miércoles, 12 de junio de 2013

viernes, 7 de junio de 2013

Tentadero benéfico

¡Hola! Quería hablaros del tentadero benéfico que se celebará en El Tiemblo el próximo sábado 22 de junio a favor de Lydia. Por azares del destino, estoy este año trabajando en El Tiemblo, y he podido vivir de primera mano la ilusión y la generosidad con la que todo el pueblo se está volcando para colaborar con el tratamiento de la niña. ¡Da gusto ver a la gente tan unida contribuyendo con diferentes iniciativas a una causa tan necesaria! Y además toda esa oleada de ilusión y solidaridad… ¡es muy contagiosa!

Me enteré casualmente de que se necesitaban vacas para un tentadero benéfico, y como resulta que mi familia es ganadera, pensé que todo sucede por una razón y que no podíamos dejar pasar esta oportunidad que el destino nos pone en bandeja para unirnos a la ola de solidaridad y entusiasmo del pueblo. Así que es para nosotros una alegría poder aportar nuestro granito de arena entre tanta iniciativa imaginativa y voluntariosa.

Lo que me gustaría explicaros, y por eso escribo, es en qué consiste un tentadero. Sé que El Tiemblo es una tierra de muy buenos aficionados, que sin duda conocen y valoran lo que se hace en esta actividad taurina. Pero me gustaría contar un poquito para aquellos que pueden tener curiosidad o interés en esta iniciativa pero que conocen un poco menos los detalles.

Un tentadero es una de las actividades más importantes que se realizan en una ganadería. Es una tienta o prueba donde se elige a las vacas que serán las madres de los futuros toros de la ganadería. Puede decirse que es el laboratorio de pruebas del ganadero, pues es en este momento cuando se seleccionan las características que al ganadero le gustaría que pasaran a la futura camada de toros a través de sus madres.

Las vacas pasan un duro examen u oposición, donde tienen que mostrar, en primer lugar, su bravura en el caballo. El toro bravo es un animal en cuya naturaleza está el acometer y el embestir, por lo que las becerras han de demostrar que acuden al caballo con fijeza, prontitud y entrega. Los toreros colocan a la vaca, con ayuda de sus capotes, a cierta distancia del caballo para comprobar cómo el animal responde a la llamada del picador. Durante esta parte normalmente es muy importante guardar silencio: la vaca se juega mucho, y nada debe distraerla.

En la segunda parte, el torero toma la muleta y torea a la becerra. A diferencia de una corrida de toros, lo más importante no es el lucimiento del torero, sino torear de forma que la vaca pueda mostrar sus cualidades. La candidata ideal a futura madre debe seguir la muleta con nobleza y bravura, con clase y ritmo, con voluntad alegre e incansable. En definitiva, debe demostrar que hace honor al espíritu de lucha y superación que caracteriza al toro de lidia.

Durante todo el proceso, el ganadero toma fielmente notas que le permiten evaluar los resultados de su trabajo y tomar decisiones. Junto con la selección del semental o padre, el acierto en la elección de las vacas madres determinará el futuro de la ganadería. Como podéis ver, se trata de una faena campera de importancia fundamental.

Normalmente las tientas se desarrollan de forma ritual en la intimidad del campo, donde solo unos pocos tienen acceso a los entresijos de las labores ganaderas. La iniciativa de Pedro Cabrero de organizar un tentadero público en el que poder asistir a una de las labores básicas y normalmente desconocidas de una ganadería es una excelente idea para que todos los aficionados y curiosos podamos contribuir a la lucha de Lydia contra el cáncer infantil.

Seguro que pasamos una estupenda tarde observando el comportamiento de nuestras vacas junto a las de Adelaida Rodriguez, así como disfrutando del quehacer de los diferentes toreros que se han ofrecido a torearlas. Gracias a Macareno (profesor de la escuela taurina de Navas del  Marqués), a los hermanos  Javier  y Damián Castaño, a Alexis Sandín y a Pedro Cabrero.

Espero haber podido aclarar un poquito en qué consistirá el tentadero benéfico a aquellos que decían no entenderlo del todo. Creo que desde el conocimiento y el respeto es mucho más sencillo valorar la importancia que tiene esta iniciativa, que se une a todas las demás que se realizan para contribuir al tratamiento de Lydia. Animo desde aquí a que no falten a la cita el sábado 22 todos los aficionados e interesados, y que sigamos viendo a un pueblo unido en la ilusión y la generosidad por una causa tan justa como la de Lydia.


miércoles, 5 de junio de 2013

El sentido de la mecedora azul

Me ha vuelto a dar el dolor de espalda. Sin hacer ningún movimiento raro ni esfuerzo alguno, cling, ahí está. Inconfundible. Y otra vez a vivir los síntomas, dolores y molestias. Todavía estoy en la fase incicial, aunque ya con bastantes dolores y sin apenas poderme mover. ¿Cómo seguiré? ¿Podré ir a trabajar mañana? Se trata precisamente de no pensar más que en el momento presente. Creo que ese es el sentido y la enseñanza del dolor de espalda: obligarte a parar, a dejar de hacer y, sobre todo, a dejar de pensar en hacer.

A veces los días que han pasado parecen infinitos: en el bosque arrasado nacen árboles de raíces firmes y pequeñas flores de alegrías amarillas. Y otras veces el tiempo se revela como un exiguo puñado de arena cósmica que se pierde en la galaxia. Y yo me elevo y me pierdo entre planetas, satélites y asteroides, donde de pronto se sabe de nuevo que vivir es evaporarse, dejarse ir, deshacerse en el polvo que flota esponjoso en la Vía Láctea.

El dolor de espalda me saca de los planes, de las prisas por recuperar un tiempo que de nuevo hay que dejar de llamar perdido, de la necesidad de la alegría, del imperativo de encontrar un sentido entre la inevitable corrupción de la inocencia que ni los individuos ni el sistema somos capaces de preservar.

Y por eso tiene un sentido que hoy, ahora mismo, esté sentada en mi mecedora azul escribiendo de nuevo. Todo confluye en el presente, y no existe más que este momento que desaparece y se transforma en cada renglón que tecleo.

La vida es mi sillón azul, la manta eléctrica encendida en el nivel cuatro, el tictac del reloj de Ikea, el ruido de los cacharros mientras me hacen una tarta con galleta en la cocina. La vida son los tiempos y los ritmos que mi cuerpo conoce y resguarda como una madre a su cría.

Otra vez el dolor de espalda viene con su rosario de dolores e inmovilidad como recordatorio de que no es en el movimiento en sí mismo- ese pie tras otro que nos coloca maquinalmente la vida industrial tras las ventanas- donde se encuentra la realización.

Venía junio cargado de proyectos de alegría, de días de sol entre amigos, de actividad al aire libre, de tiempo para sentir y crecer. Como un pájaro que regresa al calor y a los días de verano, volvía la agenda a llenarse de determinación con fe, de motivación con esperanza, de reencuentro con gozo.

Y sin embargo, tampoco es eso; tampoco es ahí donde está el sentido, parece querer decirme mi cuerpo. O puede que sí lo esté, pero de nuevo recuerdo que solo se puede alcanzar la luz respetando los tiempos. Tiempos que parecen inabarcables e improductivos como extensos páramos. ¿Por dónde camino? ¿Qué líneas trazo en el mapa de mi mano?

Quizá desde esa galaxia lejana donde estos días me invita a perderme mi dolor de espalda empiezan a verse los hondos árboles y las coquetas flores que se abren camino entre los injertos del bosque arrasado como si en realidad siempre hubieran estado ahí. Llega junio, y mis venas asisten a su deshielo. Me inunda la esperanza, me arrasa la fe como el agua de un pantano en el que hubieran abierto las compuertas de la lucha. Es posible la plenitud porque el agua de la convicción, la alegría y la comunión con los demás está a punto de desbordarse.

Suenan las campanas en mi pueblo. Sigue el tiempo su curso: mi tiempo. Aún no me zambullo. Siento, presiento, me dejo llevar por las sensaciones que anuncian un nuevo cambio. Aún no ha llegado otro tiempo. Sentada en mi mecedora azul, no espero ni garabateo proyectos en la agenda. Desde mi dolor de espalda que doma a un caballo desbocado, vuelvo a saber que es ahora cuando estoy en el tiempo.



martes, 12 de febrero de 2013

Pompas de jabón




Las montañas nevadas se estrellan contra la luna del coche en un viaje al norte. Aquella nieve en que nos bañamos un día al bajarme del avión. Quería el aire, las montañas, y la blancura de nuestro amor.

Sin pasar por casa, sin apenas lavarme ni descansar, montamos en tu coche y me llevaste hasta la sierra. Eran la nieve y el frío, el sol y el calor.

Entonces, cuando todo era posible, cuando el mundo parecía sólido y real. Antes de que el difícil equilibrio de la felicidad de niña infeliz se desmoronara como mueren las pompas de jabón.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Paseo sin ti

Si no hubiera salido de paseo no hubiera visto el arco iris. No hubiera escuchado las esquilas de las ovejas, no hubiera seguido los senderos que descubría a cada paso. 

Si no hubiera salido a la calle no me hubiera cubierto la nariz con la bufanda, no me hubiera sorprendido del paso vivo de mis piernas, no me hubiera atropellado una sonrisa al descubrir una enorme masa de agua bailando en el viento un paso de Semana Santa. 

Si no me hubiera puesto mis zapatillas rosas de andar por el campo, hubiera seguido en casa sin pensar, pensando en despojos prohibidos. No me hubiera querido el aire, no me hubieran saludado las gotas de agua tímidas. 

Si no hubiera ido hasta la presa sin ti te hubiera echado lo mismo de menos, pero he caminado hasta el Charco y bajo la lluvia naciente me he llenado de viento, de olas, de cielo verde oscuro, y de ti. 

He llegado a casa y ahora escurro mi corazón empapado como el spontex en el fregadero.

martes, 5 de febrero de 2013

La respiración de las ballenas

Dice Javier Marías que quizá no debiera seguir escribiendo. Que denuncia lo que está mal para tratar de que mejore, y que sin embargo nada cambia. Que incluso aquellos a los que critica le siguen saludando en los restaurantes sin darse por aludidos. Se pregunta Marías por el sentido de escribir un artículo para cada domingo durante diez años.

Lees los periódicos y los articulistas parecen coincidir en la desesperanza. Algo debía cambiar, pero ahora ya es demasiado tarde, ahora que es todo lo que debería hacerse de forma diferente. Y como resultado nada cambia, aunque paradojicámente cierto cambio sí que se produce aún, pues seguimos yendo, como sociedad, como polis, como ciudanía, a peor. Sin duda a peor.

¿Qué podemos hacer sino entregarnos a ese agujero negro que todo lo devora y nos devuelve las raspas de la nada? Javier Marías no quiere escribir, y yo me pregunto para qué esforzarse en hacer lo correcto, con la voluntad y convicción que ello requiere, por qué empujarse hasta el fondo de los mares procelosos en busca de un poco de ilusión que traer a la superficie.

La crisis, las predicciones funestas, la situación de los desposeídos, la realidad de los que van cayendo a causa del sol azaroso y ciego que a todos nos derrite la cera de nuestras alas de Ícaro... ¿Quién puede mantener la esperanza sin convertirse en un cínico? Puede que tú sigas sonriendo, pero llevas la cara marcada con la mueca grotesca de los que dictan las leyes, de los que se bañan en oro, de los que sustentan sus cimientos en las zozobras de los que ellos nombran débiles.

Y sin embargo no son las cosas ahora diferentes, pasamos las páginas del mismo cuento. Seguimos creyendo que evolucionar significa una huida libre hacia delante, y gastamos las horas en un esfuerzo enconado por escribir sin faltas de ortografía. Nos encerramos en edificios con paredes de cristal y nos ponemos desde los más revolucionarios ordenadores a moldear ese mundo por el que nos lavamos continuamente las manos con jabón aséptico.
Después nos dicen que alguien con más poder, con más tecnología, con más influencia está tocando todas las teclas que invierten el orden de nuestro cuento. Y queremos lanzar por la ventana nuestros ordenadores, nuestras máquinas, nuestra fe en serie recién prensada como el periódico renovado cada mañana. Tirarlo todo, abandonarlo, renegar de ello, porque ya no sirve, porque lo que escribimos -como se queja Marías- ya nadie lo lee. Porque es el fin de la lucha, de la verdad, del hombre entendido como animal solidario, de los ideales. El fin del cuento, el fin de la historia.

Puede que esto mismo lo haya dicho cada hombre, cada mujer, cada sociedad antes de la de hoy, de la de este momento, en un pergamino infinito que da vueltas sobre sí mismo. Que es tarde para escribir, que ya a nadie interesa leer. El papel gira atrapado en la máquina de escribir, y los que dictan la historia nos cuentan que debemos mirar por lo nuestro, preocuparnos por nuestra supervivencia individual.

Que debemos olvidar que una vez existieron hombres que cifraron sus deseos en letras, papeles que embellecían el alma y frases como globos que hinchaban nuestras ganas de ser mejores. Olvidemos que una vez existió una biblioteca en Alejandría. Recordemos en cambio las llamas que la destruyeron.

Estamos todos amenazados; miremos a los que se tiran desde las altas torres, huyamos, decretemos el estado de excepción, arrasemos la ciudad a nuestro paso. Mientras corramos, aún existe salvación para nosotros.

Jamás te detengas, olvida a los que cayeron, a los que caen, a los que trataron de resistir, a los lentos, a los confiados, a los pobres, a los mermados: las ruedas gigantescas, inexorables y ciegas de la historia, de la crisis, del poder, de la irresponsabilidad y el egoísmo hacen desaparecer los cadáveres aplastándolos entre la tierra del camino.
              Como si nunca nada hubiera sucedido.

Hay quienes se empeñan en escribir, y así se marcan y condenan. Huyamos de la ballena de la tenacidad y de la esperanza porque su absurdo nos arrastrará hasta su barriga sanguinolenta. Aunque sea también esa misma ballena blanca la que nos permita respirar diez minutos cada hora.

Nos quieren individuales, nos quieren solos, nos quieren derrotados, incapaces, descreídos. Pon tu cabeza sobre las aguas, y sabrás como los indios con su oreja pegada a la tierra que un ejército se aproxima retumbando bajo el océano inabarcable.
Cuando las ballenas respiran, su aliento sale por la nariz en forma de chorro hacia arriba. Cuarenta minutos bajo el agua... nuestro tiempo se acaba.