento y pararse a sentir. De soltarse con los dientes las manos amarradas y de ponerse un lunes el alma de los domingos. Vine a Málaga a encontrar tesoros, luz y canciones nuevas. Cuando el Ave me devuelva al sitio de siempre, confío en encontrar un lugar diferente. Sé qué quiero y qué no quiero, y también recuerdo ahora que hay lugares donde es más fácil que los deseos se cumplan. Ama tus sueños y dales forma con la suavidad con la que soplas para maravillar con una pompa de jabón a un niño. El frío me espera a la vuelta, la nieve y el silencio. Soy marinero, soy nómada, poseo un alma errante. Soplan vientos de verdad y la bandera desgarrada ondea clamando libertad. Piratas de ojos negros y puñales de plata: no conseguiréis doblegarme. Hay un lugar de sol y viento donde siempre me escondo y termino por encontrarme. Por mí y por mis compañeros, pero por mí, por mí, por mí y por mi verdad, por mí primero.

domingo, 3 de enero de 2016

Motivación de año nuevo

Al pequeño Pepito le encontró el nuevo año sin motivación ninguna. Se dio cuenta al tomarse la duodécima uva. ¿Y ahora qué?, pensó. Se bebió la copa de champán que le ofreció su Pepita, pequeña también, y bailó hasta que terminó la selección de éxitos de todos los tiempos decretada por el programa televisivo. A la mañana siguiente no tuvo más remedio que desperezarse entre las sábanas (eso sí, acordándose a partes iguales del exceso de champán y de pachanga) y admitir que el año nuevo había venido para quedarse. Con la ayuda del agua de colonia trazó cuidadosamente la raya del pelo: si había que saludar al año nuevo, él lo haría con su mejor aspecto. Pepita sonrió complacida y le acercó el desayuno: café con porras, como cada día de fiesta. Por mucho que comenzara un nuevo año, hay costumbres que nunca deben perderse. Junto a la bandeja, Pepito colocó cuidadosamente un puñado de folletos que sacó con la parsimonia y delectación aprendidas en sus años como funcionario en la administración. Pepita se santiguó, lo que no dejó de reflejarse en el rictus de Pepito, aunque trató de disimularlo. No estaba dispuesto a que los recelos mojigatos de su mujer arruinaran sus planes de triunfo. Pepito había decidido que ese sería su año. ¿Necesita usted motivación?, rezaba cada uno de los folletos. A continuación, ofrecían con excelentes descuentos cursos de felicidad, emoción, salud y buenos propósitos. A Pepito no le estaba resultando nada fácil tomar una decisión: ¿cómo rechazar la oportunidad que brindaba cada una de las empresas promotoras de éxito y felicidad? ¿Y si equivocaba una vez más su camino, y este nuevo año volvía a escapársele entre las manos? Pepito de repente se sintió inusitadamente motivado, e invadido de confianza y buenos presentimientos por fin eligió.

Ese año el buen Pepito, para orgullo de su mujer, que finalmente consintió en invertir los bienes comunes en la prosperidad de su marido, se matriculó en tres cursos. Al año siguiente, tras tomarse la duodécima uva, Pepito se sintió satisfecho y ufano. A continuación, se ajustó la corbata bajo el chaleco de cuello de pico y beso a su mujer en la boca. Fugazmente, eso sí, aunque durante una extensión de tiempo suficiente para que la pobre Pepita volviera a debatirse entre el sofoco y el embeleso ante las extravagancias de su desconocido marido. Definitivamente, he cambiado, se dijo nuestro Pepito. Después brindó con champán por el nuevo año, este sí, su año, de eso estaba convencido, y no dejó de bailar, con un ímpetu renovado y fascinante, hasta que no terminó el especial de Nochevieja televisivo. Al día siguiente, mañana de Año Nuevo, al abrir los ojos comprobó complacido que seguía cambiado, motivado y feliz. Junto al café con porras del desayuno, extrajo con estudiada parsimonia y afectada delectación un reluciente folleto de la carpeta de documentación importante: “¿Precisa usted de fuerza y propósito para el nuevo año? Curso de motivación y felicidad por el gran Pepito, experto en cambios de año nuevo”.

sábado, 3 de octubre de 2015

Incoherencia

El toreo es el arte de la verdad. No cabe el pico, la trampa, lo fácil. Puede que se engañe al público, pero jamás al entendido. Es un arte para iniciados. Criar toros bravos es un oficio que solo puede acometerse desde el romanticismo; al menos eso es lo que me enseñaron en casa. He conocido manipuladores, peseteros, interesados y soberbios en este mundo, pero jamás han sido amigos de mi padre. He visto sufrir muchas veces a mi padre, en su sensibilidad honda hecha de espigas y arcilla. Creo que todas estas vivencias marcan: aspiras a la coherencia, y conoces su precio.

He heredado de mi padre esa sensibilidad primigenia, y nunca podré saber con certeza si se trata de un don o de una envenenada carga. Es una tendencia instintiva a detectar la mentira, la falsedad, la incoherencia. Prende en las vísceras como un fuego que sube a la garganta. La diferencia es que mi padre, a sus más de setenta años, no es consciente de ella. El resultado es que sigue manteniendo la inocencia y que seguirá sufriendo hasta el día que se muera. Eso sí, lo hará rodeado de gente sencilla y buena.

Yo, en cambio, soy consciente del peso que este don envenenado encierra. Y lucho y me rebelo, y bajo y vuelvo a subir, y hasta he llegado a encerrarlo, a pisotearlo y hasta casi aniquilarlo. Pero la serpiente acaba regresando porque anida en mi corazón. Sé que cada uno ve el mundo desde donde lo mira, y yo veo la incoherencia porque por temperamento y por experiencia he conocido la verdad y la coherencia.

Hoy he venido a preguntarme por qué me molesta tanto la incoherencia. Quizá es porque sé del pesado precio que se paga por ser fiel a uno mismo, por no traicionar a los otros, por saber cuáles son tus principios: el precio de ir por el camino menos hollado. El camino de la soledad, del silencio, de los espacios eternos como campos de cereal. Ahora sé que es así, y lo acepto, y sé también que no podría ser de otra manera.

Y la única manera que yo conozco de seguir luchando contra molinos de viento y no acabar como un caballero loco montado en su jamelgo es venir hasta aquí, y transformar los sentimientos en una sucesión de letras.


Así mañana podré seguir creyendo y sintiendo, cabalgando al lado de los sanchopanzas del mundo que llenan la tierra de vulgaridad y torpeza como los malos toreros aclamados por la masa.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Ser del revés

Que yo soy al revés, siempre lo he sentido. Ahora, además, lo sé. Esto, sin duda, añade complicación a la tarea de crearse una vida a la medida. Esta noche me desvelé. Dicen que la conciencia tranquila permite dormir a pierna suelta. Yo creo que se concilia mejor el sueño desde la falta de conciencia. Para entrar en mi casa en ferias, mi marido pega patadas a vasos y platos de plástico sucios que depositan los comepinchos de las casetas en el escalón del portal. El esfuerzo no siempre produce resultados. En ocasiones hacer lo correcto es la manera más segura de no alcanzar el éxito. La suerte es para los que no la necesitan. El mal existe, y está dentro de cada uno de nosotros. Para unos pocos elegidos, vivir supone un palacio de cristal con las paredes empapeladas de billetes. Para los demás, la única dignidad disponible es la de afrontar la adversidad. Vivir de puertas adentro: eso es lo que nos queda a los que vamos al revés. Sentir tanto es bueno para algunas cosas, supongo. Quizá para desarrollar un talante artístico. Para todo lo demás, es malo. Navegar sin que los golpes de timón los dicte el estado de ánimo, ese es el reto. De vez en cuando dar un golpe sobre la mesa y decir aquí estoy yo. Eso, sabe a gloria. Trabajar en un sistema donde los principios coinciden con mi revés, pero la práctica se hace conforme a la derecha del mundo. Es decir, todo al revés. Este curso he caído en un desierto. Un secarral. Perfecto. Seguramente en este momento así tenía que ser. Algo esencial va a salir de esto, aunque ahora mismo mi imaginación no logre crearlo. Hay oasis, pero no están en este sistema. Sé que acabaré en uno de ellos, pero aún queda un largo camino. Ser del revés es sentir la soledad, el sinsentido, la pena. Escribir para no perder la cordura. Porque la vida no es esfuerzo, ni éxito, ni lucha, ni buenas obras. Es solo encontrar la belleza en medio del caos. Hacer surf en la ola del huracán para mantenerse en el vórtice. Y así desplazarse a velocidades de tormenta tropical. Destrozar y arrasar, conocer el mal, y después volver a crear. No existe ley ni orden, beneficios o cuenta de resultados. Al menos así creo que es para los que vivimos al revés. No es mucho, vivir así. Eso es lo cierto. Algunas pocas veces compensa. El resto es cansancio, lucha inerme, esfuerzo en vano. Solo queda tratar de no bambolearse en exceso. Y esperar esos momentos en que sientes con los niños y con los árboles, y eres risa, frescor intenso, juego, inocencia y una enorme posibilidad que dará al mundo la vuelta. Y entonces alguien te abraza, te ve sin mirarte, y se dirige directamente a la semilla de desazón y prodigio que se agazapa en tu estómago mientras te espeta un "me encantas".
Dibujado por CSB

jueves, 3 de septiembre de 2015

El horror a cada ola

Ahora nos echamos las manos a la cabeza porque vemos un niño muerto. ¿Acaso me vais a decir, de verdad me lo vais a decir, que no sabíamos el sufrimiento del absurdo montón de niños que mueren injustamente cada día, todos los días, y ahora mismo mientras yo escribo esto, y después otros cuantos, mientras tú lo lees? Hoy, yo la primera, vomitamos la comida. ¿Y luego? Ah, sí, exigimos ayuda humanitaria. Exigimos, digo. Y para ello le damos a un botón del facebook. Eso, que alguien haga algo, que den dinero, que manden aviones que tiren bombas o corazones de papel. Puagh. Veo al niño muerto, y veo a todos a los que nuestra hipocresía le queda por matar. Ah, no, que tú no tienes nada que ver. Es verdad, que tú solo pasabas por aquí y este mundo de asco no lo inventaste tú. Que tú no llevas dentro la parte de muerte y horror, que tú no te agarras como una garrapata a tus privilegios del primer mundo, que los bárbaros son otros, que el mundo es de otros. Que a esos niños los van a salvar tu dinero, tu buen corazón, tus exigencias, tus vómitos. Pues sigue vomitando, o para, porque si no nos volveríamos todos locos. Pero mira un día de tu vida, un solo día, y dime que no hay nada en ti ni en las estructuras de las que disfrutas que participa del horror. Dime que no, y no habrá esperanza. Quedará la muerte, el vómito, tu dinero que a nadie salva, tus exigencias que nada cambian. Resulta que vamos todos de salvadores del mundo, y en nuestros esfuerzos por hacer el mundo a nuestra medida condenamos al otro. Creo que desde lo que somos y hacemos, es imposible que el mar deje de traer el horror a cada ola. Ojalá podamos paliar algo desde nuestras limitaciones, eso sin duda ya será mucho. Y, sin embargo, nada cambiará, porque nosotros seguiremos siendo los mismos.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Centrifugación

Tengo tanto que agradecer, sentir, aprender, leer, profundizar, vivir, amar, además de tantas lavadoras por poner y gente por abrazar, que no sé por dónde empezar. ¿Por la ropa blanca? En serio, ¡me siento yo misma como una lavadora en plena centrifugación! 

Qué vértigo con tantas cosas nuevas que van a reiniciarse. Muy emocionada, deseando que el amor que tengo dentro con ganas de salir se vaya haciendo más grande, como un globo que se va hinchando con fuerza e ilusión; confiando en que en este nuevo año académico que empieza el globo y yo salgamos volando después de unos meses planeando a ras del suelo montada en un máster de coaching que no me llevó a donde yo quería. Vuelvo a mí, al aire y al viento, y me dejo arrastrar como el polen de las flores. 

Me pongo en manos de algo y de alguien más grande que yo, y me limito a sentir mi corazón y a sujetarlo mientras se desborda a manos llenas: ese es el trato. Es la única manera que yo conozco para que el viento te suspenda en el aire y te lleve a nuevos lugares donde crecer y enraizarte. Vale, lo tengo más claro: tiendo la lavadora y me pongo con este trabajo pendiente que deje lugar a lo nuevo. Pero siempre desde el presente, creando y creciendo, sintiendo y siento. 

Hoy también voy a soplar el globo, porque estoy convencida de que cada día trae exactamente lo que necesito. Incluido un montón de ropa sucia y un trabajo por hacer al que no acabo de verle el sentido.

viernes, 17 de abril de 2015

La "a" de la Alamedilla

Paseo por la ciudad empujando el carro de mi pequeña sobrina. Qué triste es oír a la hora del recreo los gritos de los niños en sus jaulas de cemento. La alegría de los niños es única y seguramente no la podamos arrebatar pese a encerrarlos en nuestros esquemas de adulto. Pero dónde quedan la libertad del espacio abierto, el amor de los árboles, la belleza de la naturaleza, el acogimiento de la tierra. Tiene que haber más aire, más flexibilidad y juego.
Un poco más allá, dos operarios terminan de pintar entre palomas, lenta y concienzudamente,la última "a" del nombre "Parque de la Alamedilla" que decora el suelo. Me entran ganas de sacar a Teresa del carro y de subirla bien alto para gritarle "¡Gracias!" a los hombres, para decirles que sabemos que trabajan para los niños, que vemos el amor en la pequeña labor de pintar una a, que apreciamos su delicadeza, para que sepan que tienen el trabajo más bonito del mundo y que lo están haciendo de la mejor manera. Con su entrega y cuidado en realizar su tarea, echan un par de terrones en la taza de mi tristeza, hecha del cemento y la soledad de los patios de colegio.
Cuando llego a casa el azúcar aún no se ha diluido. Siento el amargor de las escuelas rígidas, regidas por relojes de agujas que se clavan como el huso que hace dormir a las princesas.
Pequeña sobrina, ¿cómo escapar a estructuras que olvidaron su sentido, donde hay que pintar aes de blanco sobre el asfalto, como los cisnes del parque, como las nubes que se reflejan en el estanque, robando minutos a los relojes implacables? Quiero llegar a casa y arrebujarme entre las sábanas. Después, cojo la cuchara y deslío el par de terrones de azúcar que nos han ofrecido los operarios.
Te prometo, niña, que voy a seguir buscando la escuela donde los niños nos enseñéis a ser felices, donde los profesores no podamos robaros la alegría ni los adultos encarcelarla entre barrotes. Quizá exista en alguna parte esa escuela de los profesores felices. Y si no existe, la voy a pintar de blanco para ti, lenta y concienzudamente, con el amor pequeño de los mendrugos de pan que mi abuela, la que a ti te ha dejado su nombre, iba acumulando en una bolsa para que alimentáramos y así aprendiéramos a querer a los patos del parque.

lunes, 9 de marzo de 2015

La jaula de la más terrible barbarie

Me despierto con unas fotografías que alguien ha catalogado como terribles. Califica a los perpetradores de los hechos con los peores epítetos (y aún se queda corto ese alguien en su intento de desahogo), y dice no ser capaz de quitarse esas imágenes de la cabeza. Entonces miro las instantáneas de refilón: no puedo dejar de llorar desde entonces.

Leo al pie de las fotos que decapitan a mujeres y niños por motivos religiosos. Una primera fotografía de un adulto que corre llevando en brazos a un niño de dos años ensangrentado. Y al lado la imagen de lo que nunca podrá tener explicación: un grupo de diez o doce niños encerrados en una jaula de su tamaño. De pie, quietos, inmóviles. ¿Quién podría quitarse esa imagen de la cabeza? ¿Cómo hacemos para mandarla a un rincón de nuestras vidas donde el mundo pueda seguir adelante?

Porque el mundo sigue adelante. En Oriente y en Occidente. Con las mismas luchas de poder, con el mismo afán de domininio, con idénticos individualismo y egoísmo. Aquí no tenemos luchas de religión: ese servicio ya nos lo rinde el nuevo dios del capitalismo. Aquí adoramos a la felicidad, la vendemos en papel de celofán, y no estamos dispuestos a reconocer que en realidad estamos hablando de mercantilismo (claro, porque entonces ya no tendríamos negocio, sociedad ni dios).

A mí me parece que de alguna manera tiene que haber una conexión entre nuestros valores trastocados y los niños en su jaula. Que no es solo cosa de unos locos fanáticos, sino el resultado del caldo de cultivo en el que todos estamos anegados y al que contribuimos. ¿Cómo si no podría tener lugar una barbaridad de tanta magnitud?

Nuestra manera de pensar y actuar crea jaulas todos los días: la más bestial la de esos niños lejanos que a muchos no se nos podrán quitar de la cabeza. Golpea la realidad y sus efectos a los más pequeños, a los más confiados, a los más inocentes, destrozándoles a ellos y al mundo para siempre. Pero a ellos, sobre todo a ellos. Lo que ha ocurrido ya no tiene remedio; y seguramente podrá ser, y ya lo sea, peor todavía.

Me quedo con la imagen del adulto corriendo con el niño en brazos. ¿Huirá, pedirá ayuda? ¿La encontrará, habrá esperanza para ellos? ¿Qué esperanza queda para nosotros? No nos explicamos cómo es posible que esto suceda, y sin embargo sucede delante de nuestras narices. O, más exactamente: detrás. Porque no miramos, no estamos mirando, incluso cuando parecemos ver. 

En lo alto de la Peña de Francia, donde el universo siempre habla, leíamos ayer cómo Jesús expulsó a los mercaderes del templo. En eso se había convertido la religión, y en eso se ha convertido nuestra sociedad de dioses paganos. No hay diferencia entre la lucha de las religiones en Oriente y las luchas por la primacía económica de Occidente. 

El mercantilismo nos enjaula a todos cada día vendiéndonos libertad en forma de palomas de la paz. Palomas que, claro está, compramos, buscando el sentido y la salvación. Si no fuera así, si nuestros valores fueran distintos, ¿no creéis que podríamos llegar a liberar a todos los niños de sus jaulas? Pero, sin embargo, tantos niños siguen sufriendo y muriendo a cada palabra que tecleo. Los que sobrevivan quedarán dañados para siempre, y el mundo con ellos.

No creo que haya solución. Admiro a los misioneros que no pretenden cambiar el mundo, a los que no les importa lo mal que parece estar todo, los que no pierden el tiempo tratando de econtrar explicaciones; los que miran de frente, y no de refilón como yo, a las realidades más duras. Los que simplemente acuden a la herida para taponarla, y mantienen incólumes la esperanza y la fe en el hombre a pesar de saber que nada podrá cambiar. Y es por esa misma certeza de saber que todo seguirá igual, pero que aún así merece la pena, por lo que su trabajo, más allá de las hemorragias que a veces logran contener, nos regenera a todos.

¿Qué hacer hoy, qué hacer ahora? Ante todo escribir, pararse y escribir, pensar cómo todo puede encajar y cómo seguir hacia adelante enfrentando las lágrimas que las imágenes, ya imborrables, provocan. Es el trabajo callado, los gestos de amor invisibles, la fe inamovible los que pueden salvarnos. Coge a tu niño en brazos y huye de los vendedores de humo, de la trampa del mercantilismo donde todo tiene un precio, de la lucha de egos, de los envoltorios vacíos, de los cadáveres olvidados en las cunetas del camino.

Hoy puedes trabajar por ti y por los demás, hoy puedes dar sin buscar nada a cambio, hoy puedes ser sin esperar reconocimiento ajeno, hoy puedes elegir amarte y amar al mundo (hoy, precisamente hoy, que necesita ser más amado que nunca). Hoy puedes coger a tu niño, abrir la puerta y lanzarlo a la libertad. Podemos elegir dejar de protegernos de la barbarie, de las lágrimas, del sinsentido. Elegir no luchar, no nadar a contracorriente, cerrar los oídos a los mercaderes de felicidad, al ego y al individualismo; a todo lo que nos mide por los valores que solo se ven desde el exterior y que acaban por convertirse en moneda de cambio.

Hoy, más que nunca, no tenemos más elección que mirar hacia dentro y salir para afuera. Saber que somos, que sentimos, que queremos y que amamos superando los marcos que los dioses paganos tratan de imponernos. Que podemos salir de nuestra jaula, y ayudar a otros haciéndolo, y que otros nos ayudan a nosotros. 

Aunque esos diez o doce niños que permanecen quietos e inmóviles en la imagen queden ya atrapados para siempre, en su jaula y en nuestra memoria.


lunes, 2 de marzo de 2015

PEQUEÑO MAMUT

En una pequeña cueva vivía Pequeño Mamut. Como a todo mamut, su madre le había enseñado a hibernar durante once meses al año, para poder crecer así fuerte y sano. Solo al mes doce, coincidiendo con el brotar de la primavera, podrían salir los mamuts fuera para buscar más comida que les permitiera afrontar el duro y largo invierno. Es bien sabido que los mamuts habitan en zonas gélidas donde el invierno se extiende durante once interminables meses. Después, tras las cuatro semanas de primavera, todos los mamuts regresan a sus cuevas.

Pequeño Mamut se aburría mucho dentro de su cueva. Para pasar el tiempo pintaba historias en las paredes. Su madre abría el ojo y le regañaba: “Pequeño Mamut, ponte ahora mismo a dormir que tienes que crecer sano y fuerte”. Pequeño Mamut se echaba la manta de hojas por encima, pero al rato se aburría y se ponía de nuevo a contar historias en las paredes. Esperaba fervientemente que volviera esa primavera de la que todos hablaban y que él, por ser aún muy joven, no había conocido nunca.

¿Qué criaturas habitarían ahí fuera? ¿Esos animales a los que llaman pájaros? Entonces quizá podría escuchar sus cantos y contarles él sus historias, esas que ahora estaban en la pared sin que ningún mamut les prestara atención, más que para reñirle por pintar en vez de dormir y por emborronar las paredes. “¿Serán los pájaros amigos míos? ¿Les gustarán mis historias? ¿Podré contarles mis cuentos?” Pequeño Mamut se moría de ganas de poder salir de aquella cueva oscura y aburrida donde todos dormían y nadie le hacía caso.

Poco a poco comenzó a llegar la primavera y a sentirse su aroma embriagador desde la cueva. Entonces, Pequeño Mamut dejó de pintar en las paredes. Su madre estaba contentísima: “Este niño que bien me duerme, y cada día está más gordo y fuerte”. Cuando explotó la primavera, la madre entusiasmada fue a llamar a Pequeño Mamut, pensando en lo feliz que este se pondría. Pero Pequeño Mamut dormía tan profundamente que la madre no logró despertarlo.

“Pequeño Mamut, Pequeño Mamut, despierta”. Pero Pequeño Mamut no abría el ojo. Entonces su padre se acordó de cómo en cierta ocasión habían despertado a una cría de marmota que dormía tanto que a punto estuvo de perderse la primavera. Y fue a por un cubo de agua al riachuelo cercano, que ya corría deshelado. En la pradera, el resto de pequeños mamuts ya jugaban y brincaban y retozaban en la hierba. “Pequeño Mamut, te voy a tirar este cubo de agua por encima como no te levantes”.

Al oír estas palabras, Pequeño Mamut saltó de su cama de hojas sin ni siquiera pensarlo. “Jo, papá, qué fastidioso eres”, dijo. Y se fue a la calle. La hierba era de un verde fresco y limpio que él no había contemplado jamás, acostumbrado como estaba a la vegetación húmeda de la cueva. Ahora era tierna, intensa, rozagante.

Por las noches, Pequeño Mamut no dormía: visitaba a las aves nocturnas, escuchaba sus historias y le contaba las suyas. Por el día, acompañaba a su familia a cazar, se bañaba en el río, retozaba en la hierba y jugaba con los otros pequeños mamuts.

Cuando la primavera llegó a su fin, todos los mamuts tomaron sus pesadas presas cazadas y regresaron a sus cuevas. Pero ¿sabéis qué? Nuestro Pequeño Mamut había aprendido con sus amigas las aves nocturnas a cazar por la noche, y por el día contaba cuentos entre el cobijo de los árboles a todos los animales que acudían a escucharle. Se corrió la voz de que Pequeño Mamut contaba historias nunca antes oídas y venían por cientos a escucharle de más de ocho leguas a la redonda.


Y cada primavera, cuando los mamuts abandonan por un tiempo la cueva, su familia y amigos se sienten orgullosos del pequeño mamut que se quedó en el bosque contando historias, y que cada día crece más grande y fuerte. 

Curso Cuentos para crecer y hacer crecer
La Casa del Lector 28/03/2015

jueves, 12 de febrero de 2015

Mañana de jueves

Jueves por la mañana. Un día cualquiera. ¿Qué banda sonora me pongo para acompañar el momento de levantarse y, después, las tostadas con mermelada? No suena la música que daría forma a lo que siento, a esta difusa sensación de esperanza y melancolía trituradas juntas en el vaso del sueño. Así que apago el Spotify y me vengo aquí, a mi rincón inundado de papeles y tareas pendientes, a por una pajita con la que sorber todo el jugo y beberme la mañana que se ofrece a través de los cristales, a pesar de la ciudad y su soledad de hormigón. 

En sueños reinvento el pasado que nunca tuve pero que tanto anhelé construir. Después resuelvo dejar de lado la felicidad que succiona como el mecanismo de un fregadero americano, y me entran las prisas porque, en ese mismo sueño, tengo que acudir a unos cursos en Valladolid, y no hay manera de llegar hasta allí. Qué absurdo soñar, confundir lo que se quiso con lo que nunca fue, sentir a pesar de todo la melancolía de no ser ya joven y con la piel abierta a las heridas. 

Despertar a la madurez, y ponerse a bailar con cualquier música. Mirarse en el espejo del salón y preguntarse qué arrugas son estas después de cinco años pasados en la irrealidad pegajosa de los sueños. ¿Tanto tiempo ha transcurrido? ¿Hace ya tantos años que comencé a ser otra? Pienso que en medio de la pesadez del sueño también ha habido jornadas de sol, de campo y de espíritu infantil. Y que eso es la vida, y que mucha más vida quiero, vida a borbotones, a alegría, a naturaleza, a tardes braceando en la luz del día. 

Ah, esa sensación de flotar, de deslizarse, de ser, de amar. De escaparme a Tamames en las tardes de octavo a jugar en el frontón, de ponerme una gorra a los veinte años y dar patadas a un balón con las amigas de la época (que en esencia continúan siendo las mismas), de comprar natillas donde Tina para comerlas con ansias de amor juvenil buscando el frescor del verano, de tomar cada día una foto juntos en los paseos cotidianos de La Adrada, de hacer un picnic en el camino de La Venta y surfear la ola perfecta con mi sobrino en brazos. 

Creo que eso es la vida, y que eso será lo que recuerde en el momento de morir. Esa es la mochila del pasado, cuyo peso servirá para ayudarme ahora a reconocer la luz, a buscarla, a ahondar en ella. A perseguirla pese a que la luz de lo vivido a veces se vuelva un cargamento de piedras. ¿Cómo será volver a la laguna e ir tirando esas piedras una cada vez, contemplando cómo los círculos se ensanchan hasta perderse en la orilla, hundiéndose al tiempo que los guijarros en la calma recobrada, quedándose un rato en el milagro de las aguas recuperadas como nunca lo haría un corazón de cristal disuelto en pedazos de hielo ardiente?

Es la mañana de un jueves cualquiera. Este jueves. Hoy. Montada en la ola de mi vida, trato de remontar las ondas aun pequeñas; de mantenerme sobre ellas, de alejarme de la arena revuelta y húmeda.

Vuelven los días de sol, en los que es fácil surfear en la luz, dejarse arrastrar por las olas, jugar con ellas, cogerse de la mano y adentrarse en el mar.

Las mañanas en las que sentir el amor a través de la ventana; las tardes en las que nadar y dar las gracias.

Vuelven porque hoy, esta mañana cualquiera de jueves, estoy montando esta pequeña ola, empecinada en mantenerme en pie; olvidada de las grandes corrientes del océano, al margen por igual de las oleadas altas de los viejos surferos y de las pisadas borradas en la orilla. 

Vuelven porque el único mandato es el de vivir la luz, navegar en el día, montarse en la ola, y ser  feliz. 

Volverán el amor y la luz, como han vuelto repetida y empecinadamente en los últimos años, y un día agradeceré lo que tuve, perdonaré y me bañaré desnuda, las carnes ya ajadas, en la luz de lo que fue mi vida, en la luz de lo que es, en un continuum sin fin, y que me arrastrará hasta que en la hora de mi muerte, quizá un jueves cualquiera, pueda decir que fui fiel a la luz y al amor que me entregaron como una bola, a través de mi madre y mi padre y de sus madres y padres, en el momento del parto de mi madre.

Sí, regresan el amor y la luz porque hoy me encuentra la mañana bailando a una música cualquiera, asomada a la ventana, y montándome en esta pequeña ola en la que trataré de mantenerme, levantándome cuando sea necesario, a lo largo del día. Y por la noche daré las gracias, y soñaré con más luz y más amor, que viene del pasado y se proyecta en el futuro, y que voy aprendiendo a reconocer y revivir, a apresar y a liberar, a pilotar y a dejarme arrastrar por él en la marejada del presente incipiente. 

Como los conjuntos que tanta zozobra me causaban en el colegio de pequeña, aúno el amor de los sueños y las ansias del futuro, en dos círculos que interseccionan en esta mañana de jueves, donde sigo recordando el deber de amar, de impulsarse, de sentir y de reconciliarse. Porque en los días cualquiera el único deber es el de montarse en la ola, pequeña como hoy la trae el mar, y ser feliz.

Porque como dice María, mi sombra María: "Mi meta en la vida es ser FELIZ. Como sea. Ni tener dinero, ni trabajo, ni novio ni nada que no implique SER FELIZ."

Sí, el único mandato es el de ser feliz. Y desde ahí dejo el ordenador, y me monto en la ola.

jueves, 5 de febrero de 2015

Salvándome

Sueño con mi antiguo colegio. Largos corredores, pesadas escaleras, corrientes a través de la ventana, tos impertérrita, polvo en el suelo, frío en las rodillas. Mis padres esforzándose por darme la mejor educación. Yo en manos de las monjas sin corazón. Me lo decía mi madre: ¿pero qué te pasa, si antes eras decidida, alegre, independiente? Me lo repite mi hermana: Me hacías daño porque volvías a casa (tras la semana en el internado) y ya no eras cariñosa.

Sueño con el colegio, al que durante muchísimos años evitaba mirar volviendo la cabeza si tenía que pasar por allí, y me digo que ya no quiero ser profesora. Que ya no quiero serlo más porque las cosas no han cambiado tanto. Sueño con las mesas aisladas de formica marrón de mi clase de 2º de BUP, y una de mis actuales compañeras de trabajo da allí, en mi sueño, clases de historia. Menos mal, me digo, porque es una compañera a la que admiro por su energía, su compromiso, su saber, su profesionalidad.

Pero aún así, nada cambia. Las mesas de formica, una a una, como islas de un archipiélago al que han dejado de llegar barcos. Un chico en la esquina parece que ya no se entera de nada. La profesora lo nota y le anima, aunque con cierto sarcasmo. Al menos no lo ha ignorado, y siento en sueños cierto alivio.

¿Habéis traído la entrevista?, pregunta la profesora luego. Y yo de nuevo respiro un poco pensando que a pesar de los contenidos teóricos hay lugar para un trabajo más personal e interesante.

Pero sigo atrapada en el aula de mi olvidado colegio, entre silencios, sueños muertos, alegrías abortadas, tristezas sobrevenidas, inseguridades aprendidas. Y no quiero ser más profesora. Porque ya he salvado a muchos alumnos, con mis palabras, mi dedicación, mi manera de trabajar, mi atención. Con mi vocación, mi compromiso, mi entrega y mi ardor.

Y ahora quiero seguir salvándome a mí. Porque no quiero que naufrage la ilusión, que se ahogue la decisión que un día el colegio me robó y que pude recobrar a través de la fe en el poder de la educación; porque no quiero que mi pasión incorrupta se hunda al chocar con el iceberg de un sistema que sigue anclado en aquellas prácticas de hierro y hielo.

Un día me hice profesora para lanzar un salvavidas a todos los que el sistema dejó de lado, a aquellos que experimentaron el fracaso y la incapacidad de las que yo, gracias a mi facilidad y a mis horas de estudio, estaba condenada a escapar.

Hoy pienso que ya no quiero serlo más. Que ya no quiero ser profesora para salvar así a aquellos y a aquellas que, como yo, pasaron por el sistema con aparente éxito y refulgente brillantez, y sin embargo perdieron lo mejor que traían en islas vacías de amor, como lana de oveja abandonada en los picos de la alambrada que van saltando los animales en su aborregada carrera.

Digo que hoy no quiero ser profesora porque me quiero salvar. Porque quiero salvar la decisión y el caracter que un día una educación a la deriva trató de echar por la borda, y que solo la fe en otra manera de educar logró recuperar.

Otra manera de educar es posible, y no está entre estas mesas de plástico marrón que aún nadan arrastradas por la corriente del sistema. Otra manera de ser es posible, y soy yo, y la decisión, la alegría y el coraje de seguir siendo, y educando, y viviendo... y salvándome.

viernes, 26 de diciembre de 2014

VIII: las tres cosas buenas del día

Viernes 19 de diciembre

1. En el módulo de inteligencia emocional, se supone que me muero porque no me han salvado los caramelos de mis compañeros. Escribo una última carta: "Y acuérdate, aunque es tontería decírtelo, de hacerme un sitio ahí abajo entre vosotros mientras miras arriba a las estrellas donde cumplo mi libertad y sacio mi deseo de aventura. Aquí soy una más, y me quiero, y aprendo a dejarme querer por vosotros, Desde las estrellas infinitas, todo mi amor".

2. Represento a mi creencia limitante: Titanic, poderoso y omnipotente, se quiebra ante un simple peñasco erróneamente evaluado. Fluyo, me río, lo veo claro, y los demás ríen conmigo y mi actuación.

3. Tras un largo día sin teléfono ni café, el largo saludo de mi marido al llegar al fin a casa sin avisar.

Sábado 20 de diciembre

1. Darse cuenta, ponerle palabras, ir más allá, verbalizar, saber, iluminar, dar forma, sentir, conocer, ver, enfrentar, colocarse, sacar, poner, expresar... todo eso en un simple mirarse en el espejo de otro y en lo que no nos gusta de él: mi miedo más profundo.

2. Unos cuantos, bastantes, muchos abrazos de otros tantos compañeros, combinados con unas palabras amables y sentidas que debo empezar a creer y vivir, necesariamente cuanto antes.

3. Comida en casa de la suegra, que siempre me cuida.

Domingo 21 de diciembre

1. Mi marido recoge la cocina para que yo pueda estar en orden, y mi padre sugiere ir a la Peña de Francia, lo que me ayuda a ponerme en movimiento.

2. En el camino hay sol y el cielo despejado, en la Peña luz y cielo despejado, y el mar de nubes a nuestros pies. Claridad, descanso, iluminación, calma: un rato fuera de la niebla y la grisura del día que me envuelve en una burbuja de desgana.

3. Un paseo hasta el encino para allí, con los pies descalzos sobre la tierra, lanzar mis cien afirmaciones al camino, al horizonte, a la niebla agarrada en los montes bajos, a la rama reverdecida de la encina.

Lunes 22 de diciembre

1. Una agradable conversación con mi profesora de inglés, una señora americana. Me alegro de poder aprender de su experiencia y de su suave y humana visión de la vida.

2. Me corto el pelo. Algunas se sueltan el pelo cuando se liberan: yo me lo corto. Porque así es como me pega más, como yo soy, como me siento bien. Y encima por la calle me encuentro a mi madre. 

3. Ir a comprar una almohada que cante el cumpleaños feliz, y salir con una agenda donde está escrito tu destino: ser profesora, y cuidar de tus alumnos, y crecer con ellos.

Martes 23 de diciembre

1. Cuando salimos del spa, hace sol y aprovechamos para dar un paseo hasta el Puente Romano, inundado de claridad tras estos días de nieblas.

2. Una copiosa comida a base de tortitas con Esther, y hoy con la suerte de tener a Carlos de cocinero y comensal.

3. Veo a Mateo, aunque dormido, y disfruto de la compañía de sus padres.


Hasta aquí ha llegado la serie de los tres momentos buenos del día. Ahora la voy a continuar en mi diario. Y, sobre todo, en mi mente y en mi actitud. Tres momentos buenos al día por los 365 días del año... hacen sin duda una vida para ser vivida y recordada. Gracias a los compartís conmigo estos instantes.

 


domingo, 21 de diciembre de 2014

VII: las tres cosas buenas de cada día

Domingo 14 de diciembre

1. Un beso robado en el rellano de las escaleras de un mercado que visitamos en la Plaza del Oeste

2. En otro mercado un poco más abajo en la misma calle compro un za (un pequeño instrumento de percusión de origen portugués, según nos explica el artesano de El Cerro) en el que me graban las iniciales de mi proyecto de cuentos, y me vuelvo loca ante un puesto de juguetes artesanos de madera: móviles, tiovivos, trenes, puzles... Me producen excitación, conexión con el espíritu de la niñez y un deseo irrefrenable de llevarme varios de ellos. Por el momento, me conformo con la gallina y sus pollos. Creo que hasta se me puso la piel de ídem ante tanta magia, juego, infancia y pura inocencia. Yo creo que este gusto por los objetos ingenuos e infantiles viene directamente heredada de mi madre: una ocasión más para reivindicar sus valores que a veces nos pasan desapercibidos.

3. Un concierto pergeñado por jóvenes de los colegios mayores a beneficio de Cáritas. Para que luego digan de la juventud: preparados, entregados, capaces, esforzados con sus instrumentos.

Lunes 15 de diciembre

1. Las ideas poco a poco van encajando, entrando en sintonía con lo que quiero y soy. Todo viene y llega desde la calma y la aceptación. Confío en mí y en mi corazón. 

2. Vamos con los niños de Cáritas en autobús hasta la biblioteca. Llevo a los niños más pequeños de la mano, y me pregunto cómo es que los niños tienen tanto amor para dar, y cómo es que se nos va escapando como montones de arena por los bolsillos rotos. ¿Será porque vamos perdiendo la confianza, la curiosidad y la inocencia? Cómo admiro a los que mantienen intacta su fe en el mundo, y por tanto su entrega, su vitalidad, y la capacidad de amar.

3. Espero con una niña a que venga su madre a buscarla; su madre ignoraba que tenía que venir; por fin la niña se da cuenta de que tiene un número de teléfono a través del cual poder contactar con su madre; la madre se entera que tiene que venir, y al fin llega. ¿Lo bueno? Mi profesora de inglés es muy comprensiva y me retrasa una hora la clase, lo que añadida a la hora anterior que ya me ha retrasado para acomodarla a los sorpresivos planes de Cáritas, ya hacen dos horas de comprensión. Es un gesto precioso por su parte, el hacerse cargo de las circusntancias y acomodarse al cambio. En general, se trata de una señora encantadora.

Martes 16 de diciembre

1. Al salir de la clase de gimnasia para la espalda, me acerco a devolver unos libros a la biblioteca. Camino bajo el sol, a paso rápido, y en el camino de vuelta siento la luz, el ejercicio y hasta un poco de naturaleza en el aire. Un momento de felicidad, conexión y sentido.

2. Sin esfuerzo, coloco al fin papeles que llevaban meses en el escritorio. Con la claridad mental, llega el orden al trabajo.

3. Tarde de villancicos, picoteo en nuestra ya marisquería de Van Dyck y película al canto. Al salir nos dice nuestra única acompañante en la sala: Qué curioso es esto de estar solo tres en el cine. Hacía tiempo que no iba al cine. La película no es de mi gusto, pero al menos es en versión original, y me alegro de acompañar a Carlos y de disfrutar de su ilusión por ver esta peli de ciencia ficción (Interstellar) en pantalla grande.

Miércoles 17 de diciembre

1. Me animo al fin a ir a biodanza. Me gusta la sensación de probar cosas nuevas. 

2. Me invitan a comer por mi cumpleaños. Me gusta seguir celebrándolo. 

3. Me dicen que me valore más, porque yo lo valgo, que leo en alto como pocos pueden hacerlo, y que soy una mujer bella y enriquecedora. Hoy me quedo con esto, lo agradezco, y lo uso para quererme y para seguir adelante.

Jueves 18 de diciembre

1. Si algún día soy maestra, la aventura habrá comenzado hoy.

2. Una deliciosa comida de primas, con hermana y niño incluidos, a base de brócoli, aguacates y filetes.

3. Ver corriendo a mis padres, que resulta que han venido a Salamanca, antes de recoger un regalo de bodas y de ir a un concierto de música clásica.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

VI: las tres cosas buenas de cada día

Martes 9 de diciembre

1. Despertarme sabiendo que con objetivos la vida es más fácil y tiene más sentido.

2. Con el segundo café del día, darme tiempo para leer, meditar, pensar, conocerme, darme cuenta, profundizar. 

3. Frente al ordenador, en un momento cualquiera, sentir que vuelven las ganas de viajar, de explorar, de vivir aventuras. Todo sigue encontrando su sitio, volviendo, recuperándose, y soy un pájaro que nunca se olvidó de volar y que ahora se asoma a la puerta de la jaula abierta de par en par.

Miércoles 10 de diciembre

1. A solas con Lorencito, nos ponemos a Mary Poppins que educa, atiende, comprende y entretiene a niños y grandes, y los salva de los lloros cuando la madre desaparece. Muevo las piernas al compás, y a Lorenzo se le escapa una sonrisa que trae los ecos de las carcajadas y meneos que el supercalifragilístico le provocaba varios meses atrás. 

2. Nos reunimos con otras educadoras a las que apenas conocemos, pero a las que nos une el deseo de una manera diferente, más real y humana, de trabajar en educación. No hay un camino trazado, pero voy captando pinceladas, escuchando notas, reuniendo sensaciones que como flores, pájaros y olores me hagan disfrutar de un camino sin feas complicaciones.

3. De vuelta del teatro, me dice mi marido que he estado fenomenal en mis improvisaciones. Me sube la autoestima, la verdad, el que una persona tan objetiva e imparcial repare en mis aptitudes para la escena.

Jueves 11 de diciembre

1. Lorenzo se levanta de su colchón hinchable sonriendo y, al llamarle la atención el ruido de la máquina de exprimir naranjas en la cocina, le izamos y con su manita sobre las naranjas nos ayuda a Carlos y a mí a preparar el desayuno.

2. Un momento sentada a la mesa del salón, tras comer tarde, terminando tareas que tengo que entregar: "La felicidad no es tan difícil". Un poco de compañía, rodeada de mis cuatro cosas, con un hogar cálido y en armonía, y una tarea para hacer. Otro momento volviendo de clase de la espalda:  la sensación de que todo está en orden y es lo que tiene que ser, el sentir que yo vivo con los árboles y la fuente por entre los que camino en el paseo Carmelitas, que soy parte de lo que es, y que estoy en el camino, que hay otra forma de mirar las cosas, una nueva perspectiva que estoy recobrando y que es mía porque un día la tuve y fui yo, una manera que solo me pertenece a mí y que nadie me puede arrebatar. La certeza intuida por un segundo en el que contengo la respiración de que algo grande está a punto de venir, puede llegar si me mantengo así un poquito más, como esa sensación que te dejan los sueños y que tratas de recordar, de apresar y que no se te escape, que te quede su poso y su lección, que te queden las imágenes para poderlas recrear una y otra vez hasta que el sueño te revele su mensaje: que siga buscando la conexión conmigo misma, que continúe queriéndome, que siga aceptando y sabiendo que ya soy todo lo que tengo que ser, que ya es todo como tiene que ser, que no tengo que lograr nada ni ir a ninguna parte más que a mí misma y al amor. Me meto en la cama con un tercer momento y su intuición: estamos en casa Carlos, Carolina y yo, cada uno con su tarea, Carlos pintando un guante de la gallina Caponata, Carolina pensando otras ideas con guantes de fregar, Lorenzo con su uh uh de maravilla y curiosidad, yo en la cama con un libro, y en el Puerto también estarán con su orden, cada uno a lo suyo, mis padres, mis hermanos, mis sobrinas, cada uno siendo él, formando parte de todos, haciendo lo que le corresponde, y todo está en su sitio, y hay paz, y aceptación, y sentido.

3. De visita rápida al microteatro de la Malhablada. Qué bien un poco de escena, de lenguaje cultural y artístico. En la obra una pareja que se conoció en una Nochevieja rompe el mismo día varios años después mientras se contraponen los malos tratos en los que ha devenido la relación con la ilusión y el descubrimiento de la primera noche. Reconocimiento y evocación violenta en la intensidad de la confrontación final. Me ha faltado, sin embargo, una manifestación más clara del verdadero caracter del maltratador tras la revelación de los insultos, golpes y menosprecios. Del mismo modo que se ha desvelado el sufrimiento y la carga de la mujer, creo que para que el personaje del hombre quedara más definido su lenguaje y comportamiento finales podrían ir más ligados a lo que ocultaba en su interior, en la cara oculta de la relación, que solo al final se nos desvela. 

Viernes 12 de diciembre

1. En el pseudo-máster me voy sola a tomar café, y resulta que no tengo tele ni tiempo para verla. ¿Que qué hago? No sé, leer, varios libros a la vez. La fina línea entre la rareza y la personalidad se dirime en este curso definitivamente hacia la extrañeza y la soledad del diferente. Aún así, me vale el momento para darme cuenta de que quizá las ideas y la vida que yo considero normales, no lo son para los demás, y eso siempre es una riqueza y creo que hasta un don.

2. Otro don: el interés que tengo por mis alumnos, que hace que no me cueste trabajar por ellos y que esté ideando constantemente actividades que se ajusten a lo que quieren y necesitan. En la meditación final del curso, constatar que mi trabajo profesional está en la educación, y que realmente el campo o la manera en la que ese actividad tenga lugar es circunstancial. Lo que cuenta es la esencia de ser educadora, y a partir de ahí es de donde puede crear el contexto y las circunstancias que mejor se ajusten a mí y a mi momento vital. Esperar que las cosas sucedan cuando llegue el momento para ello, y mientras tanto ir pensando con claridad, firmeza e inteligencia.

3. De cumpleaños de la pequeña Julia, en una casa llena de gente que va y viene, nosotros también nos unimos al ir y venir, y así se van creando las redes de la amistad, la costumbre, el reconocimiento y el encuentro, y así es como la araña va creando la tela donde vivir. Hoy siento que junto a los otros mis ocho patas se agarran animosas entre el polvo y atrapan entre su red el tiempo que tan fácilmente desaparece.

Sábado 13 de diciembre

1. Ay, qué nervios. Que ya llega mi cumpleaños, que yo quiero que el tiempo transcurra lento y sin embargo pasa volando. Me pillan las doce campanadas que dan salida al día con una tila metida en la cama. Comienzan los regalos y la excitación. Este año me he pedido una cámara: porque voy a hacer que cada momento valga la pena, porque voy a mirar con detenimiento y pausa a través del objetivo de mi máquina, porque estoy creando un pasado al que mirar desde el ahora con satisfacción y alegría. Porque mis 38 van a ser vividos desde la conexión conmigo misma, la aceptación de lo que tengo y la esperanza en que la alegría y la presencia de cada día construirán un futuro en el que encontrar fuerza y sentido cuando todo lo que quede sean las fotografías sepia de mi memoria.

2. Llego a casa por mi cumpleaños, y me espera una enorme mesa de gala en el salón, la comida esmerada de mi madre, la presencia de todos mis hermanos, más tíos y gente querida, Lorenzo con sus mejores ropas y Teresa vestida con sonrisa azul. Siento el calor, el cariño, la presencia de todos, el orden, el trabajo, la alegría: esto es la familia, y nada podría hacerme sentir más reconfortada, más plena, más verdadera ni con mejor papel y función en la vida. 

3. De celebración con los amigos, vamos a un emotivo musical y a cenar a un rincón portugués. Un plan tranquilo y estupendo que disfruto sabiendo que ahora sí, por fin, ha llegado el deshielo.