domingo, 12 de marzo de 2017

Niños en la playa


Children At The Beach - Bernardus Johannes Blommers



Niños en la playa, Jozef Israels

El niño mayor, con la cara inundada de responsabilidad, se ha remangado los pantalones para caminar entre el agua fría. Vienen del barco, los tres hermanos. Allá quedaron los adultos. A sus faenas, a sus obligaciones. No hay en alta mar sitio para los niños. Ahora estamos solos.

Tú, hermano mayor, responsable y serio, llevas al pequeño a cuestas. Al hermano predilecto, noble y cariñoso, el que media en las peleas infantiles. Tan mayor y tan pequeño. El maestro de todos.

Detrás camina la hermana mediana, la que te sigue. No sabe su lugar en el mundo, calla y no llega a entender, y después olvida y juega. Juega a que es princesa, a que lleva vestido largo y rosa. Con su hato de libros a la espalda tras un día de escuela, ilusa y desamparada, arrastra los pies en el agua mientras solo desea salir, escapar, conocer gente. Gente importante que la haga a ella importante.

Y tú delante, niño mayor, que todo lo sientes y lo acarreas dentro, y quizá no haya parte de ese fardo que puedas ordenar en palabras, porque eres solo un niño. Un niño solo. Entonces callas, y con tu mirada seria caminas delante, te remangas los pantalones y llevas a cuestas a tu hermano. Lo quieres, sientes a esta criatura, y sientes al tiempo que todo el peso de la oceánica soledad del niño, de tu soledad y de la que percibes en el mundo, es menos.

Porque estáis juntos, porque cargas con tu hermano y sientes su calor, porque sabes de tu hermana, de su indefensión, del lastre ahora ligero de su mochila y de sus sueños de raso rosa.

Camináis en el agua, los pies fríos, y que al tiempo el agua anima. Hueles el mar húmedo, el aire pesado. Y adviertes, tú niño solo, que estás vivo, que tienes frío y que hay lugar para el calor, y que ya estáis más juntos, y que eso es todo lo que requiere un infante.

Y quizá un día estéis separados de verdad, cada uno en su barco como los adultos, y mires al mar y veas a lo lejos los niños en la orilla, y te preguntes qué ha sido de ellos.

Ahora tú sigues caminando, caminando delante, buscando el cuidado en el silencio, la inocencia en las respiraciones próximas, el abrigo en los pies que avanzan juntos hacia la orilla, y que juntos ya entran en calor.

Y te preguntas qué recordarán ellos, los hermanos, si les ayudaste o no, si sintieron tu cuidado y afecto, tus deseos de armonía y trabazón. Y quizá ya da lo mismo, lo que digan, lo que recuerden, porque tú sabes de las brasas, de los pies fríos que caminan y en los otros echan a arder.

sábado, 26 de noviembre de 2016

25 de noviembre


25 DE NOVIEMBRE

No hay olvido para quien quiso
para siempre.
Pasan los años y se amontonan
las cenizas.
El fulgor del oro vuelto
latón
te persigue
impávido.
No es posible volver atrás,
desandar
lo andado.
Quedan la vergüenza, el odio
a veces,
la amargura
que no lava el agua.

La luz
y la rabia se tocan en las mañanas
en las que la niebla
no levanta.
Entonces sangra la carne
con el metal
del estropajo.
Odias
por las palabras
que no fueron.
Te culpas
por las que vinieron.
No perdonas
ni te perdonas.
Pero vives. Y eres.
Sabes
que llegaste AQUÍ
por fuerte.
Y por valiente.
Sentiste el sol.
(Y a veces aún quema la mentira de sus rayos.)
Quisiste
para siempre.
Y ya no quieres.
Fue nada el otro, y esa nada
te horada.
Y te vacía.
Un cuerpo exangüe,
del que cuelgan los despojos
de la lepra.
Te pusiste EN PIE. Caminas.
No entiendes
cómo aquello que fue nada
-él menos que nada-
te carcome
y deshabita.

Te negaré una vez
tras otra.
Las mismas
que a mí me condenaste.
Y sí, seguiré adelante.
Cada vez más y más
lejos
aquello
que quise y nunca fui.
AHORA
plena
y
feliz.
Yo
en mí.

lunes, 10 de octubre de 2016

Autorretrato

Autorretrato
Voy a cumplir cuarenta años.
Mis padres viven. Me hablo con mis cuatro hermanos.
No tengo hijos. Me gusta contar cuentos a mis sobrinos.
Me casé hace un par de veranos. Mi marido cocina y cuelga cuadros.
Estudié unas oposiciones. Quería cambiar el mundo.
Después el mundo me cambió a mí. Dejé el trabajo.
Tuve un novio. Tardé quince años en darme cuenta de que no me convenía.
Pasé varios meses metida en casa, llorando y tomando pastillas.
A los treinta y cinco años me hice mayor. Ahora convivo con canas y desengaños.
Hablo idiomas. He pasado temporadas en el extranjero.
Me gusta comer, dormir, estar tranquila.
Quisiera vivir en una casa grande en el campo.
No trabajo ni tengo ingresos. Estoy convencida de que esto no es un problema.
Montar en piragua o en bicicleta, nadar y correr me ponen contenta.
Me duele bastantante la espalda. Parece que tengo una hernia.
Voy a los toros. Escucho flamenco o fado.
Me molesta el humo del tabaco y la suciedad de las ciudades.
Seguramente, por historia familiar, me pille un cáncer de pulmón.
No me gustaría morir de pena.
De pequeña quería volar. Lleva toda una vida aceptar que solo vuelan los personajes de ficción. Es por eso que a veces vivo de mentira, para crear una realidad a mi medida.
Soy sensible. Me gusta cuando me califican de inteligente.
Me cuesta concebir la existencia del mal, aun siendo consciente de sus efectos.
Creo en Dios. Su existencia me resulta irrelevante.
Me dan asco los viejos en las residencias. Me dan pena los niños en las guarderías.
Si todo el mundo dice blanco, yo negro. Me indigno con frecuencia.
Defiendo con facilidad los derechos de los demás. A mí, en cambio, resulta fácil atropellarme.
Mi padre tiene alma de niño. Esa inocencia inmaculada es lo que más admiro.
En los espejos soy como un fantasma que no reconoce su reflejo.
Cumplo cuarenta en diciembre. Quizá basta ser para la felicidad.
Me llamo Lucía. Una vez limpiando la piscina lancé tantas veces mi nombre al agua y a la luz clara que dejé de saber si me pertenecía.

miércoles, 13 de julio de 2016

Raquel

Somos muchos los nos acostamos por la noche pensando en Víctor, en su familia, en Raquel. Y volvemos a pensar en ellos al levantarnos. Seguimos llorando, y no podemos siquiera imaginar vuestro dolor, aunque nos gustaría tanto poder aliviarlo de alguna manera. Hoy sois vosotros, la esposa y la madre, las que cuidáis del nuestro. Vuestra entereza y orgullo dan todavía más sentido a la ida de Víctor. El sufrimiento es inconmesurable, porque esconde tanta vida, tanta intensidad, tantos sueños. Esta muerte terrible es tan de verdad, y es tan de verdad el dolor, pero también las ganas que nos infunde de seguir viviendo, viviendo la vida y el toreo, que vienen a ser lo mismo. Mi admiración tremenda para vosotras, Raquel. Os tengo siempre en mi pensamiento. Pensar, acompañaros, compartir noticias y homenajes... nada puede ser suficiente, pero sentimos tanto la necesidad de hacerlo, de amparar nuestro dolor. Y luego volvemos a imaginar el vuestro, y no podemos, y se nos seca el alma. Estamos con vosotros, Raquel, contigo y con Víctor siempre. Orgullo y gloria.

sábado, 9 de julio de 2016

Víctor

Ha muerto Víctor Barrio. Ojalá estuviera ahora en mi casa y hubiera consuelo en las encinas, la luna y el mugir de los toros. Pero estoy aquí encerrada en la ciudad como un perro rabioso. Llorar y querer salir corriendo, a lo amplio, a la noche, a los demás. Víctor Barrio, torero, ha muerto. Para muchos hoy el mundo se resquebraja. Y al tiempo qué ganas de vivir, de abrirse, de elevarse, de hundirse, de llegar al fondo. La verdad absoluta, el juego de la muerte. Tan bello, tan tierno, tan serio Víctor Barrio. Sus ojos oscuros, fijos, redondos. En la profundidad del ruedo ha muerto. Lloramos tu muerte, Víctor; los hombres duros de Lorca no aguantan el frío de la piedra. Y, sin embargo, te cantamos, Víctor, Te cantamos. Cantamos tu sueño, tu alegría y tu fuerza. Ojalá sientas el clamor, las lágrimas, la admiración. Ojalá sientas cómo maldecimos las cinco de la tarde, adivines la furia de nuestro estupor, la pesadez que sobreviene después. Lo siento tanto, Víctor. Recuerdo tan hondo tu rostro, tu apostura, tu verticalidad. Pienso en ti y en todos los que son como tú. Me niego a dejar de pensar, no voy a olvidar. No vamos a olvidar, Víctor, que morís por todos nosotros. Que vivís y sentís por todos nosotros, que amáis y creáis para defender la vida, su verdad y belleza. Pienso en ti, Víctor. Cuánto lo siento. Hoy no puede haber consuelo. Mi corazón está con tu familia, con tus allegados, con tus amigos. Ojalá que hallen aliento en nuestras palabras, en nuestro llanto, en nuestros gestos, y que puedas descansar en paz. Iré a despedirte en tu vuelta al ruedo final. También yo busco sosiego.

viernes, 8 de julio de 2016

Cenicienta

Image may contain: drink and drawing
C.S.B.

OTRO FINAL PARA UN CUENTO: DIVERTIMENTO
Cuando el reloj dio las doce campanadas
Cenicienta se convirtió en piña colada.
“Ay, por dios, y qué es eso,
ni siquiera sé si lleva queso”.
Así que hizo una contorsión,
se miró la etiqueta pegada en el mentón:
“Piña sin nata”-leyó- “pero con colorantes,
conservantes y un poco de rata”.
“Lo que no engorda, mata”, recordó ella,
deseando ponerse oronda cual ballena.
Llegó el príncipe con el zapato,
a Cenicienta no le cabía por ningún lado.
“¡Albricias, me he salvado!”, exclamó la muchacha con agrado.
Después cogió la escoba, y salió volando.
“¿Adónde va esa gorda?”, se preguntaron las hermanas,
Y llamaron a la madre para que la dejara sin ensalada.
Pero de Cenicienta nunca más supieron.
Yo os digo que llegó a una playa. Una pajita,
un par de hielos: se bebió entera.
Se supo tan rica que allí sigue, llenándose el buche.
Con su escoba gastada espanta fantoches
y a veces sube a las estrellas en plena noche.
Monta en ella solo a quien conoce la medida exacta:
Tanta piña como rata, y pajita para dos.
El vaso, siempre de cristal.

miércoles, 6 de julio de 2016

Me acuerdo

Me acuerdo de pocas cosas
De algunas que preferiría olvidar
Y de otras que no sucedieron

Me acuerdo de cuando me tragué un pez naranja en la playa de la Concha
De cuando tú y yo fuimos felices
De cuando mi padre mataba los lobos que entraban por la ventana

Me acuerdo de lo que otros dijeron que yo era
Que no sabía cantar
Que yo no había dibujado aquella flor morada
Que yo era la más fea de las hermanas

Me acuerdo del colegio alegre de mi infancia
De jugar todas las tardes
De los partidos en el recreo
De cuidar el sueño de mis cuatro hermanos

Me acuerdo de tantas cosas de cuando era niña
Que no quiero seguir acordándome

Me acuerdo de que mi abuela me dijo cuando cumplí once años
Que a esa edad ella ya no quiso seguir creciendo

Me acuerdo de que yo quería volar
que me llamaran niño con mi pelo corto
correr en libertad
caerme de la bicicleta y que me salieran costras

Me acuerdo de que yo tampoco quise crecer
De que a las ocho en punto les daba un beso a mis padres
Quería que me echaran de menos cuando me fuera al internado

Me acuerdo de toser siempre en aquel edificio desvencijado
De la tristeza de los domingos por la noche
De las baldosas frías del suelo y el polvo de las escaleras
De las monjas agrias
De mi hermana reprochándome que ya era otra
Otra más triste y más callada

Me acuerdo de cuando saqué la nota más alta en selectividad
Y el asco que sentí cuando se acercó la madre superiora
Me acuerdo del último día de COU, cuando amaneció
Y yo bailaba descalza entre los cristales del bar

Me acuerdo de que entonces la vida se volvió una página en negro
Y yo me matriculé en derecho
Aquellos dos años comí muchas galletas
Y soñaba que me cortaban la cabeza

Me acuerdo de que entré en la primera clase de Filología
El profesor llevaba unos pantalones azul piscina
Atroces
Me acuerdo de saber que había encontrado mi sitio

Me acuerdo de la garganta apretada en clase de poesía
De vivir en el extranjero
De escribir mucho en aquella universidad americana

Me acuerdo de los viajes que nunca hice con el amor de vida
De los billetes perdidos
De que en Bournemouth mi compañera de piso fue la primera en decirme
Que estaba cancelando algo más importante

Me acuerdo de todos los años que pasaron en balde
De las doce lágrimas de cada nochevieja desde aquella primera

Me acuerdo de la negrura más absoluta, del abismo, del cuerpo desmembrado
Me acuerdo de un ángel acariciándome

Me acuerdo de las caras de muchos de mis alumnos
Del nombre de alguno menos
Me acuerdo de mi trabajo, de mi dedicación
De mi afán de salvarnos a todos

Me acuerdo del sofoco, de los barrotes
De la fe tan angosta que se escribe solo con dos letras
Me acuerdo de salir un día a las dos y media
Y de no volver a la mañana siguiente a las nueve

Me acuerdo de quién fui y voy recordando quién soy
Me acuerdo de que soy lo que queda cuando nada más existe
El polvo traslúcido en la claridad del sol
La luz que baila sobre el agua

Me acuerdo también de lo que está por venir
Los hijos que tendremos
Los lagos en los que nadaré
El mundo bello

sábado, 2 de julio de 2016

Bulls in Lucia Berlin

En B.F., uno de los cuentos de la nueva escritora de culto Lucia Berlin, la narradora describe a personas y situaciones imperfectas, reales, absolutamente genuinas y vitales. El hombre viejo que viene a arreglarle el baño, con su olor a sudor y alcohol, del que dice que inmediatamente le gustó. Toros y toreros son también parte de la escritura de Lucia Berlin, de su mundo vigoroso y auténtico donde torrentes de vida se encuentran en lugares y sentimientos de extrañeza y ardor en los recovecos de lo convencional y timorato:
"Bad smells can be nice. A faint odor of sunk in the woods. Horse manure at the races. One of the best parts about the tigers in zoos is the feral stench. At bullfights I always liked to sit high up, in order to sit it all, like at the opera, but if you sit next to the barrera you can smell the bull".
He recordado este pasaje al leer en El País una crítica de los pueblos y sus olores, sus tradiciones, su calor de verano, su sudor:
"Y no es que Coria sea un caso único; solo es un punto más en la sanguinolenta y densa geografía de fiestas con toros, cabras, vino barato, calor y moscas tabaneras" (Jesús Mota, 28 de junio de 2016).
Supongo que es más fácil escribir desde la comodidad del aire acondicionado y una oficina con moqueta que bajarse a la vida a oler, a sentir, y a entender.

sábado, 23 de abril de 2016

El pastor y el niño


Te observo un día más, encino, y hoy te revelas desvalido e imperfecto. Noto tu tronco retorcido, tus ramas dispares, tu copa demasiado cerca de la tierra. Alrededor, zarzas, ramas caídas, pedruscos y carrascos voraces invaden tu terreno. Un ejército de fealdad y desorden que aúna sus fuerzas para amenazar lo que de puro y alto batalla en ti. La primavera desorganizada se engancha entre los árboles como jirones de ropa vieja. Tus hojas son está tarde airada del verde intenso y doliente de las lluvias de los últimos días. Yo vengo aquí y, como siempre, no sé si hablo de ti o de mí.

Vengo cansada, cansada de luchar contra los brotes verdes que pugan por clavarse como garrapatas en mi alma. No ser, no sentir, no hacer, tampoco escribir. Limitarse a contemplar el terreno sucio y pedregoso, como si la naturaleza hubiera decidido utilizarlo de estercolero. Pararse en el paseo a observar a las ovejas con sus crías mamando, y percatarse del cordero cojo que sigue con paso presuroso al rebaño en su huida; contemplar los espinos de flor blanca que rasgan el paisaje de árboles estériles con la furia de un abrecartas cuando se espera un mensaje temido.

La luz tenue del sol se mueve como la llama de una vela en un baile de amor y desamor con el viento incierto. La tarde es un amante al que nos entregamos con fruición, aún a sabiendas de que acabará por traicionarnos. Va el pequeño bebé en su carro, dormitando. También es imperfecto su llanto, y el temor a que despierte. Y sin embargo no cabe más que amarlo, como amo al árbol, a las ovejas, al campo duro y a ratos hasta a lo mejor que yo tengo.

Las flores de los espinos arañan los troncos escuálidos de los árboles secos que se mantienen en pie a un lado del camino. Somos las flores del espino, hiriente y blanco.

Eso es todo, aunque este niño aún no lo haya aprendido. Vamos de vuelta a casa. Le ocultaré el secreto durante el tiempo exacto en que él sea fuente sagrada de magia e inocencia. Y quizá después despierte y acepte el secreto con la verdad del campo, y sepa amar mi encino y no conozca el sufrimiento de anhelar lo que no existe.

LLega el pastor a atender el rebaño. Le sigue su pequeño hijo con pasos cortos y presurosos como los del cordero lisiado. El niño renquea en el terreno encharcado. El joven padre lo toma en brazos. Se adentran los dos en la primavera del prado en busca de los corderos.

La tarde se ha detenido. Paseo y escribo. Ya no hay viento ni llanto. Así se crea lo que no existe.

miércoles, 13 de abril de 2016

13 de abril

Esta mañana nació Nicolás. En el paseo de la tarde no hemos llegado hasta el encino: un mastín apareció en medio del camino. Solo tendría nombre el niño cuando naciera. Su madre tuvo un sueño, y hoy lleva su hijo el nombre de nuestro tío querido. En clase sonó la primavera de Vivaldi; "pero hoy hace mal tiempo, teacher". Entonces les anuncié el nacimiento de mi sobrino.
Después supe que salió del útero de su madre con gran facilidad, de forma muy rápida, en la misma ambulancia que vino a recoger a la familia. Su hermano Lorenzo asistía al parto desde su silla del coche parado detrás de la ambulancia, en medio de la urbanización madrileña de donde no habían llegado a salir.
Hoy ha nacido Nicolás, y yo no he llegado hasta el encino. No en todas las clases sonó la primavera: tengo clases más difíciles y menos propensas a distracciones y confesiones. A unos alumnos les pedí de forma explícita que comenzaran a construir un mundo mejor para nuestros niños; en los otros, traté de creer y de aportarles confianza.
Bondad y esperanza, ese será el único legado que pueda transmitir a mis niños. Será una herencia labrada con determinación, porque a veces no es primavera aunque el calendario marque 13 de abril, porque hay tardes en que un mastín muerde con rabia el cobijo de mi encino sabio.
Nos enseñó mi tío la fidelidad a uno mismo, a transmitir cariño en un gesto contenido y digno, a vivir con la alegría de saberse en un mundo abierto y firme, a aderezar con gozo la compañía de los demás. Qué ganas de vivir tenía, y cómo murió sin quitarse los botos de su gran pasión.
Hoy un nuevo Nicolás llega al mundo desde las profundidades espirituales de los planetas y las estrellas, las mismas donde mi tío emprende su camino de vuelta. Eligen los niños unos padres, una familia, un lugar al que venir al mundo.
Nicolás tardaba en nacer, pero cuando lo hizo llegó con naturalidad y rapidez. Hoy es 13 de abril, y es primavera aunque a ratos no lo parezca, y suena la música alegre y fresca, y yo no llego hasta el encino porque orado un túnel negro que avanza hacia las profundidades de la tierra, pero hay una realidad suprema, espiritual y auténtica, de donde vienen los niños y adonde van los muertos. Allí tenemos todos nuestra estrella.
Mi encino muelle y suave siempre espera al final del camino: más allá del cielo encapotado, contemplo el baile del universo. Hoy es 13 de abril, y ha venido Nicolás al mundo. Puedo oír perfectamente el regocijo de todos los seres espirituales que nos acompañan, invisibles y etéreos, y escuchar su mensaje:
Nicolás, bienvenido. Te acompañaremos, te querremos, volveremos a hacer el mundo juntos. Con alegría divina cumpliremos el decreto de nuestra estrella. Traes oro para nuestras alas. Un día devolveremos al cosmos el polvo de los astros.

miércoles, 6 de abril de 2016

Primavera

Se posa en la encina seca la primavera ladrona 
Urraca oscura a la que ciega el armiño de mi sayo
La aguja del cuerpo continúa marcando las invierno y cuarto
Me aferro a mis trapos desvaídos
Recluidas al otro lado del alambre de espino
Gritan en el prado las margaritas de corazón amarillento
Agitan perturbadas sus camisas de fuerza
Entregan sus cadáveres recién nacidos
No quiero mostrar mis carnes ávidas y famélicas
En casa hay lumbre y toros en la tele
En algún lugar tienen que haber puesto el pan con membrillo
Que siempre me guardaba mi abuela para merendar

martes, 5 de abril de 2016

Dice Esaú Fernandez, tras una tarde de decepción, que es un parásito para la sociedad. Y yo digo que ojalá aprendiéramos todos de su entrega, dedicación y esfuerzo. Lo que ofreces a la sociedad con tu ejemplo es muchísimo y absolutamente necesario.
¿Para qué, dices? Los éxitos rotundos y las alegrías acabaran llegando. Pero hoy tienes el éxito de cumplir con tu vocación, de regalarnos lo mejor de ti, y de servir de luz para todos los que buscamos nuestro camino. Lo único que no vale en esta vida es arrodillarse como el buey, y eso nos lo enseñan los toros a todos los que sabemos de ellos.
Gracias, Esaú, torero, hoy y siempre, por darnos la lección de cómo enfrentarse a la vida. Solo cabe la verdad, la entrega, la pasión. Vivir como el buey no es vivir. Gracias por ser el faro en esta sociedad de éxitos falsos, de indulgencia, de vida a medio gas.
Llevas la estrella del arte, del compromiso, de la entrega y de la pasión, y eso es lo que ilumina a la sociedad y la redime de tanto parásito real. También yo acabaré encontrando mi plaza, mi puerta grande, mi arena querida. Y os lo deberé a todos vosotros que me alumbráis y precedéis en el camino.
Somos taurinos, sabemos cómo NO se puede vivir.

viernes, 1 de abril de 2016

Había nevado por la mañana; la tarde se quedó verde primaveral. En la dehesa, la luz cálida de la tarde se desparramaba sobre campanillas y margaritas, que se mecían con la elegancia discreta de las mujeres que no se pintan los labios. La sencillez de la tarde contaba la historia de lo fácil que es doblegar la tierra y vencer al invierno. Quizá nunca he estado lo suficientemente atenta para encontrar los indicios de la primera flor antes de que el calor forajido me quite las medias. Me gustaría saber si alguien, alguna vez, ha logrado despertar antes que la primavera.
Las encinas con cuerpos de gigante y el pasto con risa de niño eran el tapiz sobre el que trazar desde la furgoneta un reguero de paja y pienso para dar de comer a las vacas madre. Un banco de becerros nadaba alegre y retozón como innúmeros peces recién nacidos a la grandiosidad aún ignorada del mar. Trabajábamos con los gestos seguros de las tareas que se repiten cada día, con la entrega ardorosa a los quehaceres que devienen en rituales. Dibujábamos un camino por el que la tarde y la vida no podían perderse.
Volvíamos ya a casa, evitando el camino del río desbordado por la nieve de la mañana que la primavera había abortado. Falta una vaca, había comentado la sabiduría natural de mi hermano. Estaba allí, al otro lado del prado, apartada y sola. ¡Va a parir!, exclamé yo alborozada. Nos acercamos con la furgoneta. El churro está muerto, comentan enseguida, con la ciencia de los que saben de las flores antes de que la primavera nos hable de ellas. Parió la vaca de mañana, entre la cortina de nieve y frío que cubrió para siempre el sol. Me tapo los ojos y sollozo.
Como salteadores de casas, recogemos el peso negro del becerro muerto. La parte trasera de la furgoneta se inunda de nieve y sangre. Allí quedó sola la vaca, dando vueltas en torno a la cuna robada, bajo la luz implacable de la primavera.

jueves, 31 de marzo de 2016

Ceporra, cabezona y empecinada. Si voy con el coche y me confundo, jamás me doy la vuelta. Aunque acabe por tardar tres horas en llegar de El Tiemblo a Ávila. ¿Que hay una pared en medio? Yo p'alante. Hasta que la tire abajo. Estaría todo muy bien si no fuera porque hay paredes que no hay ni dios que las mueva. En ese caso hasta que no vienen a recogerme en ambulancia, yo allí erre que erre. Madre del amor hermoso, en nombre de qué grandes cosas me da por obecarme. Parece que no he aprendido nada. Pero quizá sí: al menos percibo un olor a chamusquina en el ambiente... Hay lecciones que una no puede permitirse que se las enseñen dos veces. ¿Se puede saber dónde está el paso de peatones para cruzar a la acera de enfrente? ¿O hay que tirarse a pelo?

domingo, 27 de marzo de 2016

La afirmación de que cada gota de agua que llevamos en el pico contribuye al bien del mundo puede conducir a cierto desánimo y escepticismo. Quizá se entiende mejor desde el punto de vista que ofrece Hannah Arendt y su teoría de la banalización del mal: los grandes males no los causan los malvados y poderosos, sino las personas pequeñas y corrientes que asumen y acatan el orden establecido puesto que no es posible cambiarlo ni luchar contra él. Rebelarse, en muchos casos, traería invariablente muerte y sufrimiento.
En la película sobre Hannah Arendt (judía que pasó tiempo en un campo de detención nazi, filósofa destacada en sus estudios sobre el totalitarismo, profesora de universidad en Estados Unidos) se muestra cómo desarrolla su teoría sobre la banalización del mal a partir del juicio en Israel al nazi Adolf Eichmann. Escribe Hannah en el New Yorker que Eichmann es un hombre absolutamente anodino y mediocre, incapaz de estar a la altura del extremismo del mal que provocó.
Este hombre no tenía en absoluto ninguna conciencia de haber asesinado a nadie; se limitaba a cumplir su trabajo: organizar en un determinado tramo el paso de los trenes. Y realizó su trabajo con absoluta dedicación y entrega, de lo que se siente orgulloso, pues para él el valor más importante es respetar la ley y trabajar con profesionalidad.
Eichmann está convencido de que cumplió con su deber. Hannah Arendt explica esta situación porque suspendemos la capacidad de pensamiento y se la traspasamos a otro que decide por nosotros. Aunque quizá ese otro u otros a su vez en realidad no pueden decidir nada, y al final nadie parece ser responsable del horror creado entre todos.
Hannah se atreve a dar un paso más allá y plantea que en cierto modo la actuación de los líderes judíos puede estudiarse desde los mismos parámetros, pues se limitaron a acatar lo que no podía cambiarse. Por estas afirmaciones la escritora es acusada de arrogante e insensible, y sufrió el rechazo masivo y visceral de judíos y no judíos.
La misma Hannah, a pesar del rechazo, hizo lo único que estaba en ella hacer: pensar y abrir a los demás caminos del pensamiento. No juzga la actuación de los líderes judíos, y sin duda considera que Eichmann merece la condena de morir colgado. Solamente constata que el mal pervive por la colaboración de las personas anónimas. Como antídoto, propone el pensar, como fuente de fuerza especialmente en aquellos momentos en que todo parece perdido.
Dice la pensadora, y es mi conclusión, que el mal puede ser extremo, pero nunca radical: radical y consciente solo puede ser el bien.
Es difícil pensar cuando las estructuras del mal nos constriñen el cerebro como un casco con tuercas de tortura. Por eso el bien es la revolución, dura, difícil y solitaria. Por eso el mal lo tiene tan fácil, y nosotros somos y nos sentimos tan limitados.
Se equivocaba el águila al mofarse del colibrí con su gota de agua en el pequeño pico para apagar el fuego; no supo ver la conciencia y radicalidad que llevaba el pájaro consigo. Es así como la gota se convierte en necesaria y revolucionaria y como acabará por llamar a otros y apagar el fuego.