martes, 15 de mayo de 2012

La crisis que achicharra

Dicen que por la noche no se deben escuchar malas noticias: alteran el sueño. Yo evité leer el periódico antes de acostarme; aún así no he pegado ojo. Le echo un vistazo por la mañana: no me despierta mucho su lectura. Busco una noticia positiva; no encuentro ninguna. Me cambio al google reader: en los blogs han optado por hablar de cupcakes y colores pastel, así como por debatir sobre los nuevos clones de Amancio.

Decido irme a la ducha para despejarme y vestirme para salir a la calle y airearme por el mundo. Contraviniendo las recomendaciones de las nuevas gurús de la moda, me pongo lo primero que pillo. Regreso al poco sofocada. Con este calor asfixiante definitivamente se esfuma nuestra última oportunidad de pensar.

No escribo últimamente porque solo tengo un pensamiento en la cabeza: crisis-pesimismo social, crisis-desánimo, más crisis-impotencia/ parálisis. Todo lo que se me ocurre es seguir los pasos del rey. Me monto en el ave y me voy a Barcelona a hacerme un traje como quien se va a África a matar elefantes. Como si no hubiera un mañana. O más bien, como si no hubiera... un hoy de crisis, recortes, austeridad, precariedad, inestabilidad y un sucesivo etc de palabras acabadas en -dad.

Hoy me pongo a escribir porque no queda más remedio que encontrar algún brote verde de la izquierda, algún hilo de luz de la derecha para poder seguir hacia adelante. De lo contrario corro el riego de dejarme caer al suelo y de acabar incinerada por el sol achicharrador. Pensando en aceras hirviendo: en mi corto paseo por necesidad he visto sobre una acera, enfrente de la nada, un cartel rojo brillante, nuevecito, con letras blancas resplandecientes recién salidas de la imprenta o del 20 duros que formaban la anacrónica frase: "Próxima apertura".

¿Qué será lo que se abre? ¿Un campo de concentración para la ciudadanía deshauciada? ¿Un centro donde eliminar ciudadanos protestones o simplemente molestos? Quizá un viaducto para que resolvamos el problema de forma individual y callada. Estoy un poco apocalíptica, pero en realidad no creo que exagere tanto. La esteticien al lado de la panadería debe de haber cerrado hace un tiempo, después de mi última limpieza de cutis hace ya un año. El local sucio y vacío se erige como un féretro abandonado que no proporciona pista alguna sobre el muerto que alberga.

Me siento como un profeta que avista el fin del mundo y en vano trata de avisar a sus coetáneos de que es necesario cambiar de vida y de prioridades antes de que sea demasiado tarde. Quizá soy solo un loco que a veces no logra conciliar el sueño porque lleva en su mano la flor del mal, en el pecho el cáliz de la crisis de España y de Europa entera. Al resto del mundo, especialmente las tierras situadas en el hemisferio sur, que lo arrastre otro, que los pobres de verdad son demasiado pesados para cargar con ellos como quien arrastra un saco vacío y sin embargo rebosante de piedras sin valor alguno. No pegaría ojo.

Ahora sigo escribiendo, y cada vez estoy más asada. Voy a buscar un momento un sitio fresco donde recostarme. Trataré de que me venga la inspiración antes de que el sol cambie de posición y me deshaga como un plástico. Por el momento, me declaro vencida. Aún así tengo fe en el despertar, y la convicción de que aquí la lucha no acaba.

jueves, 3 de mayo de 2012

"Confianza en el futuro"

Tecleo en google "confianza en el futuro". Me sale un anuncio patrocinado de una vidente y su consulta de tarot. También me he enterado de que algunos afortunados hacen cursos llamados tal que "Los caminos hacia la felicidad". Y resulta que en el apartado imágenes aparece la ubicua Esperanza Aguirre con un cartel de propaganda bajo el lema "confianza en el futuro".

¿Será que tenemos la doña y yo la misma idea sobre la confianza? Yo buscaba soluciones a mi desazón, pero mucho me temo que esta señora acaba de desintegrar mi último átomo de... pues eso, de esperanza (que la debe de haber acaparado toda su nombre propio).

Pero tiene que haber vida más allá de la espe. Sigo con mi búsqueda de planetas exteriores. A ver, Zapatero también aparece declarando en algún tiempo pasado su fe en el futuro, y efectivamente ZP da el perfil de extraterrestre. Pero, Google del alma, no es esto lo que ando buscando. Tú que eres el arma del futuro, actualízate un poco. No te me quedes obsoleto, que el mundo no espera a los tardíos. (Te diría que tengas confianza en el futuro, pero me parece un poco fuera de lugar).

Anda, vaya, aquí aparece la frasecita en un blog de psicología. Consejitos sabios, a buen seguro. Echemos un vistazo. Umm, un resumen: si la vida te va mal, acuérdate de cuando te iba bien y te sentías capaz. Pero bueno, que eso es el pasado. ¿Qué hay del futuro? Que te relajes y dejes que la vida te dé sorpresas, recomienda la bitácora sobre "psicología para ser feliz". Paso, hay sorpresas que me recuerdan a Gila: sí, murió, pero... ¿ y lo que nos reímos?

Sospechosamente empieza a aparecer la consabida expresión de forma recurrente en entradas del 2011. Mira tú, el año pasado, anda qué. Pues resulta que el futuro ya está aquí, en el año presente, y seguimos a la espera de la confianza.

De igual manera, la frase "confianza en el futuro" se asocia en la mayoría de los casos a nombres de políticos, bancos y países. Perú parece tener confianza en su progreso, y Argentina también, puesto que ha expropiado no sé que empresa española. Esto comienza a escamarme ligeramente...

Resulta que el Papa también tiene mucha confianza en el porvenir de la humanidad. El Papa está muy lejos, pero un poco más cerca tenemos a Rajoy y al Rey, que dice que ha vuelto para quedarse. Se han juntado ambos líderes como quien queda para echar la ouija y nos han traslado el mensaje ultraterrenal de que la solución pasa por que los españoles tengamos confianza en el futuro. Pero esto me suena un poco tautológico, ¿no? O sea, que para tener confianza en el futuro es necesario... ¿tener confianza en el futuro? Muy bien, pero yo necesitaría una razón con un poquito más de peso.

Tampoco pido tanto, solo una pista, una pequeña indicación, una revelación remota que me ilumine y me indique a mí y a los futuros seis millones de parados a quién o qué encomendarnos. México por lo visto también ha perdido la confianza en el futuro. Bueno, eso no me resuelve nada. No, no me consuela. Y encima ya no pienso ir a México ni aunque me dieran una cosa de esas que antes se llamaban becas o intercambios de trabajo.

Supongo que lo mismo están pensando muchos extranjeros ahora sobre nuestro país: nada de ir a España, que parece que está la cosa muy mala. En las escuelas no caben, y en cambio los hospitales están vacíos, que las camas se venden a precios prohibitivos. ¿Sería una solución utilizar los hospitales caídos en desgracia para acoger a los alumnos enjaulados? Rajoy, le echo creatividad e imaginación a la crisis, que tenemos que ser emprendedores y buscar alternativas. Lo que no sé muy bien es si la idea es ponerse a buscar un nicho por aquí (un nicho de empleo, no seáis malpensados, que aún no está cerrada la búsqueda), o si eso ya vamos a Alemania, que allí nos dan una escoba y para algo valdremos.

Y mira, justo leo que las empresas alemanas sí que tienen confianza en el futuro. ¿Será una señal? Jope, que ya me voy por la página ocho de google y esto es todo lo que he encontrado. Me doy de plazo hasta la página diez, que por mucha necesidad que haya de respuestas y certezas, tampoco es cosa de perder el tiempo por caminos errados. Dos páginas más: voy a prestar atención a la letra pequeña.

Con mil ojos, no se me escape la clave del misterio. La vidente insiste con el tarot. Y... ¡eureka! En el sector avícola hay confianza en el futuro (eso sí, la noticia habla sobre Argentina, parece que están en racha estos muchachos). En todo caso, tengo que decir que yo siempre he tenido mucha confianza en las gallinas y sus posibilidades. Alimento fresco y de calidad asegurado. Al menos por huevos no va a quedar.

Estoy en la página diez: ¡mi última oportunidad del día! La religión católica considera pecado querer apropiarse del futuro. Muchos dirigentes del mundo parece que no hacen mucho caso. ¿Quién se ha llevado el futuro y nuestra confianza en él? Que lo traigan de vuelta, que es de todos, si el capitalismo y la falta de leyes no muestran lo contrario. (Bueno, vale, puede que ya lo hayan dejado claro, pero yo no quiero darme por enterada, ¡que todavía me quedan unas pocas entradas por consultar!)

Anda, una página con un nombre raro, así como espiritual, y tiene una mariposa. Me gustan las mariposas. No sé qué tendrán que decirme las mariposas sobre el futuro, pero lo cierto es que embellecen el presente. Tic tac, tic tac. Dadme un poco de tiempo que tengo que leerlo detenidamente. Sí, ya sé que estamos ansiosos, pero por eso mismo hay que actuar con calma. Es el momento de la sangre fría. Un poco de paciencia, que seguimos en el tiempo presente.

Primera decepción: que dice la página espiritual... ¡que el futuro no existe! Ya, ya, muy bonito, pero el casero es un poquito más terrenal, y creo que ya tiene planeado pasarme la cuenta del mes que viene. Siguiente idea: el karma. Si haces bien, recibirás bien, y si eres malo, pues te irá mal. ¡Pero esto qué es! Eso sería antes, en la gran tradición hindú, pero en los tiempos modernos la verdad cósmica ha cambiado: roba y manga, y vivirás en la abundancia; sé honesto y escrupuloso, y te hundirás en el pozo.

Y cuando hablo de futuro tampoco estoy refiriéndome a la otra vida ni por el momento me interesa la reencarnación (aunque siempre la dejo como último recurso). Señores que dictan las leyes espirituales: tenía en la cabeza algo más a medio plazo...

Llego a la última entrada, y me parece un chiste malo. Se trata de un estudio bastante sesudo que analiza la confianza en el sistema de salud. En tiempos mejores, los doctos investigadores se ganaban la vida llegando a conclusiones como esta: "la buena calidad puede aumentar la confianza del pueblo en la atención de la salud pública". No me lo invento; he citado textualmente.

O sea, que a tenor de la disminución de la calidad va a ser verdad que el futuro cada vez existe menos...

Y eso es todo, fin de la búsqueda. Al menos puedo comunicaros que la confianza en el futuro no está en google. No perdáis el tiempo tecleando la frase. Buscad debajo de la alfombra, entre los visillos, detrás de la tele. La respuesta no está en el mundo virtual.

Quizá ha llegado la hora de dejar de copiar y pegar, y ponerse a buscar la solución en el mundo real. Puede que el camino no se descubra, sino que haya que crearlo. Eso sí, no se os ocurra colocarlo en la comunidad de Madrid, que seguro que nos cobran el peaje.

the place where i belong

the place where i belong
harbor and dock
        at once
fellowship and solitude

i take you all along the solo trail
there's no way i could forget who stood by
who cared and loved
who still do

now i carry on my ship
                                                                    alone
that's what human beings are meant for

i look up and check the stars
one night more we'll sail through
the place where i belong
          sea and land

sometimes i'd rather be not seen
but still children and dogs would feel my presence
and i couldn't escape
invisible people move so  s l o w

maybe you my dearest
                                  once again
will find and recognize me
and then we'll become a gang
and won't be afraid of the streets in town

the place where i belong
among the weary undergrowth of nature
                                                                            the place where i belong

i'll be back to you earth one day soon
meanwhile on board
i keep at wheel and move ahead
not dreading the ocean
                            blank around

just another fish
i see and trust
you look too
there's nothing else to think about

the waves whisper strength and glee
in fretful adoration my flesh replies
i declare myself visible from now on
                           still clean eyes pierce my melting bones

your touch dives deep in my chest
like a salmon across the tide
warm memories flood my body
for we don't remember days but overwhelming moments

with full moon i steer for home
and all of a sudden i find myself
atop a bright star
where i can see the spot
i used to think as truly mine

i sense your light faithful stars
we ignite the earth
my place is just a ray
and finally i understand
                          where i belong

i stand on salty water
in the middle of the night
the invisible becomes alive

silver shiny creatures leaping in the sky
                                                   for joy and love
amidst the starry foam
reaching for the crests
never asking why

stream and air
i'm part of you
I belong to the bliss of the flow

jueves, 26 de abril de 2012

Dulces del mar Cantábrico

Para todos los que compartimos el "café cántabro"

Nada es casual. Puede que avancemos hacia el caos, pero aún así pienso que las cosas suceden por alguna razón. Y siempre para que nos demos cuenta de algo. A través de sucesos y casualidades nuestro inconsciente habla. Así es como nuestra realidad se expande.

No es casual que haya acabado por leer un poema (¿o será más bien un antipoema?) de Nicanor Parra sobre el embrutecimiento y el vacío de las horas gastadas impartiendo clases. Y me encontré leyéndolo ante profesores competentes y comprometidos. Al final siempre acabamos encontrando historias para nosotros mismos.

Ha llegado hasta mi casa el recorte de un periódico inglés informando sobre la caravana del amor organizada en un pueblo cercano. ¿Podría ser este hallazgo simplemente el resultado de una sucesión de casualidades inocuas? La casualidad justamente demuestra que estamos todos conectados, unidos por lazos que cruzan mares y corazones. Las casualidades nos montan en acontecimientos como pequeñas embarcaciones y acercan nuestras islas individuales.

Las historias que cuentan mis collages parecen comenzar por casualidad. Los dibujos son el resultado de una sucesión caprichosa de imágenes y palabras. Pero luego la obra acabada comienza a susurrar cuentos al oído, y entiendes que la casualidad no existe. Es el inconsciente quien escribe nuestras verdades.

No es casualidad que hoy no pueda dormir. Sigo despierta porque miro, siento, contemplo. Escribo rodeada de flores. Cuelgan de las paredes, se suben por los manteles, conquistan el baño, se cuelan en la cocina. Por las noches encuentro campanillas amarillas debajo de la almohada.

Mi casa es un jardín flotante, con duendes escondidos tras cortinas de hojas. De la higuera podada en invierno comienzan a surgir brotes como bebés con los ojos muy abiertos. Los besos son capullos que se abren desperezándose.

No es casualidad que hoy haya sido tan liviana y contundentemente feliz en el camarote grande de la embarcación de mi casa. La luz se filtraba a través de seres resplandecientes como peces de plata. Julia, el pececillo más pequeño, nada en la pecera con sus escamas rubias. En sus brazadas infinitas de niña, nunca alcanza los  límites de cristal.

Mi casa-barco se mece ligera entre las fragrancias salvajes de las plantas. Aspiro con los ojos cerrados el aroma de las rosas que hierven en las calderas. Cierro los ojos para no dejar de ver las estrellas claras.
 
Velo lo que queda del día en un barco henchido de coronas de flores que se desliza plácido por aguas suaves. Desde lo alto del tejado, más alto que las montañas que encierran el valle, me inunda la certeza serena de que nos movemos en el espacio abierto.

Me aposto en la torre de vigía. El barco, por unas horas sin necesidad de timonel, avanza impulsado por las margaritas que esta noche canturrean sí. Mientras, las violetas crecen sobre los corazones de los muertos proclamando en la noche líquida que todo sucede por algo.

La oscuridad madura dilata las pupilas,  y en medio de los ojos reluce la estrella del norte. Os veo a todos, y os llevo conmigo en el barco de flores. Navegamos con entrega serena a las olas sabias.  Nos dirigimos hacia el caos para encontrar el orden. Nos arrastramos hasta el último tronco en la orilla antes de las cataratas.

Al borde del torrente, sabrá mi fuerza verde que todo sucede para algo, que avanzamos en línea recta hacia las Américas para acabar por encontrarnos a nosotros mismos en la redondez perfecta de la tierra. Remo con golpes acompasados entre las aguas calmas de flores blancas.

Llevo de avituallamiento sobaos y quesada, me guío por la caracola que las olas del mar Cantábrico me han puesto por corazón. Como en todas las grandes aventuras, no voy sola en este barco. En la serenidad nocturna, tu presencia dormida despierta y me abraza. Mientras soñáis en suspenso, las velas de mi barco se esponjan con los vientos favorables de vuestros carrillos.

Remo sin esfuerzo en mi barca de espuma nívea. Mientras el mundo duerme y deja de existir, disfruto del silencio cargado de sueños callados como rayos de tormenta. De pronto restalla un trueno que rasga las aguas y las azota con energía eléctrica. Cogidos de la mano danzamos y reímos bajo las gotas quedas que hacen cosquillas a las flores y acarician la hierba.



martes, 17 de abril de 2012

Las olas del cambio

Hace un día estupendo de sol. También me gustan los días de lluvia. Poco a poco todo vuelve a su sitio, como se reconstruye la naturaleza tras un terremoto o un tsunami. El polvo cae al fondo del vaso, se disuelven los gránulos en el agua. Ayer en la taza de café la cucharilla removió el terrón de la amabilidad.

Tomé un café en un bar, y de forma natural sonreí y me comporté de manera extramadamente adecuada. La educación no es más que reconocer la presencia y el valor del otro. Y a su vez la señora del bar fue tan simpática que desde el bar contribuimos con nuestros activos al banco mundial de la amabilidad. Yo estoy convencida de que el mundo es energía, de forma que de las vibraciones positivas que envían unos nos beneficiamos todos. La alegría, el amor y la amabilidad van cayendo como fichas de dominó colocadas en un scalextric.

Ayer sopló el viento fuerte. Cualquier cosa podría caerte sobre la cabeza. Las antenas sobre los tejados del pueblo se meneaban como cohetes a punto de despegar. Por la mañana, desde el coche, comentamos al pasar que el viento había volcado los tres contenedores de basura vacíos. Por la tarde volví a pasar conduciendo por el mismo sitio. Un señor se acercó al primero de los contenedores y lo puso en pie. Paré un poco más adelante y desde el espejo retrovisor observé cómo el buen hombre levantaba los contenedores uno por uno. Seguí mi camino y desde mi interior, conmovida, le di las gracias a este señor. Ayer el karma del mundo fue un poco mejor. 

En este tiempo de incertidumbre y angustia, en el que tanta gente tiene que andar desesperada, ansiosa, confundida, vuelvo los ojos a las cosas pequeñas. Puede que ahí esté el sentido del mundo. Mirándolo bien, es un poco absurdo decir que la vida nos va fatal a cuenta de la crisis y de la situación de paro y recesión del país. Visto desde la óptica de los miles de personas que mientras lees esto se mueren literalmente de hambre (o simplemente se mueren, cualquier muerte es idéntica en cuanto que relativiza las preocupaciones diarias) nuestras preocupaciones por el dinero y la inestabilidad de nuestras vidas se vuelven no solo absurdas, sino surrealistas. 

Pensar que vivimos mal sigue siendo pura ironía, un chiste malo. Vivimos, y eso debe ser bastante. Buscamos en el dinero un escudo para repeler los males de la vida. Nos aferramos a la estabilidad para controlar los inevitables cambios. Ponemos nuestras esperanzas en la seguridad del trabajo con la esperanza de apaciguar la inestabilidad del mundo, como si pudiéramos transformar un tigre en gato dándole un poco de carne.

La vida es un tigre, una fiera salvaje. Es cambio, imprevistos, fuerza, indiferencia. Violamos las leyes mismas de la existencia tratando de contener el mar en un cubo de agua. Palada a palada vamos haciendo acopio de nuestra ración de agua salada. Y de pronto levantamos la visa del pequeño cubo, estiramos la columna doblada, y el mar sigue siendo infinito. En algún momento una ola un poco más violenta barre de la playa cubo y pala, y nos arrastra a nosotros hacia el fondo negro.

Si la vida es cambio, nosotros debíamos fluir con ella en lugar de aferrarnos a los barrotes de nuestra jaula. Como gigantescos osos blancos encerrados en el zoo damos vueltas alrededor de nuestra cerca creyendo que así podremos llegar a alguna parte. Que sean bienvenidos los cambios, la crisis y las olas feroces que nos sacan el culo de nuestra zona de confort y conformismo.


El mundo está en contínuo cambio, pero nosotros seguimos siendo dueños de nuestro destino. En realidad, solo podremos mantener el equilibrio, seguir al pie del cañón, si asumimos que la vida es una sucesión de olas y el sentido se encuentra en navegarlas, una por una, siendo consciente de cada una de ellas. Si permitimos que las circunstancias dominen nuestras vidas, si dejamos que sean las situaciones las que nos definan y nos digan quiénes somos, estamos condenados a hundirnos sin remedio. 

La fuerza procede de dentro, nacemos con ella igual que nos dotaron de piernas y brazos. Con esa fuerza que nos define caminamos sobre las aguas, nos desplazamos con cada ola. Bienvenida sea la crisis que nos hace fijarnos en los actos pequeños que aportan calor a la hoguera del mundo: un hombre levanta en un pueblo escondido entre montañas los cubos de basura que pertenecen a toda la comunidad; una señora en un bar sonríe a una chica que aún no puede trabajar. Antes ha sido la chica amable y correcta, porque lleva dentro el fuego que los leños de otras gentes ahora en la distancia han avivado en ella. 

Si las olas nos arrastran, si a duras penas logramos mantenernos a flote, ha llegado la hora de plantearnos nuestro destino. Mira tu brújula y asegúrate de que apunta al norte. Contempla el cielo en la noche clara y comprueba si aún puedes encontrar la estrella polar que guía a los navegantes. 

Quizá nos hundimos todos en masa como el imbatible Titanic chocando contra el iceberg de la crisis y el miedo.  Ha llegado la hora del cambio, y cada uno debe ocupar su sitio en la embarcación. ¿Quién rige nuestro destino, quién ha decidido el rumbo? Es hora de levantarnos y remar hacia nuestro destino, de hincar los palos para avanzar en la dirección que nos indica nuestra fuerza primigenia. Es posible mantener el equilibrio, disfrutar del momento, saltar las olas de los inevitables cambios aprendiendo a verlas como oportunidades de crecimiento.


Hay gente que ya se ha lanzado al agua, y que sigue remando impertérrita por ellos y por todos nosotros. Un hombre levanta contenedores, una señora sonríe en un bar. Otros leen los periódicos y desde la torre de vigía lanzan su mensaje a los siete mares. ¿Oyes el toque de corneta? Escucha atentamente, porque es tu fuerza la que te habla y te confirma quién eres. Mira al cielo y sigue tu estrella.

Desde las rocas más altas me lanzo feliz al mar. Braceo sobre cada ola hasta que la tripulación me recoge y juntos navegamos hacia donde nace el sol. Cosas pequeñas y grandes comienzan a ocurrir, y yo sonrío mientras el viento me despeina y enciende mis mejillas.



Hay un lugar donde la magia existe, más allá de nuestra zona de seguridad.


Pinturas: Turner

domingo, 15 de abril de 2012

Para vivir

Para vivir necesito:

una habitación ordenada, con algo de luz y no muy fría (preferiblemente en tonos cálidos)
libros
un poco de comida (leche, fruta, galletas y bollos, algún sándwich o pasta)
que me dé el aire libre en la cara
compañía para tomar café
alguien que me espere en un lugar lejano
polvos mágicos

Aparte de las necesidades básicas, algunos lujos extra:

leer junto a la lumbre en invierno
ríos y charcos para bañarse en verano
toparme por tiendas y mercados con objetos bonitos
escribir a ordenador
ver el mar de vez en cuando
alguien para quien su vida sea mejor conmigo
personas de quien aprender
gente para compartir
alguien especial con quien crecer y reír

No es muy difícil ser feliz.

Dibujo: CRLS

sábado, 14 de abril de 2012

Objetos muertos

Ayer fue mi cumple-mes. Un día cualquiera, un día especial. Me regalaron una figurita de Campanilla. Últimamente me encantan los objetos pequeños. Me evocan los momentos en que fueron comprados/ regalados/ encontrados mucho más certeramente que cualquier fotografía. En realidad nunca me han gustado mucho las fotos; creo que pueden ser muy engañosas. A mí al menos me cuesta en la mayoría de las ocasiones reconocerme en ellas. No suelo encontrar un paralelismo entre lo que sugiere la foto y las sensaciones que yo recuerdo. Un momento mágico, y te ves con unas pintas que no querrías ni para tu mejor enemiga. Un momento de desasosiego, y en la foto resplandeces para la posteridad.

La muñequita reposa en la mesilla, junto con el libro del pato que aprende a caminar pasito a pasito, el barco del que yo llevo el timón, la moneda mágica que encierra destinos, el librito con palabras de alegría que regalé a una amiga y que ahora me ha prestado... Cómo me gusta rodearme de los objetos queridos. Del corcho cuelgan en perfecto orden dibujos, palabras, adornos en forma de flores o corazones, notas, collages y recortes. Miro alrededor y siento la calma de los objetos silentes, esplendorosos en su función de apresar y derramar olores del pasado como rosas rojas por siempre en plenitud.

A veces abro una caja y tomo una nota, un calendario, un papel que no reconozco. Pero también brilla siempre un objeto único que sin previo aviso, como un ataque cardíaco, te sienta de nuevo en aquel coche en el que a tu primo muerto se le durmió un brazo para que tú no despertaras. Después los apuntes salen volando del interior del coche al parar, y los buscamos presurosos entre el viento. Ahora de todo eso solo queda un reloj viejo de plástico blanco, sin correa. No quisiera que ninguna foto viniera a matizar mi recuerdo, la vivencia repetida que el reloj activa. Los objetos ponen las manecillas en marcha; la foto congela, declama y sermonea. Mi reloj marca  la hora del tiempo interno.

Los objetos perpetuan los momentos en la memoria. Por eso, para enterrar los recuerdos es necesario un cementerio de objetos. Pero quién querría perder la memoria, borrar años de vida, condenar la felicidad al olvido. Cuando se pierde la felicidad, los objetos se vuelven armas, su presencia punza el alma, que se desangra en nostalgia. Es quizá recomendable entonces dejar que los objetos descansen en soledad, purgando nuestra sed de eternidad. Podemos salir de casa, irnos de viaje, alejarnos por el camino y cerrar la gran verja de entrada, cubrir los muebles con sábanas blancas como cadáveres sin recuperar en el campo de batalla. 

Al volver la primavera, regresaremos tras el destierro a la mansión de las puertas verdes, y correremos las cortinas, descubriremos los muebles, dejaremos entrar al viento fresco a través de los luminosos ventanales. Y entonces pasaremos la mano sobre el lomo de cada objeto que encierra nuestra antigua felicidad, y las figuras y recuerdos maullarán como gatos mimosos, y se les erizará el vello, y nosotros encontraremos sosiego y sentido en los viejos momentos de la felicidad pasada. Los objetos acariciados lentamente nos hablarán en sus gemidos de quiénes somos, de quiénes nos gustó ser, de la felicidad con la que vamos llenando nuestra hucha de oro.

Por ello resulta tan desoladora una caja con su contenido cerrado,  precintada con cinta adhesiva de embalar marrón. Restos de una mudanza, momentos extraviados en el abismo de los cambios, recuerdos amordazados como una mujer maltratada incapaz de hablar más. Yo tengo una caja de plástico con las asas azules en lo alto de un desván polvoriento y hasta con algún ratón muerto. En una caja puede caber una sucesión infinita de días, la osamenta corrompida de toda una época, gigantesca como la de un dinosaurio. 

Pero los restos mortuorios de una caja cualquiera, a diferencia de los de una casa cerrada en invierno, no deben pagar tan solo por la alegría, la plenitud y el sentido que nos prestaron, y que ya no son más. El purgatorio no es suficiente para esos restos cenicientos que conocieron la maldición de un eclipse de sol. Cuando la violencia y la sinrazón de los hombres apagan como una vela la llama de luz y calor, los vestigios del sacrilegio no son aptos para descansar en tierra consagrada. Los despojos condenados expian de este modo el pecado más grande del hombre: la ignorancia egoísta que reduce a migajas el pan de la alegría.

No es fácil acallar los objetos; sus quejidos lastimeros se oyen en las noches de lluvia negra. A veces aún me encuentro con restos desmembrados que resisten en cajones, que se esconden al fondo de las estanterías, que cuelgan y crecen en las esquinas del techo como telas de araña. Pienso en ellos como en los muertos olvidados en las cunetas que claman bajo la tierra por su merecido descanso. El olvido es un cadáver al que le siguen creciendo uñas y pelo.

Al cruzarme con alguno de estos objetos que no encontraron su sitio en la caja de asas azules, me parece que llora como un niño robado. Otro día en que no llueva, una mañana transparente y verde, levantaré la tapa de la caja, y al final reposarán todas las cosas conformando un esqueleto entero. Cuando pase el tiempo del odio y el dolor, cuando llegue el fin del mundo, alguien vendrá y juzgará sobre el destino de los muertos. En la esperanza de la resurrección, los viejos objetos del bien y del mal se salvan de la hoguera incineradora, clavando sus uñas desgastadas en la tapa azul del ataúd de plástico.


Las ruinas de la historia aguardan el juicio final. Que descansen los muertos en paz por los siglos de los siglos, esperando el perdón que solo un dios todo misericordioso podría conceder.

La canción que he oído unas cuantas veces mientras escribía:


jueves, 12 de abril de 2012

En Ávila

sesenta y siete escalones hacia la plaza
treinta y seis euros en comida castellana
veinte besos caminando con los ojos cerrados
unos cuantos árboles en flor

las murallas de Ávila enmarcan el cielo


martes, 10 de abril de 2012

La generación del futuro


Escucho por enésima vez que estamos ante la generación más preparada de la historia. Y yo no entiendo de qué generación hablan, a quién se refieren. También me pregunto para qué dicen que esos hipotéticos jóvenes están preparados. Las personas que insisten en el cliché de "la generación más preparada" o no conocen a muchos jóvenes, o hablan de otro mundo. ¿Quién puede estar preparado para un mundo tan complejo como el nuestro?

La vida nunca ha sido fácil. La historia es la repetición a través de las épocas de la opresión de los poderosos sobre los débiles. La literatura nos habla de las preocupaciones básicas del hombre: amor, poder, muerte. Ni la esencia del hombre ni la estructura del mundo han cambiado gran cosa desde el principio de los tiempos; lo que sí se ha transformado sustancialmente es el contexto. Ahora somos miles de millones de seres humanos sobre la tierra, la tecnología determina las relaciones (quien tiene los avances en su mano, ya sean médicos, científicos, de comunicación o en armamento, detenta el poder). Ya no es dios quien rige el destino de los hombres, sino las fuerzas del capitalismo. O como expresa otro cliché de nuevo cuño: los mercados.

Claramente siempre el dinero ha dominado el mundo. Sin embargo, parece que antes el capital estaba en unas manos concretas: en las del señor, en las de la nobleza. Con el nacimiento de la burguesía la riqueza cambió de lugar; la extensión de la clase media (prolongación de la burguesía) supuso la participación en el  poder de capas más amplias de la sociedad. Bajo estas interpretaciones, la historia se lanzaba a ritmo vertiginoso hacia la igualdad y el bienestar de todos los hombres.

Nos hemos creído que nos había tocado la lotería, que acabábamos el siglo XX siendo todos ricos,  habiendo ganado nuestros derechos como Adán y Eva cargaron con el pecado original. El curso de los acontecimientos cambiaba de signo. Ahora, en el siglo del futuro, resulta que no sabemos dónde está el dinero y que tenemos que taparnos los derechos desnudos con una hoja de parra. Y nos invaden la perplejidad y el desconcierto, y como el suicida griego clamamos ante la injusticia: ¿quién osa despojarnos de aquello que es nuestro?

Pero no tenemos nada que nos haga sentirnos más avanzados que nuestros antecesores. Desnudos como niños conservamos solamente aquello con lo que vinimos al mundo: la sed de poder y, en contrapartida, la necesidad de regular la codicia. Como aquellos benditos ilustrados del siglo XVIII, hemos seguido pensando que íbamos montados en la historia como en un cohete que nos impulsaba de pleno hacia nuestro destino, hacia el fin último del hombre: la justicia, la igualdad, la libertad. Y sin embargo nuestro siglo, el de la generación más preparada de la historia, se presenta muy distinto.

El decorado actual es mucho más grandioso, casi estelar; es el resultado de un derroche de optimismo ignorante y del progreso a cualquier precio. Y, así, las consecuencias tienen también una dimensión mayor, un impacto brutal sobre nuestras vidas. Podemos cargarnos el planeta apretando en un segundo el botón de la bomba atómica. Mientras tanto, y por si acaso ese momento se retrasa, nos empeñamos en provocar el fin del mundo con leyes que promueven miseria y desigualdad, con la destrucción del medio ambiente, con el dispendio de recursos. Posiblemente estemos esperando a que la generación más preparada de la historia venga a poner orden en este desastre. Quizá por eso nos empeñamos en repetir el cliché como un mantra con milagrosas propiedades curativas.

Pero nadie viene a arreglar el mundo, la situación se nos ha ido de las manos. Ni siquiera sabemos quién tiene el poder, por dónde se evapora la riqueza que ligábamos de forma natural al progreso. Ah, es que son los mercados los faraones del siglo XXI. Y los mercados tienen entidad propia, se han rebelado e independizado del control de los hombres. Son como los soñados autómatas que adquirían consciencia y se volvían contra el ser humano, supuestamente superior, que los había creado para su servicio.

Los griegos tenían sus dioses y sus oráculos: nosotros los hemos sustituido por los mercados y la voz de la bolsa, que habla en un lenguaje religioso, profético, incomprensible para el común de los mortales: la prima de riesgo, el FMI, el Dow Jones, el Nasdaq. Angela Merkel es el chamán que nos pone en contacto con esas fuerzas divinas, pero ella misma no puede escapar  a la superchería del siglo XXI. Seguramente, allá en Francfort,  esté ahora mismo probando una pócima mágica tras otra con la esperanza de encontrar el remedio milagroso que transforme su halo místico de baratillo en reliquia verdadera.

En la época de los griegos, el mayor pecado que podía cometer el hombre era el querer ser como los dioses. Se condenaba la hybris, el orgullo desmedido. Los dioses castigarían al ambicioso de manera implacable. Hoy unos pocos traidores sin moral se erigen en mercaderes o intermediarios de los mercados. En sus manos quedaría el regular la fuerza de la economía, el crear un marco en el que distribuir la riqueza, el controlar la vorágine avariciosa que atrapa a los que se exponen a las fuerzas del dinero. Sin embargo, estos pocos gurús de la economía optan, siguiendo los impulsos innatos al hombre, por seguirle el juego a los autómatas que nos dominan.

Ningún dios vendrá a castigarles, a recordarles sus límites, a advertirles de que la soberbia se paga cara. Quizá nuestro pecado ha sido creer que el progreso y la justicia regían la historia. Hemos olvidado el lado oscuro del poder y del dinero, hemos preferido mirar hacia otro lado mientras nosotros también disponíamos de la riqueza y el acceso a todos los servicios. Ahora solo nos quedan las palabras huecas, la incredulidad del impotente, la puerilidad del derrotado. Mientras disfrutábamos de nuestro status de dioses, no quisimos poner límites al gasto, a la banca, al poder del capital. Nos quisimos creer la historia de que los mercados se regularían por sí mismos en beneficio de todos.

Hoy no nos quedan dioses a los que confiar nuestro destino. Nuestra religión no basta para explicar el misterio de la economía que nos esclaviza. Los pecados no reciben castigo divino. Perdida la batalla en la que ni siquiera luchamos, clamamos contra las fuerzas divinas que nos mandan la desgracia. Pedimos la cabeza de reyes y papas, pero ellos no dejan de ser más que marionetas, a las que mueven los mismos hilos que al resto de nosotros. Los verdaderos responsables se bañan en el oro de Dánae.

En nuestra soberbia, hemos olvidado que son los hombres los responsables de marcar el cauce de la historia. Nos hemos dedicado a adorar el becerro de oro de los paganos. No supimos poner límites a tiempo, ahogados en ambición y comodidad, y ahora nos encontramos desbordados por nuestro silencio cómplice. Hemos dado todo el poder a un sistema capitalista que devora a sus propios hijos. Unos pocos piensan poder aplacar al monstruo, beneficiarse con sus artimañas, pero todos terminan igualmente exterminados. Hoy El Mundo anuncia que Rajoy "ofrece" terribles recortes en sanidad y educación para calmar los mercados.

Parece ser que contamos con la generación más preparada del futuro. Estos seres elegidos deberían levantarse en armas y salvar el mundo. Pero no son más que hombres: siguen pataleando enrabietados y caprichosos reclamando su derecho al i-pad, a internet en el móvil y a zara online. Algunos hasta confían en que la salvación vendrá a través de twitter. Solo la venida de un hombre-dios capaz de despertar conciencias, aunar fuerzas y establecer normas y límites podría frenar la marcha imparable del poder de los mercados. Mientras, el monstruo salvaje continúa atiborrándose de nuestros derechos y oportunidades como el hombre pisa hormigas.

Hasta esa venida apocalíptica, el capitalismo rabioso al que hemos alimentado como a un inofensivo perro de compañía continuará hincando los dientes en el cuello de sus amos. Que el dios que no existe os coja confesados.

 Dánae, de Klimt

sábado, 7 de abril de 2012

El valle mágico

Tras pasar el día en la casa-champiñón de Cristina

(Poema-canción "A cántaros" de Pablo Guerrero)

Hay casas-champiñón. Casas con duendes, magos y hadas. En este valle húmedo con palmeras tropicales abundan este tipo de viviendas. Para entrar en ellas no necesitas llamar a la puerta. Basta con limpiarse los pies en el felpudo y saludar con fuerza. Nunca está de más cocinar una buena tarta como presente para los anfitriones: este tipo de hogares suele mostrar predilección por dulces, postres y azúcar. La tarta es el acompañamiento perfecto para el té caliente que nunca falta en las casas-champiñón.

Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes
pero ¿quién nos ata?

Las casas-champiñón proliferan al pie de grandes árboles, por lo que sus ocupantes suelen entretenerse con largos paseos por el bosque. La naturaleza es un elemento fundamental para estos habitantes mágicos. Cuando sales a caminar por el valle, nunca sabes qué te vas a encontrar. Los caminos son infinitos, de tal forma que es posible, si así lo deseas, no ir dos veces por el mismo sendero. Tomes la dirección que tomes, saldrán a tu encuentro criaturas fantásticas (animales o humanos), hallarás tesoros bajo las piedras, te hechizará el canto de los ríos, a tus pies les crecerán alas para nunca sentirse cansado.

Dame la mano y vamos a sentarnos
bajo cualquier estatua
que es tiempo de vivir y de soñar y de creer
que tiene que llover
a cántaros.

Cuando llueve en el valle, siempre hace sol. Los arco-iris perfectos son un fenómeno habitual en estos parajes. En ocasiones llegan a formarse varios arcos a un tiempo, en una sucesión infinita que tiende un puente hasta el otro lado de la tierra. Los habitantes mágicos te contarán el secreto cuando trabes amistad con ellos: los arco-iris son puertas que conducen a tu destino y a tus verdaderos deseos. Si te quedas un poco más por aquí, llegarás a saber cómo se consigue la llave en forma de corazón que abre los portones.

Estamos amasados con libertad, muchacha, 
pero ¿quién nos ata?

El valle no aparece en los mapas comunes, ni está incluido en los GPS. Si conoces a algún hada, o quizá un gnomo, puedes preguntarles. Yo llegué hasta aquí simplemente siguiendo el camino del agua. Una sucesión de lagos, ríos, charcas, torrentes y gargantas marcan el camino hasta la tierra de las casas-champiñón. Sin embargo, otra gente descubrió el valle por caminos diferentes. Pero yo no podría decirte cómo llegar hasta aquí. Aunque puedes probar cerrando los ojos y deseándolo muy fuerte. Creo que solo se puede atravesar la barrera invisible que separa el valle del mundo con una pizca de magia.

Ten tu barro dispuesto, elegido tu sitio,
preparada tu marcha.

El valle se rige por sus propias leyes, físicas y espirituales. Por ello los satélites no pueden detectarlo y la magia es necesaria para encontrarlo. Una vez aquí, a algunos les cuesta acostumbrarse a su clima húmedo y a las altas montañas que lo ocultan de la vista de los ogros. Una sensación de asfixia y de enclaustramiento acompaña las alucinaciones de los primeros días. El truco para combatir esta sintomatología radica en tomar té preparado en una casa-champiñón al caer la tarde o  beber agua cogida a primera hora en un torrente de la montaña.

Hay que doler de la vida hasta creer
que tiene que llover
a cántaros.

Un fenómeno curioso es que los niños del valle nunca lloran ni es necesario estar muy pendiente de ellos. Todos los habitantes del valle reparten a los pequeños amor y mimos mágicos, para que así los bebés crezcan con alegría e imaginación. Una tradición curiosa del lugar consiste en  bañar a los niños en lluvia con sol bajo el arco-iris. De esta forma entran en contacto con su esencia y nunca se olvidan de cuál es su puerta mágica y a dónde conduce. En los ritos iniciáticos, los chicos y chicas adquieren madurez e independencia al hacerse con la llave mágica que abre los corazones.

Ellos seguirán dormidos 
en sus cuentas corrientes de seguridad.
Planearán vender la vida y la muerte y la paz.
¿Le pongo diez metros, en cómodos plazos, de felicidad?

Para los que venimos de fuera, dar con la llave no es tarea fácil. Aunque cuando llegamos aquí nos inunda la certeza de que este es el sitio adecuado para encontrarla. Aunque solo sea por los arco-iris múltiples. Hay que saltar en los charcos, echarse bajo los árboles, abrazar a los pequeños habitantes, construirse una casa champiñón con felpudo, té caliente, pastas y bizcochos, y tejado de fresas con nata. Después es necesario  escuchar en silencio a los duendes y magos, jugar con los niños, atravesar los arco-iris, aprenderse poemas de memoria, y en las noches claras unirse a los cuentacuentos que aúllan a la luna.

Pero tú y yo sabemos que hay señales que anuncian
que la siesta se acaba
y que una lluvia fuerte, sin bioencimas, claro, 
limpiará nuestra casa.

Si queréis venir, si os atrevéis a cerrar los ojos y envolveros en magia, si deseáis atrapar vuestro destino y convertiros en quien sois, os esperamos con risas en nuestra casa-champiñón. Merendaremos, tomaremos el sol, trabaremos amistad con las ninfas del agua. Esta es la tierra de la libertad, el corazón, la generosidad y la hierba fresca tras la lluvia. Si encontráis el camino, sacaremos juntos los colores al arco-iris. Una cosa que he aprendido es que a los habitantes del valle les encanta lanzarse todos juntos por los toboganes del cielo. Les gustan la risa, las historias y la diversión, y siempre te dan la bienvenida sin preguntarte de dónde vienes.

Hay que doler de la vida hasta creer
que tiene que llover
a cántaros.

El valle te muestra que aún quedan senderos mágicos por recorrer, bosques por explorar, lagos suaves en los que sentarse al sol, arco-iris que abrir con la llave del corazón. A los que vienen de las tinieblas, de un submundo de violencia y deshumanización, el valle tropical de las casas-champiñón los atrapa por siempre jamás. Cuando olvidas el paraguas y te mojas feliz bajo la lluvia de colores vuelven a crecer en tu interior la fuerza y la libertad. El té mágico te hace recordar quién eres hasta que acabas olvidando de dónde vienes. Solo importa saltar en los charcos, reír y aprender por fin a amar y a ser amada.






martes, 3 de abril de 2012

Felicidad

La felicidad no se escribe en presente. Únicamente en las tardes de lluvia, cuando tratan de atesorarse los momentos de sol en la memoria.

En un coche. Suena la música, las montañas al fin de la carretera se zambullen en la luz de la tarde. Ella canta, sonríe, se deja arrullar por las olas suaves del camino. Mira al hombre al volante, y una certeza toma forma de nube: contigo voy a estar siempre. Cierra los ojos, y continúan adelante.

La felicidad no puede pensarse. Penetra por los sentidos como el agua en la tierra. Ver, oler, tocar, oír y sentir. La desgracia se rumia en la mente como una historia sin final. Cuando la felicidad llega, nos dejamos bambolear como barcas. En el turno de la desgracia, braceamos para resistir. 

La misma palabra "felicidad" rompe el espejismo. En el momento justo en que te das cuenta de que eres feliz, dejas de serlo. La felicidad solo cobra forma al volver los ojos al tiempo pasado. Nos enteramos de la felicidad cuando asoman el tedio y el olvido entre los retales deshechos de lo vivido. Es la melancolía quien define y da cuerpo a la felicidad. Cuando también la nostalgia muere, renovada por nuevas alegrías, se incineran los restos de felicidad.

En el mar de la indiferencia, atrapamos peces de felicidad en las redes. Y sin embargo, llega un momento en que esa felicidad también acaba por revelarse mentira. La intensidad de unos breves momentos no disipa la falsedad del océano, un decorado inmenso de cartón piedra en el que pescar peces que colean y mueren de asfixia. 

Recogemos la felicidad del presente en fotos, recuerdos, diarios y servilletas de bares. La acumulamos en bolsillos y cajones. Hasta que un día, víctimas del síndrome de Diógenes, nos sepulta al caer encima.

¿Qué hacer con la felicidad pasada? Métela en una bolsa: quizá haya algún sitio donde la reciclen. Puedes optar por tirarla al contenedor, o quizá guardarla en el desván en una caja con tapa. Que decidan tus nietos qué hacer con ella. En la distancia, queda el consuelo de que ellos podrán creer que en otros tiempos fue posible la felicidad.

Junto a un lago de arenas limpias y mullidas como un felpudo de bienvenida, una pareja se abraza sobre una roca, y leen poemas de amor y de fuego. El murmullo del agua acompaña a las voces que se hablan al oído. Los pinos esparcen perfume como dependientas de grandes almacenes, se sienten las pieles, se encuentran las lenguas. Al cerrar los ojos se ve la brisa fresca y se contempla la escena entera con los cinco sentidos. Sobre la roca quedaron los restos de felicidad que después lamieron las fieras.

Buscamos la felicidad, pero ésta solo se encuentra. Tratamos de apresarla, de retenerla, pero se escapa como peces que saltan en el agua. Quédate un poco más, rogamos, y nos convertimos nosotros en los invitados pesados. Caminamos a su encuentro, y la felicidad nos da esquinazo.

¿Qué hacer, entonces? Nos parece la felicidad la manera natural de estar en el mundo, y sin embargo pasamos la vida digeriendo heridas, venciendo miedos, asestando navajazos. Después de la ascensión, cinco minutos en la cima, una foto, acaso un bocadillo. Deja la felicidad en lo alto, donde pertenece, libérala de su jaula, que vuele como un canario cautivo que no sabe encontrar sustento entre los árboles salvajes. Tira el lastre y baja rodando por la colina. Vuelve a subir entonces.

La felicidad se renueva cada día, se envía en cartas selladas sin remitente, se devuelve como un paquete con la dirección equivocada. La felicidad son versos sueltos; la desgracia, un ensayo, y la vida una novela del siglo XIX. Los otros, el camino, las dudas, la búsqueda y el pensamiento no son más que puro teatro.

Habrá que apilar montones de felicidad recién nacida para olvidar el daño que unos pocos momentos de felicidad ya muerta trajeron consigo. La felicidad no existe, pues muere en el momento de dar su primer lloro al azotarle el culo. Por eso de la felicidad solo quedan luego los rescoldos del dolor, y una convicción firme de falsedad y engaño.

Cojo mi caja, la pego con cinta adhesiva; mis nietos bregarán con el rencor y las heridas. No quiero fotos, papeles ni palabras. Quedémonos aquí en la cima, sintamos el aire en el rostro, dame la mano, intercambiemos sonrisas. Mira al horizonte y siente la plenitud y la libertad. En el sol que se pone se marcha la felicidad del día.


(Y no, las polaroid tampoco atrapan el instante de felicidad)

domingo, 1 de abril de 2012

El precio de la paz

“El que no está conmigo está contra mí" (Lc 11, 14-23)

Un par de semanas atrás encontré un tesoro a la puerta de mi casa. Unos pocos metros más allá, en el camino a la vuelta de un paseo. El tesoro debe de haber estado ahí mucho tiempo, y sin embargo solo ese día di con él. Sin buscarlo, sin mirar: simplemente vi algo y sin pensarlo, instintivamente, me agaché a recogerlo. De la misma manera que se abre el corazón al amor. Me puse muy contenta porque sabía que algo especial había sucedido. La moneda llevaría años, puede que hasta siglos, al resguardo del camino, y solo yo la vi, y solo en el momento propicio. 

Entré en casa y, presa de la excitación, me puse a danzar de un lado para otro mostrando mi hallazgo. Una moneda muy oscura, prácticamente negra, con uno de los lados tan gastado y mellado que apenas se adivina un dibujo ya sin relieve. Puede que sea algún tipo de escudo. Un círculo rodea al supuesto escudo, y las letras dentro de la circunferencia podrían tratar de decir "cien reales". Tendría que comprobar si históricamente en aquel tiempo se comerciaba con reales.

Ah, ¿pero es que todavía no os lo he dicho? En el otro lado de la moneda puede leerse, con bastante claridad, una fecha: 1870. ¿Os dais cuenta de los muchos años que han pasado desde que se acuñó la moneda? La moneda ha venido para transmitirme un mensaje del pasado. En este lado de la moneda, mejor conservado (seguramente se trata de la cara que ha estado boca abajo, protegida de las inclemencias del tiempo), aparece una figura suntuosa sentada sobre un montículo prominente. Alrededor de la figura, además de la fecha, se recoge el peso de la moneda: 10 gramos.

Entonces sucede que esta moneda ha llegado hasta mis manos a través del tiempo y del espacio. Han pasado años y años, con esta moneda habrán comprado, vendido, engañado, ganado o perdido muchos hombres iguales a mí, que ocuparon el lugar en el que yo ahora me muevo y respiro, que estuvieron al pie de estas mismas montañas, que vieron crecer las encinas que ahora alcanzan su esplendor. Esos hombres que pisaron el mismo camino se sentirían tan dueños del aire como me ocurre a mi ahora, plantada en el centro del universo, libre para decidir los caminos por los que marchar.


Coloqué ceremoniosamente la valiosa moneda en la mesilla principal de mi habitación, junto con los objetos que me acompañan dándome su fuerza y energía en el presente: unas fotos de gente antigua a la que no conocí pero a la que sin embargo debo parte importante de quién soy, mis variados libros de cabecera (novela, poesía, ensayo, autoayuda, todo a un tiempo en una extraña ensalada). Entre el resto de las cosas, guardo debajo del cristal una foto de carné de alguien que vive y sin embargo está muerto, de alguien que hace mucho me entregó la foto con la leyenda "Las cosas solo dejan de existir cuando se deja de creer en ellas". Añadía esa persona que le gustaba la frase, pero que no sabía por qué. Hoy el significado se revela más claro que nunca: uno de los círculos concéntricos de la vida se cierra con violencia, para así poder seguir caminando hacia nuestro propio núcleo. 

Todo está dentro de nosotros, nacemos con las verdades, con el amor, con la fecha de caducidad incorporada, con el destino sellado desde nuestra concepción como un código de barras. Vivir consiste en avanzar en círculos hacia el centro de nosotros mismos, en ir alcanzando las revelaciones, en saber esperar, en reconocer el tiempo exacto en el que las profecías han de cumplirse. Rascamos la moneda en búsqueda de nuestro hilo conductor, de los acontecimientos vitales que nos van construyendo como un rascacielos de pisos interminables. Abrimos los ojos, palpamos con las manos buscando en el pajar la aguja del sentido de nuestra existencia. Y sin embargo este sentido no se busca, tan solo puede encontrarse. Un día salimos a pasear e intuitivamente nos agachamos para contemplar algo pequeño que brilla, y ahí está la moneda de nuestra vida, la oportunidad para el cambio y el aprendizaje.

Sabía que la moneda cumplía una función primigenia y fundamental, la encontré en el sitio y lugar exactos que el destino había reservado para mí. Pero aún no era capaz de comprender el mensaje, de aprehender su verdadera dimensión. Dispuse la moneda en la mesilla como sobre un altar, con el mismo sentido del rito y el respeto con que se trata la hostia sagrada. El cuerpo y la sangre para hacer tangible el mensaje divino; las dos caras de la moneda para transmitir lo que ya era tiempo de comprender y asumir.
 

Durante unas semanas ha estado la moneda sobre la mesilla como la imagen de una virgen que va de casa en casa para ser adorada y reavivar la fe del pueblo. Hace un rato, por alguna razón que no percibo, simplemente un acto involuntario, un movimiento reflejo de algo que sucede más allá de la consciencia, tomé la moneda y la traje conmigo. Ahora me doy cuenta de que la moneda era un presagio, un anuncio de lo que ahora ya ha pasado, de lo que no puede sino interpretarse una vez ocurrido. Ha sido la guerra, el fin de la esperanza y del amor, los tanques han pasado por encima de los últimos restos de respeto y civilización.

La moneda ha actuado como un amuleto, ha sido un tótem que me ha recubierto de resolución, que me ha revestido con el escudo protector, que me ha dado de beber el elixir de la valentía y el ardor guerrero. Los periodos de paz conllevan un coste muy alto, y hoy la conjunción del tiempo y el azar revelaba que ese precio no podía seguir pagándose. Se  había ya contribuido con sangre, con vida, con dolor, con amor, con desesperación para aplacar la ira del dios malvado e inconsciente, para contener los caprichos de un pequeño demonio voluble y mentiroso. Y sin embargo, la ira del dios continuaba, el fuego del dragón parecía no acabarse nunca, resurgía de forma inesperada sin que los hechos reales guardaran relación con el origen de las llamas. Un ángel que se convierte en demonio, unas alas blancas que te abrazan asfixiándote.

Hoy el destino se ha entregado a mis pies en forma de moneda antigua en el polvo de un camino inmemorial, y he lanzado la moneda a las alturas. He seguido las señales y he leído los presagios en el vuelo de los pájaros, y he sabido así que se acercaba la hora de luchar cuerpo a cuerpo. Fuego para el dragón, ira para los dioses, sinrazón para el enemigo. A gritos lo pedían los monstruos, y con estas armas he acudido al combate. Agua al agua, fuego al fuego. Una vez más las imágenes del horror, la podredumbre, la miseria y la destrucción. El precio de la paz siempre es muy alto. Se ha disparado al amor, se ha acribillado el entendimiento, se ha dinamitado el respeto, las bolas de cañón han acabado con las esperanzas de los corazones más benevolentes. Después de la batalla, solo el silencio, y la dureza del corazón.


La moneda ha salido a mi paso para revelarme que a veces es necesario levantarse y luchar, que el silencio es cómplice del mal , que nunca debemos subestimar al enemigo. Pues es el enemigo pequeño el que no guardará los códigos de honor que se exigen a todo hombre de bien durante la batalla necesaria. Ya sobrevino la hora de la verdad, de la confrontación, de los proyectiles envenenados. Velo mis armas: la espada de la fuerza, el escudo de la dignidad.

La paz se paga cara. A veces no es tiempo de poner la otra mejilla, de sembrar amor, de creer en el hombre. Cuando la moneda sale a tu encuentro, cuando las señales confluyen, es hora de ponerse en pie y erigirse en soldados defensores del reino personal. Hora de convertirse en combatientes armados con el poder de la dignidad y la convicción de la libertad. Es el momento de poner en marcha los carros de combate para frenar el ultraje, para mostrar nuestra presencia poderosa, para impedir que el falso brillo del amor de baratija se confunda con la compañia valiosa. Es necesario luchar por el respeto, hay que batallar para instaurar la paz propia. He hallado un tesoro para contaros que a veces es necesario pisar las rosas mentirosas, descubrir el olor a putrefacción, aniquilar las espinas de la sinrazón y el daño gratuito, aplastar la inconsciencia psicópata de los mercenarios.

Guardo la moneda, mi amuleto, mi guía, porque desprende magia, porque encierra el destino, porque atrapa la fuerza necesaria para preservar la paz y el amor verdaderos. En su reflejo brilla sin luz el amor barato de los corazones insustanciales. Tiro la moneda mágica, y siempre sale cara. Porque ahora sé que hay que luchar y no callar, llevar la cabeza bien alta y no dejar que te arrastren, distinguir el amor generoso del amor por uno mismo, el sentimiento puro del mero impulso.

La moneda desprende luz, en su cara y su cruz se cifran la fuerza y la paz. Desde mi mesilla irradia su poder, y mi corazón refulge con su magia azul. Una y mil veces volvería a levantarme, a luchar, a gritar, porque la moneda marca el fin de la era de los débiles y crueles. Un mundo nuevo es posible, un orden nuevo se asoma al universo. Y ahí, en el centro de mi misma, con el cetro del amor, la dignidad y la fuerza, me erijo en reina. Dragones de fuego eterno, dioses de ira incesante, sabed que generaciones anteriores de hombres como yo han vuelto en forma de moneda para recordarnos que somos valientes, que ostentamos el poder, que vale la pena luchar por las verdades aladas.

miércoles, 28 de marzo de 2012

La voz de la primavera

Hay días en que amanece a la hora establecida, pero no sale el sol. Sobre todo cuando las persianas siguen bajadas como párpados apretados a la una del mediodía. Ahora los árboles aún raquíticos se bambolean en el viento chinchón, y unos pocos coches manchan el asfalto con prisas obscenas. Un pajarraco ulula, pero no sé qué quiere decir. Ya se ha callado: quizá porque nadie comprende su lengua.

En medio del polvo y el desorden de cinco meses, a pesar de las flores que la primavera ha abortado, encuentro aquí también mi rincón. El mundo redondo está lleno de recovecos y refugios donde podemos recluirnos, protegernos del viento y el ruido, del fracaso de la primavera famélica. Me gusta montar mi caseta como cuando era pequeña: a veces un árbol, a veces cuatro ramas, en ocasiones hasta una casa de ladrillos sin cemento con un tejado de sacos. Ahora mi refugio es la ventana, el pájaro ululando al que debo prestar atención, este bloc en el que apunto mis cosas como en un diario secreto (aunque me gusta daros las llaves del candado a vosotros, tres o cuatro para los que siempre escribo). Voy ligera de equipaje: es la única manera de caber en los rincones. Esta mañana traigo también una canción con la que me he levantado en la cabeza: "...pero a tu lado". Y el recuerdo de un sueño: una casa enorme y muy vieja, yo con una escoba incapaz de poner un poco de orden, yo ansiosa perdida en mis intentos por que mi hermanito no se soltara de la mano y cayera en algún peligro en la casona inquietante.

Eso es todo lo que traigo esta mañana, y aquí lo expongo como en un rastrillo. Mira, un pájaro grande planea sobre el monte pelado por el fuego. Sin esfuerzo alguno marca un suave camino de eses. Ahora sube aún más alto, y desaparece.

¿Hay algo más en esta mañana? Hay gente, mucha gente. No está aquí, pero yo sé qué hacen, dónde están, a qué dedican la mañana. Pienso en ellos mientras el pájaro vuelve a ulular y me pone la cabeza loca. ¿Qué quieres decirme? No me distraigas, que quiero pensar en la gente a la que la mañana ha colocado ordenada y cuidadosamente en su sitio. Cada persona en su lugar, dedicada a su tarea, sus pensamientos encauzados como los coches chirriantes en la carretera. No he ido a veros: hoy todavía yo sigo fuera del mundo.

Pájaro chillón, ahora sin embargo estás callado. ¿Lo que quieres es que siga tu canto sin armonía y me aleje aún más del mundo? ¿Pretendes que me olvide de regresar? Partículas blancas, nubes quizá escapadas de un almendro, vuelan como confeti de boda al otro lado de la ventana. Así quisiera sentirme yo, como un copo que baila en el aire, que corre alocado, que vuela impelido por una fuerza natural, por un impulso superior a su propia voluntad. La primavera sopla, y el copo abandona el árbol, para no volver.

¿Es eso lo que te empeñas en transmitirme, pájaro irritante? ¿Que no hay vuelta atrás? Abandonarse, volar sin rama ni asidero, alejarse del árbol en la fuerza del viento sin posibilidad de mirar al pasado. No vuelvas tus ojos al invierno, o te convertirás en piedra. Quizás ese es el sentido de la primavera. Sigues tu lamento, y yo te escucho atentamente. Insistes, pero sabes que al final se hará el silencio. Escucho y comprendo, aunque has de acabar por asumir que yo ya no puedo tornarme copo, que a mí no deben abducirme tus cantos, que tus avisos ominosos no desarrancarán mis raíces del suelo terroso. Puede que al final acabe por lanzarme al aire, pero volaré contracorriente, camino de las cumbres invernales.

Pájaro bonito, pájaro preocupado que no cejas en tus avisos, ¿acaso no es esa la interpretación de tu mensaje, no tiene tu voz la primavera tambaleante? Ahora callas, y luego hablas a intervalos cortos. ¿Eso es lo quieres?, pareces preguntar anhelante. Y puede que sea ahora cuando comienzo a comprender. Ahora leo en tu canto alegre, alto y repetido como gritos de júbilo, que nada de lo que dices es verdad, y nada es mentira. Tu silencio repentino me lo confirma. Estoy cansada del orden, de la razón, de las hipócritas buenas intenciones. De las recetas para un vida perfecta, de los ejemplos imposibles, de los libros de autoayuda, de las perlas sobre lo psicológicamente correcto que acaban por engarzarse en un collar que convierte mi corazón en el de una señorona.

Pajarito lindo de voz penetrante, he oído tu canto, y lo he transcrito. Por eso ya ha sobrevenido el silencio. La primavera hoy quería que escribiera esto. Que vendrán las flores, y yo pasearé entre ellas por el campo. Que oiré a mi corazón, y se desbordará el sentimiento. Que conoceré el éxtasis, y después volveré a acurrarme en un sillón con cojines y pasaré la tarde al brasero entre las faldillas. Pero no caeré, esta vez comprenderé el cambio de estaciones; no volverá el daño ni el espejo que se rompe traerá siete años de maleficio. Hoy la primavera canta con voz chillona, y me advierte de que ha de volver el sentimiento, que los muros de contención están a punto de ser anegados, que puedo ser feliz dejándome arrastrar como un pétalo en la brisa. Sin pensar, sin cuidados, sin tomar precauciones. Por eso hoy digo que volaré con todos, pero tú seguirás conmigo como un globo de niño. Escribiré para ti, desconocido y cambiante como eres, engañoso y a veces dañino, porque yo he de seguir siendo yo, porque tú eres parte indisoluble de mí, porque yo siempre seré tú. Porque tus ojos pardos, allí al fondo aunque cegada por el sol, siguen irradiando la misma luz de suave luna llena, pura y redonda, que inundó el cielo una noche de enero.

Aún sin flores, sin agua, con viento fresco, en el valle se ha presentado la primavera ingenua. Y ya me impele, me arrastra, me levanta del suelo y me transporta como un copo de almendro, despreocupado, feliz y juguetón, hacia un destino incierto. No es tiempo de pensar ni de faldillas enfermeras: es hora de volar, sentir, confundirse, y llenar el corazón de excitación y aventura, de impulsos y desventuras. Aventuras fallidas acaban siendo todas las de la emoción. Pero ha llegado la primavera, y nos llama desde la ventana, no puedo sino escucharla. No es sensato resistirse a su llamada. La sabiduría no se encuentra en vuestras perlas de psicólogos de libro, sino al otro lado del cristal, en el aire cierto. La verdad está en la locura, en la equivocación buscada, en el deseo y en la libertad del alma. No es época de buenos consejos ni de preocupaciones profilácticas. Hay que vivir, soñar, luchar, caer para luego levantarse. El viento primaveral nos ayudará a mantenernos a salvo sobre la emoción, nos llevará hasta el borde mismo del abismo de nuestra imaginación.

Querido pájaro, ave líndisima, ahora te entiendo y disfruto del silencio: he de volar con el atrevimiento de la emoción liberada, como se lanzan trémulos los pétalos de almendro al aire.  Así después podré posarme un día en el reposo soleado y amarillo de los campos infinitos de verano. Solo el sol eterno y calmo del estío calentará los granos de trigo cuyo dulce y tierno pan nos alimentará durante el invierno helado. Volamos hacia delante para acabar volviendo al mismo punto, en un eterno etorno, en un círculo sin fin alrededor de nosotros mismos y de nuestros más queridos amores.



He muerto y he resucitado.
Con mis cenizas un árbol he plantado,
su fruto ha dado y desde hoy algo ha empezado.
He roto todos mis poemas, 
los de tristezas y de penas, 
lo he pensado y hoy sin dudar vuelvo a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.
Ya no persigo sueños rotos,
los he cosido con el hilo de tus ojos,
y te he cantado al son de acordes aún no inventados.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida, 
en otro mundo, pero a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado, 
que hoy he soñado en otra vida, 
en otro mundo, pero a tu lado.

lunes, 26 de marzo de 2012

Desayuno con diamantes

Hoy he desayunado sola. Aún así me he preparado un buen desayuno, que ya se sabe que es la comida más importante del día. Yo desde luego no me lo salto nunca. Incluso en mis buenos tiempos, cuando me levantaba después de la comida, siempre era hora de desayunar.  Por eso en Estados Unidos no acabé de acostumbrarme al brunch de los fines de semana: demasiado salado. ¡Hay que empezar el día con algo dulce, y en compañía!

Siempre he pensado que desayunar sola es bastante triste. Por eso a la gente le gusta tanto tomarse cafés a media mañana: para poder compartirlos con los demás. Cuando estaba en Southampton y no había nadie en mi piso, me agarraba los enseres necesarios y me plantaba a desayunar en el piso vecino. Y a esa rara gente que no desayuna, le hago igualmente sentarse a mi lado. Lo importante es compartir el momento. Pero vamos, mucho mejor ante un buen desayuno. En realidad, podría desayunar a cualquier hora del día. Al fin y al cabo, el café con pastas de por la tarde no es más que la versión vespertina del desayuno mañanero. Cuando no hay tiempo por la mañana, qué mejor que compartir la merienda, y estoy pensando ahora en las largas tardes con Cristina en nuestro salón-pasillo con las tazas de la abuela...

El desayuno es todo un rito. ¿Qué es eso de beberse corriendo un café y agarrarse unas galletas para el camino? Acabo de formular la teoría de que la persona que sabe dedicarse sus siete minutillos a sentarse y disfrutar del desayuno, no solo está cuidando su cuerpo, sino también su alma. Sin prisas, con cariño, dedicándose un tiempo para ella, tratando de empezar el día con la mejor disposición posible.

Ya dicen que reconocerás al amor de tu vida porque será aquel con el que no te importaría desayunar cada día del resto de tu vida. El que aún tendrá algo que decirte, una sonrisa que arrancarte, cariño para envolverte cuando sigáis desayunando juntos mil años después.

Yo hoy no he podido desayunar con quien he compartido desayuno estos últimos meses. ¡Un buen desayuno en compañía es la mejor razón para salir de la noche, aunque el día parezca oscuro! Le pondrán para desayunar mañana un poco de agua-chirri de cualquier manera, y cuatro galletas insípidas envueltas en un celofán de plástico. Pero lo cuidarán bien, y volverá dispuesto a tomarse su café en vaso y su mermelada light. 

Mientras yo me iré con el desayuno a otra parte, porque ya es hora, porque me han cuidado bien, porque la leche tristemente sin café de cada mañana me ha traído la seguridad y la calma que siempre ofrecen los rituales repetidos del amor. Y no han faltado bollos, madalenas y rosquillas en esta casa cada mañana, gracias a la gente amiga que sabe cómo se digiere el cariño.

Me gusta pensar que soy las camas en que he dormido, y los desayunos son igualmente hitos que marcan las etapas de mi vida. Toca sustituir la bandeja azul de ikea y la taza de la infancia por nuevos desayunos y nuevas compañías. Y lo hago contenta, porque esta ha sido una etapa más degustada (a pesar de lo repulsiva que pueda parecer) completa y entregadamente, otra experiencia vivida y asimilada de la que saldré renovada y distinta. Madalena a madalena, taza a taza, en cada lugar y con cada persona, sigo adelante; en contínuo cambio pero siempre yo, enlazando desayunos, tratando de comenzar el día con un poquito de paz, de respeto por mí misma, y en buena compañía.

Esta etapa que tantas cosas inesperadas ha traído, también me ha invitado a desayunar con mi padre. Bastaría eso para que estos meses cobraran sentido. No se trata solo de la madalena o la bandeja azul: he comido palabras como coherencia y búsqueda, resistencia y cambio, preocupación y calma, sensibilidad y fuerza. Y muy pronto comenzarán a notarse los resultados de tan buena alimentación y de la mejor compañía.

Este ha sido el último desayuno:

domingo, 25 de marzo de 2012

"Something inside so strong"

Para ver la imagen en tamaño completo, pinchar en la esquina superior derecha.
Un poco de color al día como la pizquita de sal a la comida. Que nos quieren pintar la vida de gris, y la mirada ávida se cansa de ver la realidad en blanco y negro como a través de un televisor viejo. Hoy toca la vida en technicolor, en 3-D y en vivo y en directo.

Con fuerza, mucha fuerza, para pintar de colores las piedras insípidas, para atreverse a abrir el corazón y caer cuando sea necesario. Fuerza para volver a levantarse siempre, para ponerse lentes de colores y reírse de los que son tan tristes que destiñen un gris que nos salpica y mancha.

Alegría para deslizarse por el arco iris y dejar atrás las nubes de los que nos llueven tanto mal encima, y aducen hacerlo en nuestro propio beneficio. Fuerza, alegría y color para levantar el día, para jugar con el sol al balón y bajar por el tobogán del arco iris a toda sonrisa, para sentir el aire fresco en la cara y caminar con energía, decisión y coraje, sabiendo que hemos elegido el camino de la libertad y nos hemos puesto la dignidad por corona.

Fuerza, mucha fuerza para bailar y disfrutar, para amar y reír, para trabajar y luchar, para creer y para saltar. Colores para todos, sonrisas mil, amor y perdón. Porque soy fuerte, muy fuerte, porque salgo de mí como un géiser, porque me gustaría que un poco de color y verdad tiñeran tu corazón obtuso aunque dulce como una de tus piruletas.

Ahora voy de cabeza por el tobogán, muerta de alegría, para encontrarme con los seres de luz, júbilo y abrazos, que contagian fuerza como risa. Mi fuerza, que sigue surgiendo de lo más genuino y hondo pese a todo, en cascada violenta, como siempre fue. Fuerza que se alimenta de la primavera temprana de tanta gente coherente, sencilla y valiente.

Fuerza para creer en la magia, para volar, para equivocarme, para seguir creyendo, para andar sin parar de dar saltos. Fuerza que tú no pudiste ni podrás arrancarme, llegaste a quitarme la piel pero no mordiste mi corazón de manzana roja.  Fuerza para que a ti y a otros os pinten un día mis pinceles de colores vivos. Muy vivos, y coleando.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Poema-flor

21 de marzo. Comienza la primavera. De toda la vida, aunque ahora nos informen del segundo exacto en que tal hecho acontece. Parece ser que la nueva estación entró ayer sobre las seis de la tarde, pero yo no llegué a notar nada. Quizá pasó sin llamar, o puede que aún esté escondida, demasiado tímida todavía para hacer notar su presencia. Seguro que muy pronto empieza a carraspear para llamar la atención.

Yo tengo mi primavera particular, que no es nada más que la vuelta a los juegos de la infancia, las tardes infinitas, la libertad para seguir el instinto. Los mayores, pobres, no logran hacer un hueco en sus agendas para atender lo que su corazón les reclama. Un poco de diversión, de despreocupación, de creatividad y abandono. Yo juego con las palabras y hago poemas-flor.

Un día en el que me sentía un tanto inquieta me sugirió un amigo ponerme a escribir algo. Bah, dije yo, no tengo la cabeza para tanto esfuerzo. Pero es que para escribir no se necesita hacer ningún esfuerzo: simplemente hay que jugar, dejarse llevar por la mente cuentista, no pensar en el tiempo. Así que cogí el primer boli que encontré y un papel viejo, y me puse a escribir sin intención alguna. Y no sé por qué, resulta que me puse a hablar de margaritas. Será porque la margarita encierra en sus hojas el amor y sus dudas.

Dudas, dudas, dudas. Los niños no se plantean la realidad. Se limitan a moverse por ella como en un parque de atracciones. No se cuestionan su existencia ni intentan cambiarla. Así que seguí jugando, y con los papeles de la cesta de retales coloqué cuidadosamente el poema en pétalos. Creo que desde parvulitos no jugaba con papel pinocho.

Cuando era pequeña tenía un rechazo visceral a todo lo que oliera a manualidades. Porque implicaba una valoración, un ajustarse a lo que esperaban de nosotros. Y yo no era buena tratando de imitar lo que yo interpretaba que esperaba el profesor. Ahora no imito, y por fin mis dibujos parecen los de una niña de seis años. Creatividad y libertad no son términos que yo asocie con mis años escolares. (Excepto en los recreos, de la mañana y del mediodía, donde jugaba como una loca, incapaz de parar mis piernas rápidas y mis ansias de viento en el rostro.)

Pero si releo el poema no me siento más una niña, sino una adolescente, nostálgica de algo que no ha vivido, confusa, posada en el suelo como un pájaro que no sabe mover las alas, expulsado del árbol por algún insensato que sacudió fuerte las ramas. Los adolescentes, la amistad y el amor. Qué despliegue de sentimientos, qué fácil sentir el todo, ahogarse en la nada, suspirar, extrañar, desear, y entregarse por completo. En la adolescencia no existe la red protectora, nos limitamos a caminar por la cuerda floja, sin mirar atrás, sin miedo a caernos; solo hay miedo de nosotros mismos y de nuestros deseos inconcretos, hinchados, dolorosos.

Ahora soy una mujer que ha visto muchas primaveras , que es niña y adolescente al tiempo, que entra en la primavera como quien pone el pie en el agua fría del mar, que se dispone a bañar en los almendros en flor como si fuera la primera vez. Una niña, una adolescente, una mujer que tiene en su mano, sin deshojar, la primera margarita del año.

Para que la primavera venga solo necesitamos purpurina. Mucha purpurina.


A veces todo es tan confuso como una margarita que pasa del sí al no en cada pétalo.
Todos dicen saber qué es el amor...
Psicólogos, gurús y poetas explican cómo amar sana, sabia, locamente.
Yo solo sé que amar es un verbo que no puede conjugarse en pasado.
¿Amo o  no amo? ¿Un sí o un no? Amo el aire, las cosas bellas, los buenos sentimientos. Amo cuando amo en una margarita el mundo.
Amo como una nube: a veces blanca y de algodón; otras palpitante en el cielo limpio;  a veces llora y llueve; a veces cubre de niebla el monte.
¿Amo o no amo? ¿A quién amo? A veces a todo, a veces a nadie.
¿Me amo? Me gusta respirar el sol. ¿Os quiero? Siempre que puedo: amaros es amarme.
Y a ti, ¿te amo? Por siempre, ya lo sabes.
¿Un sí, o un no? Ahora, nube clara, tengo que salir a pasear por el sendero del sol.

(la margarita tiene 10 pétalos; me quedo con el corazón de sol)

Fotografías: Lc