viernes, 20 de julio de 2012

Maletas de agosto

Es estupendo cuando una etapa va llegando a su fin y todo tu cuerpo y tu mente se va adaptando a la idea de terminar un proyecto. Por suerte o por desgracia, quedan muy pocos días para irme de aquí, y mi ser no está por la labor de ponerse a hacer maletas y desmontar el chiringuito. 

Quizá porque quiero que agosto no sea más que un paréntesis. Quiero volver, y empezar de nuevo, pero desde aquí, desde lo conocido, desde los rincones de mi casa decorada con cariño, desde los lugares en la sierra descubiertos vagabundeando sin rumbo, desde  la gente que se sitúa en el valle como los figurantes en un decorado. 

Todavía tengo mucho que hacer, que sentir, que vivir, que descubrir en este refugio entre montañas.  Sigue habiendo lugares a los que volver, personas a las que seguir aprendiendo a querer.

Y me cuesta estos días separarme de mi casa, moverme, reconciliarme con la idea de meter el verano en un par (o tres...) de maletas.

Aquí soy feliz, aunque sé que estaría feliz en cualquier parte, e incluso incluso más, al enfrentarme a nuevos decorados y nuevas experiencias. Pero tengo en esta casa una felicidad tranquila, segura, hecha de repeticiones y rituales cotidianos, una felicidad doméstica cotidiana en la que no me canso de reflejarme. 

En este momento no necesito emociones fuertes (ni creo que me vendrían bien, qué perra mis hermanos con casarse todos cuando tanta emoción me deja rota, jeje) ni lugares exóticos. Cuando hace unos meses las pequeñas cosas de cada día se convirtieron  en montañas para mí, ahora poder hacerlas y sobre todo disfrutarlas (vivirlas sin que me causen dolor ya es un logro) se convierte en un asombro renovado cada día. 

No me canso de desayunar cada día madalenas en la terraza (me gusta escribir "madalenas"), de colocar los cojines del viejo sillón que se empeñan en deslizarse sobre el asiento, de apilar los vasos en el escurreplatos de metal, de regar las plantas, de sentarme bajo la higuera, de encender las luces de colores a la noche, de trabajar con mis pinturas, de moverme de un sitio a otro de la casa  buscando el fresco siguiendo la evolución del día. De ver mis libros apilados en la estantería, de mi bolígrafo de pájaros, de las fotos con el ipad, de mis lecturas, de mis proyectos. 

Y todo ello en mi casa-barco, que se desliza suave por el mar de la calma y de la imaginación, del presente de tranquilidad y del futuro de entusiasmo, del amor y de la seguridad. 

Sé que tengo lejos a mi familia, y lejos a mis amigos. Pero confío en no hacer daño a nadie, y pronto poder estar todos juntos, construyendo juntos la cotidianiedad de agosto, el entramado del verano alrededor del campo y del pueblo. También entonces resarciré a mi padre, que quizá no entiende mi exilio por mares lejanos. Ahora mi corazón es una cáscara de nuez que se deja llevar sin propósito ni intención por aguas calmas, calentorras y poco profundas, donde las olas ni siquiera chocan contra la orilla. 

Llegará el tiempo de propósitos, de asunción de obligaciones, de entusiasmos y esfuerzos, de ratos compartidos, de vivencias creadas, de recuerdos pintados. Nos sentaremos en los sillones-mecedora a contemplar la luna llena, nos tiraremos a la piscina, bailaremos bajo las estrellas, comeremos panceta en el río, haremos excursiones con tortilla de patata. Cenaremos todos juntos, tomaremos una copa, recordaremoso anécdotas, nos reíremos de la misma manera, exactamente con la misma risa, que nos hemos reído mil veces. Nos querremos porque estamos juntos, y querremos estar juntos para seguir queriéndonos y dando sentido a agosto un verano más.

Pasearé por la charca bajo el mismo cielo, sintiendo el calor del asfalto como tú me lo contaste, oyendo un radiocassete lejano, y sabré que la vida es en cada momento exactamente como tiene que ser. Y que por ello todo está en orden, todo está bien. Chocarán contra mi orilla las olas del rencor, pero les pondré nombre, el nombre de la inseguridad de unos ojos árabes y del miedo de unos labios blandos como dátiles, y seguiré comprendiendo, y seguiré asumiendo. 

A veces cerraré los ojos para no ver, y otras los abriré para seguir comprendiendo. He soñado que me llevabas de la mano, y yo apretaba fuerte los ojos, porque sabía que cuando los abriera volverías a perderte para siempre. 

Escribo porque se acerca el final de julio, y voy a meter agosto en una maleta grande, y voy a viajar hasta vosotros.

domingo, 15 de julio de 2012

Sometimes at night


Este es uno de mis primeros ejemplos de art journal que hago sabiendo de qué se trata. Es un proceso creativo que libera y enriquece, que da forma a las emociones y hace consciente al inconsciente. He llegado hasta el término a través de Wilma de In the Atia's Room (la técnica ya me salía de forma natural, pero al saber que existe como movimiento puedo aprender de lo que otros hacen). Queda mucho por descubrir. Y me encanta.



Sometimes at nigth I cry

Sometimes I think you hurt my heart forever

Then I hate you, and love you, and curse you

Brick by brick you blocked my way


                Your insanity
             your insecurity
          your fear
       your cowardice
    your cruelty
your power
my dependence
    my love
       my fear
          my loss
             my clinginess
                my hope


I cry, I rain

           love            pain
treason
               despair
                              pity
blood            hate
                               hope
condemnation
                       strenght


Someone to hug me-
            pure
               sane
                   real
                   love


In the morning,
I
      dance
   and get
   surrounded
   by garden
   flowers

sábado, 7 de julio de 2012

Mi amiga Manola

Para mi coach particular

Mi rabia se llama Manola, y tiene un humor la jodía que pa qué.  Hasta hace nada me daba bastante miedo. La oía ladrar a mis espaldas y, petrificada, optaba por taparme los oídos, a ver si así me parecía que estaba más lejos. Cuando la rabia se ponía a aullar, me topaba de repente con un muro de muchos metros de alto imposible de traspasar. La pared sin fin me asfixiaba y paralizaba; sus alambres de espinas en la invisible parte superior me protegían de un más allá inquietante e incierto como una amenaza.

Hoy, gracias a mi coach particular, me he dado cuenta de que todas las emociones se producen por algo, y por ello tenemos derecho a sentir y expresar cualquiera de ellas. Si las enterramos vivas, seguiremos oyendo sus nudillos golpeando ansiosos la tapa del féretro. La rabia es mía, que surge de mi estómago, que se enroca en mi esternón, que brota de mi pecho como un géiser y me hace apretar los puños, cerrar los ojos y quedarme con ganas de dar un buen puñetazo. La rabia es mía, y tengo derecho a expresarla, a sentirla, a darle salida. Hay una razón para experimentar cada una de nuestras emociones. Y yo voy a escuchar a mi rabia y ver qué tiene que decirme. 

El problema con la envidia lo solucioné hace muchos años. A raíz de algo que leí en una revista cualquiera, empecé a verla como una aliada. La envidia me indica qué quiero conseguir, me ofrece modelos, me proporciona metas, pone voz a mis carencias y a mis anhelos escondidos.

Fue en Inglaterra. durante mi verano de au-pair, cuando cambió mi consideración de la envidia, que es verde en España y amarilla en los países anglosajones, pero en todo caso asquerosa. Es una de las emociones con peor prensa. Es como la bilis en el estómago que vomitamos con dolor cuando ya no queda más por sacar afuera. Porque la envidia nos produce dolor, nos coloca en un estado de ansiedad, de frustración, de odio al prójimo, al que deseamos lo peor. Como toda emoción experimentada de forma negativa, la envidia nos pone en un sinvivir. Sus víctimas somos nosotros mismos; nunca quien o lo que nos la provoca.

Sin embargo emociones como la ira, la tristeza, la rabia o la frustración no necesariamente han de verse de forma perjudicial. Es cierto que nos pueden crear un gran malestar y que nos traen dolor, pero se producen por algo, y nos proporcionan la oportunidad de mirar de frente a sus causas. Yo tenía envidia a una pareja de novios con la que coincidía con frecuencia en la biblioteca a la que por aquel entonces acudía a estudiar diariamente. La chica parecía doña perfecta: mona, dulce, bien vestida, de sonrisa simpática. Y el novio babeaba tras ella.

Cuando comencé a ver a aquella pareja como un modelo de la pareja que a mí me gustaría tener (no exactamente un novio que babeara por mí, sino simplemente que me aceptara y quisiera, que fuera cariñoso y sano), la envidia dejó de hacerme sufrir. Ahora sabía lo que quería, y lucharía por conseguirlo. Bueno, en realidad este plan no salió muy bien. Más me valdría haberme fijado en las carencias en mi relación que la envidia me indicaba, y haber asumido que hay cosas que no se pueden cambiar. Pero me ha costado mucho aprender que el amor no es lucha, como para esperar haberlo sabido a los veinte años.

En todo caso, lo importante es que desde entonces la envidia no ha vuelto a hacerme daño. Si alguna vez he sentido sus arañazos, enseguida los he neutralizado enfocando la situación de una forma positiva. ¿Qué dice la envidia que no tengo? ¿Realmente quiero tenerlo? Y si es así, ¿cómo conseguirlo?, ¿qué puedo aprender de estas circunstancias que me sirva de modelo, que guíe mi camino?

Con la rabia me ha pasado algo parecido. Me asalta de vez en cuando por sorpresa, y yo trato de apaciguarla. Sentir rabia es algo negativo, me trae odio y asco, rencor y desdén. Y una terrible sensación de daño irreparable. Se produce la rabia cuando alguien te hace mal y ni siquiera se para a planteárselo: se limita a escurrirte como si fueras un spontex, con el perjuicio ignorado hace gala de su poder, afirma su superioridad sobre ti, pobre mosquito espachurrado, cuya voz no es capaz de oír. Así se desgañite y se revuelva panza arriba el dichoso mosquito. 

Mientras siento la rabia, sé que estoy lanzando mi energía a un pasado que no la merece. Creo que esa rabia no va a conseguir nada más que causarme un dolor gratuito, provocarme ganas incontrolables de borrar de un guantazo la sonrisa bobalicona e ignorante de la jeta de los inseguros ejecutores del mal. Pareciera que la rabia solo lograra quitarme tiempo para apreciar lo bello y bueno de mi vida.

Pero hoy la rabia se ha hecho mi amiga, y resulta que tiene nombre, y se llama Manola. Manola es un perro bastante alborotador, pero al que se le va toda la fuerza por la boca. Mira que es pequeño, pero ladra y grita como un condenado. A veces me da vergüenza toparme con los vecinos, a ver qué van a pensar. Otras veces, sobre todo cuando salimos a pasear al parque, apenas la puedo sujetar de la correa. Los niños la miran asustados, pero después se acercan y me preguntan si pueden acariciarla. 

Manola es mi perra, y es mi amiga. Si viviera en el paraíso terrenal, en ese en el que estamos instalados hasta que se nos rompe la inocencia (el germen inocente de la propia inocencia hace inevitable que la inocencia se rompa antes o después...), pasearía de la correa con un tierno cordero o con un pacífico rinoceronte. Pero como ya me he caído del guindo, gracias a dios tengo a mi rabia que me acompaña, me defiende y me aleja de los peligros. O me hace enfrentarme a ellos. 

Manola sabe que su dueña es cabezona, pero ella lo es más, y a ladradora y alborotadora no hay quien la gane. Ciertas personas se le han metido entre ceja y ceja, y a varias situaciones y lugares les tiene una manía que no veas. Así que en cuanto huele a esos personajillos o nos acercamos a determinados lugares, me la monta gorda. Y como con tanto ruido, estrés y griterío no podemos parar en ningún sitio, damos media vuelta y nos alejamos hasta que mi perra se tranquiliza.

Otras veces, Manola ladra y ladra hasta que yo no tengo más remedio que ponerme a aullar también y lanzarle al causante de mi rabia mis cuatro verdades. Por dignidad y por autorrespeto, porque lo normal es que el otro esté tan cegado en sus razones y sus justificaciones que sea incapaz de sentir el mínimo de empatía que se exige a un ser humano. Pero los miedos y las inseguridades están en el origen de todo mal, de la cerrazón, de la autojustificación, de la insensibilidad, de la incapacidad para comprender y rectificar. 

Mi rabia ya no me produce rencor del que quema ni sentimiento de culpa por no disfrutar al cien por cien del presente. Asumo mi rabia, y camino con Manola, de la correa si es necesario, para que huela a las personas tóxicas, para que me alerte de los lugares a evitar, para que espante con su escándalo a los viandantes cotillas. Normalmente corre libre y suelta, orgullosa asumiendo el papel de guía que yo le dejo que adopte. 

Manola me indica que no aún no es tiempo de bajar la guardia, que el daño y el dolor no deben olvidarse, que es necesario estar alerta para que no nos lo vuelvan a hacer, que la herida está aún tierna y no debemos exponerla al aire. Que no debemos volver a los lugares donde fuimos infelices. Y, mientras tanto, camino y salto con Manola por ríos y valles, subo colinas, me enciende el viento las mejillas. 

Antes escribía cartas de amor; ahora cuento historias de emociones negativas que pueden convertirse en las mejores aliadas. Suenan las teclas blancas del piano, y a veces también las negras: con la música que su armonía produce corro tatareando al aire libre, en dirección al mar redentor.

jueves, 5 de julio de 2012

El corredor de la muerte

El amor después del amor
               tal vez
se parece
             a un empacho de cordero
a naúseas y gases
       a un spontex escurrido hasta hacerse daño
       a un cubo de agua con lejía para fregar
a tus ojos oscuros
a tu corazón cobarde
                      arrojado a los perros

el amor cuando termina
      permanece 
              en el polvo de cada bombilla
en las telarañas de la lámpara
en la alegría impía del que más daño hizo
en el bombear lento del que sufrió
              en un cuerpo sin duchar
en una barba recién afeitada
                          con las heridas que escuecen

cuando el amor acaba
        se transforma 
en un horizonte sin relieve
     en el calor del asfalto de verano
           en un apartamento vacío
                en un teléfono sin descolgar
                      en las ampollas al bailar con zapatos de tacón
en gafas de sol oscuras
en cazadora de cuero
       regalo de la novia nueva

tras el fin del amor
lo más puro se vuelve putrefacto
los cadáveres 
     que una vez estuvieron felices para siempre
                                             se descomponen
los esqueletos visten trajes de novia
las calaveras besan con lengua
de los abrazos saltan fuegos fatuos

en mis ojos tu sonrisa deviene en
                                           mueca
el silencio amorata tus párpados
tu mirada transparente para siempre se vela

la confianza agoniza en un charco
de verdades
                        masacradas
las promesas son cráteres en la cara oscura de la luna
         el cariño es condenado a cadena
                                                                   perpetua

    
nuestro recuerdo, espera

                                                                                                                 en el corredor de la muerte


miércoles, 4 de julio de 2012

Relojes en hora

Para ti, of course, que sabes de qué hablo...

Te quiero a las diez y diez,
a las tres y treinta tres,
los lunes de enero
y los miércoles de marzo.

Me gustas los doce de diciembre
y los cinco de mayo,
a las doce en punto del mediodía
y cada media noche.

Tomemos café a las tres y cuarto,
resérvame un baile a las once y veintitrés.
Traeme flores a las seis menos cinco,
acuérdate de nuestra cita diaria pasadas las cinco y cuarto.

Vamos a besarnos a golpe de reloj
y de coincidencias.
Sincronicemos los tiempos;
ajusta la hora.

Esta vez no te haré esperar:
sé puntual.


martes, 3 de julio de 2012

El cuerpo sabio

Apenas puedo decir de ningún día que sea infeliz. Si hay alguno menos afortunado suele ser por alguien que viene y lo jode. Pero no acaban de estropearlo del todo; no les doy ese poder. Yo procuro rodearme de gente buena, de cosas simples y de sentimientos suaves. Mi única ley es no actuar de mala fe. Por lo demás, trato de mejorar la vida de mi alrededor si está en mi mano. Al fin y al cabo, la sonrisa, la alegría y la belleza mejoran la vida de todos. Aún así, si tengo que decir no, sanamente lo digo.

Hoy también puede ser un día feliz. A esta hora de la tarde, un poco achicharrada junto al ventanal de la terraza donde se estrella el sol. En el sillón desvencijado pero deliciosamente cubierto con una colcha azul aplico calor de manta eléctrica a mis doloridas lumbares. De otros calores, estoy hoy desprovista. Pero ni el calor, ni el dolor de riñones ni la soledad obligada traen infelicidad al día.

Incluso pienso que nada puede haber mejor en este momento que pasar un día o dos con la casa tirada, sin duchar, comiendo cualquier cosa, durmiendo a deshoras y sin salir a la calle (haré una excepción para regar a las pobres plantas, sin culpa de nada). Y todo ello sin necesidad de haber pasado una noche en blanco ni de sufrir la resaca del siglo.

El cuerpo nos indica el estado de la mente, de eso -después de partirme físicamente en dos- ya he dejado de tener dudas. Por eso ahora lo escucho, tengo la oreja presta, y procuro seguir las señales que me va dejando sobre el camino a seguir. ¿Son buenas las verduras? ¿Son malos los dulces? ¿Cuánto dormir? ¿Qué actividades realizar? Mi cuerpo lo sabe. A veces me pide acción, y otras calma; en ocasiones quiero ensalada de frutas y otras veces tengo que zamparme una buena tarta. Como es supuestamente más sano, hay días en que tomo té. Pero si el body me pide una buena taza de café, café calentito le doy.

Ahora yo iba corriendo como una loca. ¿Hacia dónde? Puede que simplemente hacia la actividad en sí misma. Tengo que hacer, que ver, que contar, mi actividad debe poder ser analizada cuantitativa y cualitativamente. Tantos viajes, meriendas, reuniones, obras de provecho, aprendizajes, visitas  y reflexiones. Ya es hora de que deje de mirar a mi alrededor, tengo que poner mis pies de Dorothy en un camino amarillo y empezar a andar sin saber hacia dónde me dirijo. ¿No dicen que se hace camino al andar?

Y entonces el body va y me dice: para quieta, muchacha, ¿a dónde te crees que vas? Caída de pelo, vértigos y mareos, cuatro o cinco herpes todos al tiempo, y sin más ni más, felizmente desayunando, una contractura y un ay, ya me dio. Todo esto en vísperas de la boda más esperada, alegre e ilusionante. El día llegó y lo viví intensamente; feliz, emocionada y rebosante de sentimientos afables y puros por la nobleza del novio y la sencillez de la novia. Llegó la noche, y cual cenicienta con calabaza me retiré del baile antes de que ni siquiera empezara. Aparecí en casa sin uno de los lazos de plata de mis zapatos. (Sin duda, lo ha de tener algún príncipe o ser encantado, y un día de magia el lazo volverá a sus zapatos amarillos.)

Cada vez más, el tiempo de mi vida se mide cualitativamente. No estoy para alcohol, cariños de la noche, mentiras nocturnas ni unión bajo la luna. Quiero el amor que refulge en la luz del sol, las flores blancas, los vestidos de niña, las verdades difíciles de decir y necesarias de escuchar. Me basta con el milagro de la vida pura y de frente, escondida en la luz diurna como el contenido de un folio bajo los rayos del mediodía. Prescindo de faroles, linternas y otros artilugios con los que buscar el camino. El camino, aunque no lo vea, irradia diáfano bajo la cegadora luz del sol. 

Me pregunto qué viene tras las flores blancas, el verde fresco de los tallos y los vestidos de tul. Qué es lo que queda del amor tras los días de amor. A veces una tristeza que nos baña sin motivo, el vacío de un horizonte lejano y sin relieve, el sinsentido del corazón gastado, de las ilusiones devoradas con sed como la más nívea tarta nupcial. Quizá para eso existe la noche, para cubrirnos con sus sábanas de sombras, para arrebujarnos en sus mantas apagadas. El baile de lobos, las bebidas de brujas, las confidencias de nigromantes para creer, para olvidar, para poder seguir, para guarecer el resplandor del oro de los rayos de sol asfixiantes.

Pero yo solo quiero el día; me siento junto a los cristales acalorados y hago lo que mi cuerpo me indica: con mis lumbares imposibilitadas, me siento y me aburro, me tumbo y espero. Aún debo seguir mirando al sol de cara, conteniendo el sudor de la frente, regando las plantas suplicantes; aprendiendo el lenguaje del lento y dulce latir de mi cuerpo.

Un día seré lechuza y me adentraré en los misterios de la noche, descifraré las voces de las rapaces nocturnas, bailaré alrededor del fuego de los hechiceros. Por el momento planto los pies en la tierra y giro mi cabeza hacia la luz como un girasol. Doy pipas cada día, y por la noche me las como en mi habitación. Quiero olvidar, así me lo grita la noche, mi mente, mi alegría; sin embargo el cuerpo me pide esperar, atesorar rayos de sol en mi cuaderno de anillas, escribir con letra limpia y clara, sonreír a la gente generosa.

Hay odios y rencores que no nos deben abandonar, trapos de sangre que han lavarse en el agua clara, brillos de cuchillos que no deben reflejar los entresijos de la noche. Las heridas de arma blanca pueden ser las más peligrosas, las más dañinas, las más traicioneras. Los puñales se clavan de forma repetida, con la víctima en el suelo, indefensa, con la sorpresa en su cara incrédula.

Las navajas se blanden en la cueva de la noche; sus heridas se limpian con el agua diurna y cantarina en el regato que corre al pie de las colinas.

No hay un día infeliz; el recuerdo se difumina bajo los rayos puros del sol. La noche no trae sombras ni dudas ni lamentos. Es tiempo de caminar lentamente como marca el verano; es época de sábanas limpias, de agua fresca, de caricias de arena. 
                       Pasarán el odio y el rencor que mi cuerpo me pide seguir atesorando todavía por un tiempo; 
                             mientras, crece mi corazón de luna, 
                                                              mis venas de agua dulce, 
                                                                                    mi mente de sol.

Un niño robado, un corazón exprimido en hiel, unos pies descalzos machacados por las piedras del camino. Sé que solo yo soy culpable: mío el niño al que ahora abrazo, el corazón que vuelve a chapotear en su zumo con miel, los pies que vuelven a caminar amorosos y decididos.

Gente de todo tipo y condición puebla la tierra; fue mi inconsciencia, el miedo que siempre es cobarde y el amor que cree crecer al desbordarse quienes me convirtieron en hierro para resistir los golpes, hasta que al fin en la piedra mortuoria de la fragua el martillo logró partirme en dos.

Ahora pío una felicidad pequeña y plácida, y juego con plastilina, maleable y de colores. Un día aullaré como lobo, y entonces las montañas me abrirán sus entrañas y compartiré con los elegidos el brillo eterno de los diamantes en bruto.

martes, 19 de junio de 2012

En el pantano


El olvido. Los ojos que a veces eran azules.

El miedo. El brillo de color navaja.  La luna llorando plata. Los ríos de negra noche en los que no se puede beber.

El agua. Una barca sobre el lago en sangre al atardecer. La isla abandonada se mece en calma.


Un sueño. Me tiro al suelo. Me muero en medio de la acera. Alredor mi familia, que no se lamenta. Solo quieren doblarme brazos y piernas para transportarme mejor. Mi padre se afana con un hierro terminado en pincho. Me hacen daño, me lastiman los miembros. Abro los ojos y, tumbada, vomito un charco.

Ya no puedo estar más muerta.


Ahora soy una niña subnormal. Hermanas y primas me pinchan y golpean. Alguien intenta arrojarme al fuego. En la mesa del salón me tiran las sobras como si fuera un perro.

Viene de visita el hijo de un viejo amigo de la familia. Ha crecido, y parece educado y apuesto. ¿Y esa niña, cómo la tenéis así? Yo la aprecio mucho (y me llama por mi nombre). Recuerdo que jugábamos, y hablábamos, y a veces nos besábamos, cuenta. Besos de niños.

Esta vez me montan en el coche. El chico joven se sienta a mi lado y se encarga de mí. Yo tímidamente voy perdiendo algo del miedo, la idea de mí asociada al desprecio y las humillaciones. Me convierto en una niña de coletas rosa que sabe sonreír, y mira un poquito el mundo desde la ventanilla, porque puede que también haya un trozo para ella. La niña da abrazos ignorantes y pringosos a los que hace tan solo un rato la insultaban y se mofaban de ella.

Después esos mismos insisten al joven apuesto para que se una a ellos. Y el chico se va, y la niña se queda de nuevo sin ojos para mirar, sin boca para sonreír, y es de nuevo la estrechez interior y la cárcel del mundo. El joven ríe con grandes carcajadas mientras se vanagloria de ser como todos.


En la escena siguiente, la niña se vuelve un joven con síndrome de down. Un chico que parece un viejo, pues su vida tiene fecha de caducidad; un veinteañero que se comporta como un muchacho procaz. Toca las tetas a las chicas, y estas lo disculpan y le regañan comprensivas.

Un juego de pelota. Al muchacho no le pasan la bola, pero él se cree parte del grupo y espera excitado.

Desde la omnisciencia del interior del sueño, el chico deficiente a veces parece no serlo. 

(Como la niña muerta que no puede morir del todo a pesar de dejarse caer al suelo, sin amor vencida.)

(Como la pequeña subnormal que sigue teniendo boca para sonreír y ojos para mirar, aunque los golpes la callen y los desprecios la cieguen.)

Sin embargo el joven con síndrome de down cada vez lanza comentarios rijosos con mayor facilidad. Le va resultando más natural acercarse a aquellos que le prestan atención conmiserativa por unos segundos para después deshacerse abruptamente de su compañía pegajosa y cargante como de un caramelo deshecho por el sol.



La niña muerta, la niña subnormal, el muchacho deficiente acaban por ser lo que no fueron en principio. Lo que nunca debieron llegar a ser.

Es el efecto de la falta de amor, que nos convierte en asesinos de nosotros mismos, nos obliga a empuñar la navaja de luna y a clavárnosla en los ojos creyendo defendernos. 

La mueca en la cara acaba por reflejarse en el espejo como nuestro auténtico rostro.



El recuerdo. La verdad con sabor a cobre que procede  de la irrealidad, que asciende desde la negrura del pantano. 
Bajo la arcilla excavada, el agua sepulta la explicación última, la razón primera, tras lápidas de colores cambiantes al atardecer.

En el pantano desecado a la fuerza aparecen torres de iglesia, y luego casas de tejados más bajos, y bancos, y losas, y piedras. Alguien paseó por aquí alguna vez, trabajó los campos, se sentó a descansar, enterró a sus muertos.

Todos se ahogaron en el agua lanzada con cubos de gigantes, y ahora el alma sin propósito de vivos y muertos vuelve a tierra como los restos inservibles de un naufragio.

Rebrota el recuerdo en el mismo momento en que se empieza a olvidar. Como resurgen las torres del campanario en el pantano, se asoman las caricias de verano, las lenguas dulces, los ojos fijos que entonces siempre eran azules.

En la tierra quebradiza y arcillosa se leen en sucesión ordenada las historias con que el nivel descendente de las aguas marcó las piedras de la orilla. La verdad originaria cada vez más entregada al fondo; el principio de la historia convertido en su fin.


La barca. El agua recobrada, la vida ganada, la isla abandonada. 
Las suaves olas mezclan promesas frustradas, miedos agazapados, rabia lacerante como una herida pequeña mojada en sal. 
En el lento vaivén, frente a las luces del atardecer, se destila el presente.

Desde mi barca, una vez rodeado el islote solitario aún visible en el centro del pantano, me dejo llevar por las nuevas aguas, llovidas en días de nieve, en épocas de deshielo, en noches de plata, en amaneceres de escarcha, y contemplo el ocaso. La superficie se cubre alternativamente de colores rojos, fucsias y anaranjados que finalmente se amoratan de frío.

Con los remos sobre la barca, las delicadas olas apenas logran acercarme o alejarme de la orilla. Bajo las aguas de colores cambiantes, en el fondo de arcilla, respira como una ballena la historia de la niña subnormal.

Cuando finalmente remo hasta la orilla, las aguas negras han comenzado a alimentar a los monstruos y a devorar los sueños. He de volver pronto para rescatar a la niña y traerla conmigo.






viernes, 1 de junio de 2012

El camino de baldosas amarillas de mi jardín


Las cintas colgadas entre las ramas de la higuera, a las que apenas mueve el viento contenido.

Los reposa-asientos de sonrisa colorida de nuestros queridos viajes a ikea.

Flores que suben y se esponjan como bizcochos a pesar del calor excesivo del horno del verano en el valle. Flores amarillas que  crecen entre el descuido de sus dueños. O quizá sean las flores mis dueñas.
Quiero vivir la época de las flores, como las que tú me subes cada mañana a la mesa del desayuno. (Los vecinos tienen mejor mano para las plantas, jeje).

Un bikini con más flores comprado en una tienda retro de verdad, de las de pueblo con señoras que saben quién eres, entablan conversación atenta, y te regalan bolsas llenas de tesoros en forma de retales y cintas doradas.

Mis ojos enmarcados por una diadema de arcoiris. Mi mirada que se llena de amarillo entre el verdor del jardín, bajo la higuera con las cintas, junto a la enredadera con ansias de superar el ras del suelo.

Mis pasos quietos con zuecos de limonada que encuentran mágicamente el camino de baldosas, que avanzan entre el amarillo fresco con saltos de pajarillo, que juegan entre las baldosas como en un castro de niña.                                    Tiro la piedra y salto, evito la roca y disfruto del juego.

Qué calmas y felices las tardes de verano, 
cuánto amarillo en mi jardín, 
qué sabios mis zuecos amarillos 
para llevarme 
            por el camino mágico del verano
            del amor limón
            de los abrazos de higuera
y de la certeza multicolor de la alegría del arcoiris.



domingo, 27 de mayo de 2012

El silencio de las margaritas

El silencio se escucha con los ojos. Las margaritas recién cortadas tintinean como campanillas púberes sobre la madera de la mesa de la sala. La naturaleza, aún inerte, se hace oír estruendosa como los fuegos artificiales de mayo.

Sabrina mira por la ventana de hace veinte años. Al otro lado del cristal del cuarto donde dormía en casa de su abuela, acierta a ver los fuegos más altos lanzados desde el colegio salesiano de la manzana contigua. Sabrina recuerda cómo decidió entonces que a partir de ese momento amaría por siempre la pirotecnia resuelta en formas fantásticas. Mira, y oye a través del cristal con lágrimas del polvo de los años, el restallido de los colores intensos. Escucha al tiempo el bombear rápido de un corazón de polluelo que por primera vez se da cuenta de que la magia solo acontece en los nidos entrelazados con la argamasa del amor.

El reloj antiguo continúa martilleando rítmicamente en la pared de la sala mientras la abuela se aplica concienzuda en su solitario juego de cartas. Ras, ras, gruñen los naipes. Ay, señor, se lamenta doña Brígida. Sabrina vuelve la vista distraída a las flores. Le parece que de cada brasa amarilla saltará en cualquier momento una ráfaga pirotécnica que anegará sus oídos ávidos de palabras  sin letras.

Sabrina mira el silencio porque quiere oír. Sabrina busca la vida, y la encuentra en los bodegones inmóviles. Por la mañana caminó hasta la pradera. El verde de mayo ocultaba como una moqueta inglesa la acostumbrada dureza adusta del secarral. Dejó a las familias con niños jugando al balón en el bajo, y evitando a los excursionistas de fin de semana, subió hasta el yelmo por el viejo sendero sin señalizar. Sabrina no se lo reconocía a sí misma, pero no podía sino despreciar los hitos del camino, los montones de piedra en los que el caminante inseguro busca la confirmación de que existe un camino cierto.

A Sabrina le gusta el silencio de la soledad. No siempre era fácil escuchar en medio de la gente. Sin embargo, Sabrina había conocido el amor, sabía –ahora que caminaba sola—que la naturaleza se dirige a las almas que copulan en luz con la sencilla excitación de una niña que relata parlanchina y excitada su juego último, aún sudorosa por la pasión de la carrera. Sabrina corre por el goce puro de sentir el viento, juega con la naturalidad con la que un funambulista camina por la cuerda floja, ama como si bastara respirar para que la vela alumbre en medio de la oscuridad. Sabrina había querido como si por siempre se hubiera hecho la luz.

Sabrina vuelve a mirar las margaritas, y en ese momento resuena proveniente del pasado el estallido primero de los fuegos artificiales. Rápidos zig-zags verdes, blancos y amarillos caen sobre la amplia azotea. Sabrina y Hermés se dan la mano y se apresuran escaleras arriba, las sienes de Sabrina palpitando ante el presentimiento de luces entrelazadas, de rayos lanzados  al unísono con el cantar del trueno atinando en la diana de un corazón de dos. Sabrina sabe que cada año desde que descubrió los fuegos en casa de su abuela podrá volver a recordar que es el amor quien provoca la magia. Cada mayo, también desde la azotea con Hermés, los fuegos del santo inauguraban los corazones en verano.

Esta mañana Sabrina se ha visto en lo alto del yelmo, tras ascender las escaleras naturales de piedra entre las flores salvajes que escupe la jara. Solo durante este mes las enormes flores blancas, de una enormidad amorfa y chirriante, acompañan a los pedruscos de tristeza perenne en su ascensión infinita. Son estas flores de corta aparición como coronas que inútilmente tratan de prestar vida al cadáver que marcha en su ataúd en busca de paladas de tierra que acaben por sepultar sus ojos cegados al fin por tanta vida desnuda.

A Sabrina le gustaría mirar hacia el llano, hacia el lago tras la verdura del valle que desde aquí se abarca en toda su extensión, y escucharlo restallar en un loco proferir de fuegos cuya algarabía se abriera paso entre las rocas de sonrisa petrificada. Pero las flores blancas permanecen mudas, el lago continúa inmóvil como un bebé al que su madre asustada se apresura a escuchar para comprobar si aún respira. El sol del mediodía impide cualquier sombra, y bajo su luz omnipotente las flores blancas palidecen. Sabrina se tapa los oídos al tiempo que se tumba sobre una piedra: una sábana marrón en la que jamás se marcará  la huella de un cuerpo, en la que no permanecerá la mancha del sudor de un hombre y una mujer  licuándose al unirse.

Sabrina al fin decide desasirse de los recuerdos, pasa la mano sobre la ardiente superficie rugosa extrañamente acogedora en su desnudez, y se dispone a escuchar la respiración de la piedra. La muerte súbita no ha sorprendido a la madre, que escucha aliviada el ciclo rítmico de la inspiración y expiración del bebé.  Sabrina escucha el silencio, y comprueba que la piedra respira acompasada.

Sabrina detesta el ruido; en él se siente diluir, empequeñecer, disminuir. En las palabras huecas, en las conversaciones de terraza frente a un plato de aceitunas, en el vociferío de los programas de televisión Sabrina no se encuentra, cree que desaparece, le cuesta encontrarse como tras un mal sueño. Hermés dejó de escuchar su silencio, olvidó buscarla con los ojos abiertos, quería adorarla en medio del ruido como a un becerro dorado.

Y Sabrina desapareció, se palpaba y no se hallaba, miraba su imagen congelada en el ruido y no se reconocía. Durante un mayo enteró aguardó cada día los fuegos artificiales. Y solo escuchó un aullido eterno, terrible, un alarido sin fin que abrió la tierra y engulló a la Sabrina que desaparecía en el ruido.

No volvió a saber de Hermés. Ahora sube al yelmo entre flores salvajes, larguiruchas como niños con bigote que han extraviado la belleza en el inicio de la adolescencia. Sabrina arranca las flores con las manos, y la resina atenaza sus palmas. Tumbada en la roca de fuego, en silencio coloca sus manos pegajosas sobre la llama y siente que las flores ablandan el alma de las piedras. Con compasión por las palabras muertas antes de nacer en el ruido que aturde a los hombres, las piedras arrullan a Sabrina con ternura. Escucha, Sabrina, tú que huyes de los caminos señalados, tú que escalas paso a paso a través de caminos desnudos, tú que te dejas arañar por la jara ruda, escucha.

Y Sabrina desparrama la vista por las rocas que se vuelven caras que le cantan canciones sobre las almas que vagan entre ellas. Escucha, niña, en nosotras está la verdad, escúchanos, escúchate, oye el canto de la naturaleza, la canción de los seres sin ánima. Más allá de las rocas, el lago inerte hipnotiza una vez más los ojos de Sabrina que escucha en trance como si mirara las serpientes sobre la cabeza de una medusa.

Sabrina cree que flotar sin vida sobre un lago no sería morir, sino vivir como lo hacen los objetos inertes de la naturaleza. Descansar en un lago significaría comulgar vida sagrada, interpretar la oda del silencio, volar sin ser escuchada como lo hacen los buitres que anidan entre las rocas milenarias.

Aquello que se ve en el silencio es siempre inmenso, piensa Sabrina. La mancha fresca del lago, solo abarcable desde la cima del parduzco yelmo; los buitres situándose en las alturas por encima de la muerte. Los pájaros carroñeros se atracan de muerte, y así es como hacen para seguir viviendo. Sabrina escucha el planear inaudible de las poderosas aves, la calma inmóvil de la superficie del lago que sin embargo late en la profundidad divina. En completo silencio, estallan los primeros fuegos de artificio, verdes, blancos y amarillos como las margaritas del ramo que después regalaría a su abuela.

Sabrina sabe que lo que arrastra el ruido nunca vuelve a resurgir en el espacio diáfano y claro del silencio. Más allá de las rocas, por encima de los buitres, contra el horizonte dibujado por el inmenso lago del valle, las formas fantásticas de los juegos pirotécnicos se escuchan con los ojos del silencio. Entre el yelmo y el horizonte, entre su mirada y el borde último del lago, solo el vacío y el silencio, la claridad y el canto.

Sabrina se lanza colina abajo. Observa ahora una vez más en la sala las margaritas que arrancó en el valle, a los pies del sencillo regato que acaba por desembocar en el soberbio lago. Las margaritas no empapan de resina las manos. Sabrina despega las manos de las rocas y se las lleva al corazón. Sabe lo que aprendió de su abuela, a quien ahora acompaña en su vejez. Con la abuela aprendió que la magia existe donde ocurre el amor, que es en el silencio donde se escuchan los fuegos artificiales.

Sabrina se pone en pie y camina tomando las margaritas, porque sabe que no hay camino, que solo hay ruido y hay silencio. Sabrina, con el ramo asido,  está segura de a qué lado de la barrera del sonido se encuentra ella: del lado donde se camina de la mano del amor, la magia y los fuegos de artificio.







martes, 15 de mayo de 2012

La crisis que achicharra

Dicen que por la noche no se deben escuchar malas noticias: alteran el sueño. Yo evité leer el periódico antes de acostarme; aún así no he pegado ojo. Le echo un vistazo por la mañana: no me despierta mucho su lectura. Busco una noticia positiva; no encuentro ninguna. Me cambio al google reader: en los blogs han optado por hablar de cupcakes y colores pastel, así como por debatir sobre los nuevos clones de Amancio.

Decido irme a la ducha para despejarme y vestirme para salir a la calle y airearme por el mundo. Contraviniendo las recomendaciones de las nuevas gurús de la moda, me pongo lo primero que pillo. Regreso al poco sofocada. Con este calor asfixiante definitivamente se esfuma nuestra última oportunidad de pensar.

No escribo últimamente porque solo tengo un pensamiento en la cabeza: crisis-pesimismo social, crisis-desánimo, más crisis-impotencia/ parálisis. Todo lo que se me ocurre es seguir los pasos del rey. Me monto en el ave y me voy a Barcelona a hacerme un traje como quien se va a África a matar elefantes. Como si no hubiera un mañana. O más bien, como si no hubiera... un hoy de crisis, recortes, austeridad, precariedad, inestabilidad y un sucesivo etc de palabras acabadas en -dad.

Hoy me pongo a escribir porque no queda más remedio que encontrar algún brote verde de la izquierda, algún hilo de luz de la derecha para poder seguir hacia adelante. De lo contrario corro el riego de dejarme caer al suelo y de acabar incinerada por el sol achicharrador. Pensando en aceras hirviendo: en mi corto paseo por necesidad he visto sobre una acera, enfrente de la nada, un cartel rojo brillante, nuevecito, con letras blancas resplandecientes recién salidas de la imprenta o del 20 duros que formaban la anacrónica frase: "Próxima apertura".

¿Qué será lo que se abre? ¿Un campo de concentración para la ciudadanía deshauciada? ¿Un centro donde eliminar ciudadanos protestones o simplemente molestos? Quizá un viaducto para que resolvamos el problema de forma individual y callada. Estoy un poco apocalíptica, pero en realidad no creo que exagere tanto. La esteticien al lado de la panadería debe de haber cerrado hace un tiempo, después de mi última limpieza de cutis hace ya un año. El local sucio y vacío se erige como un féretro abandonado que no proporciona pista alguna sobre el muerto que alberga.

Me siento como un profeta que avista el fin del mundo y en vano trata de avisar a sus coetáneos de que es necesario cambiar de vida y de prioridades antes de que sea demasiado tarde. Quizá soy solo un loco que a veces no logra conciliar el sueño porque lleva en su mano la flor del mal, en el pecho el cáliz de la crisis de España y de Europa entera. Al resto del mundo, especialmente las tierras situadas en el hemisferio sur, que lo arrastre otro, que los pobres de verdad son demasiado pesados para cargar con ellos como quien arrastra un saco vacío y sin embargo rebosante de piedras sin valor alguno. No pegaría ojo.

Ahora sigo escribiendo, y cada vez estoy más asada. Voy a buscar un momento un sitio fresco donde recostarme. Trataré de que me venga la inspiración antes de que el sol cambie de posición y me deshaga como un plástico. Por el momento, me declaro vencida. Aún así tengo fe en el despertar, y la convicción de que aquí la lucha no acaba.

jueves, 3 de mayo de 2012

"Confianza en el futuro"

Tecleo en google "confianza en el futuro". Me sale un anuncio patrocinado de una vidente y su consulta de tarot. También me he enterado de que algunos afortunados hacen cursos llamados tal que "Los caminos hacia la felicidad". Y resulta que en el apartado imágenes aparece la ubicua Esperanza Aguirre con un cartel de propaganda bajo el lema "confianza en el futuro".

¿Será que tenemos la doña y yo la misma idea sobre la confianza? Yo buscaba soluciones a mi desazón, pero mucho me temo que esta señora acaba de desintegrar mi último átomo de... pues eso, de esperanza (que la debe de haber acaparado toda su nombre propio).

Pero tiene que haber vida más allá de la espe. Sigo con mi búsqueda de planetas exteriores. A ver, Zapatero también aparece declarando en algún tiempo pasado su fe en el futuro, y efectivamente ZP da el perfil de extraterrestre. Pero, Google del alma, no es esto lo que ando buscando. Tú que eres el arma del futuro, actualízate un poco. No te me quedes obsoleto, que el mundo no espera a los tardíos. (Te diría que tengas confianza en el futuro, pero me parece un poco fuera de lugar).

Anda, vaya, aquí aparece la frasecita en un blog de psicología. Consejitos sabios, a buen seguro. Echemos un vistazo. Umm, un resumen: si la vida te va mal, acuérdate de cuando te iba bien y te sentías capaz. Pero bueno, que eso es el pasado. ¿Qué hay del futuro? Que te relajes y dejes que la vida te dé sorpresas, recomienda la bitácora sobre "psicología para ser feliz". Paso, hay sorpresas que me recuerdan a Gila: sí, murió, pero... ¿ y lo que nos reímos?

Sospechosamente empieza a aparecer la consabida expresión de forma recurrente en entradas del 2011. Mira tú, el año pasado, anda qué. Pues resulta que el futuro ya está aquí, en el año presente, y seguimos a la espera de la confianza.

De igual manera, la frase "confianza en el futuro" se asocia en la mayoría de los casos a nombres de políticos, bancos y países. Perú parece tener confianza en su progreso, y Argentina también, puesto que ha expropiado no sé que empresa española. Esto comienza a escamarme ligeramente...

Resulta que el Papa también tiene mucha confianza en el porvenir de la humanidad. El Papa está muy lejos, pero un poco más cerca tenemos a Rajoy y al Rey, que dice que ha vuelto para quedarse. Se han juntado ambos líderes como quien queda para echar la ouija y nos han traslado el mensaje ultraterrenal de que la solución pasa por que los españoles tengamos confianza en el futuro. Pero esto me suena un poco tautológico, ¿no? O sea, que para tener confianza en el futuro es necesario... ¿tener confianza en el futuro? Muy bien, pero yo necesitaría una razón con un poquito más de peso.

Tampoco pido tanto, solo una pista, una pequeña indicación, una revelación remota que me ilumine y me indique a mí y a los futuros seis millones de parados a quién o qué encomendarnos. México por lo visto también ha perdido la confianza en el futuro. Bueno, eso no me resuelve nada. No, no me consuela. Y encima ya no pienso ir a México ni aunque me dieran una cosa de esas que antes se llamaban becas o intercambios de trabajo.

Supongo que lo mismo están pensando muchos extranjeros ahora sobre nuestro país: nada de ir a España, que parece que está la cosa muy mala. En las escuelas no caben, y en cambio los hospitales están vacíos, que las camas se venden a precios prohibitivos. ¿Sería una solución utilizar los hospitales caídos en desgracia para acoger a los alumnos enjaulados? Rajoy, le echo creatividad e imaginación a la crisis, que tenemos que ser emprendedores y buscar alternativas. Lo que no sé muy bien es si la idea es ponerse a buscar un nicho por aquí (un nicho de empleo, no seáis malpensados, que aún no está cerrada la búsqueda), o si eso ya vamos a Alemania, que allí nos dan una escoba y para algo valdremos.

Y mira, justo leo que las empresas alemanas sí que tienen confianza en el futuro. ¿Será una señal? Jope, que ya me voy por la página ocho de google y esto es todo lo que he encontrado. Me doy de plazo hasta la página diez, que por mucha necesidad que haya de respuestas y certezas, tampoco es cosa de perder el tiempo por caminos errados. Dos páginas más: voy a prestar atención a la letra pequeña.

Con mil ojos, no se me escape la clave del misterio. La vidente insiste con el tarot. Y... ¡eureka! En el sector avícola hay confianza en el futuro (eso sí, la noticia habla sobre Argentina, parece que están en racha estos muchachos). En todo caso, tengo que decir que yo siempre he tenido mucha confianza en las gallinas y sus posibilidades. Alimento fresco y de calidad asegurado. Al menos por huevos no va a quedar.

Estoy en la página diez: ¡mi última oportunidad del día! La religión católica considera pecado querer apropiarse del futuro. Muchos dirigentes del mundo parece que no hacen mucho caso. ¿Quién se ha llevado el futuro y nuestra confianza en él? Que lo traigan de vuelta, que es de todos, si el capitalismo y la falta de leyes no muestran lo contrario. (Bueno, vale, puede que ya lo hayan dejado claro, pero yo no quiero darme por enterada, ¡que todavía me quedan unas pocas entradas por consultar!)

Anda, una página con un nombre raro, así como espiritual, y tiene una mariposa. Me gustan las mariposas. No sé qué tendrán que decirme las mariposas sobre el futuro, pero lo cierto es que embellecen el presente. Tic tac, tic tac. Dadme un poco de tiempo que tengo que leerlo detenidamente. Sí, ya sé que estamos ansiosos, pero por eso mismo hay que actuar con calma. Es el momento de la sangre fría. Un poco de paciencia, que seguimos en el tiempo presente.

Primera decepción: que dice la página espiritual... ¡que el futuro no existe! Ya, ya, muy bonito, pero el casero es un poquito más terrenal, y creo que ya tiene planeado pasarme la cuenta del mes que viene. Siguiente idea: el karma. Si haces bien, recibirás bien, y si eres malo, pues te irá mal. ¡Pero esto qué es! Eso sería antes, en la gran tradición hindú, pero en los tiempos modernos la verdad cósmica ha cambiado: roba y manga, y vivirás en la abundancia; sé honesto y escrupuloso, y te hundirás en el pozo.

Y cuando hablo de futuro tampoco estoy refiriéndome a la otra vida ni por el momento me interesa la reencarnación (aunque siempre la dejo como último recurso). Señores que dictan las leyes espirituales: tenía en la cabeza algo más a medio plazo...

Llego a la última entrada, y me parece un chiste malo. Se trata de un estudio bastante sesudo que analiza la confianza en el sistema de salud. En tiempos mejores, los doctos investigadores se ganaban la vida llegando a conclusiones como esta: "la buena calidad puede aumentar la confianza del pueblo en la atención de la salud pública". No me lo invento; he citado textualmente.

O sea, que a tenor de la disminución de la calidad va a ser verdad que el futuro cada vez existe menos...

Y eso es todo, fin de la búsqueda. Al menos puedo comunicaros que la confianza en el futuro no está en google. No perdáis el tiempo tecleando la frase. Buscad debajo de la alfombra, entre los visillos, detrás de la tele. La respuesta no está en el mundo virtual.

Quizá ha llegado la hora de dejar de copiar y pegar, y ponerse a buscar la solución en el mundo real. Puede que el camino no se descubra, sino que haya que crearlo. Eso sí, no se os ocurra colocarlo en la comunidad de Madrid, que seguro que nos cobran el peaje.

the place where i belong

the place where i belong
harbor and dock
        at once
fellowship and solitude

i take you all along the solo trail
there's no way i could forget who stood by
who cared and loved
who still do

now i carry on my ship
                                                                    alone
that's what human beings are meant for

i look up and check the stars
one night more we'll sail through
the place where i belong
          sea and land

sometimes i'd rather be not seen
but still children and dogs would feel my presence
and i couldn't escape
invisible people move so  s l o w

maybe you my dearest
                                  once again
will find and recognize me
and then we'll become a gang
and won't be afraid of the streets in town

the place where i belong
among the weary undergrowth of nature
                                                                            the place where i belong

i'll be back to you earth one day soon
meanwhile on board
i keep at wheel and move ahead
not dreading the ocean
                            blank around

just another fish
i see and trust
you look too
there's nothing else to think about

the waves whisper strength and glee
in fretful adoration my flesh replies
i declare myself visible from now on
                           still clean eyes pierce my melting bones

your touch dives deep in my chest
like a salmon across the tide
warm memories flood my body
for we don't remember days but overwhelming moments

with full moon i steer for home
and all of a sudden i find myself
atop a bright star
where i can see the spot
i used to think as truly mine

i sense your light faithful stars
we ignite the earth
my place is just a ray
and finally i understand
                          where i belong

i stand on salty water
in the middle of the night
the invisible becomes alive

silver shiny creatures leaping in the sky
                                                   for joy and love
amidst the starry foam
reaching for the crests
never asking why

stream and air
i'm part of you
I belong to the bliss of the flow

jueves, 26 de abril de 2012

Dulces del mar Cantábrico

Para todos los que compartimos el "café cántabro"

Nada es casual. Puede que avancemos hacia el caos, pero aún así pienso que las cosas suceden por alguna razón. Y siempre para que nos demos cuenta de algo. A través de sucesos y casualidades nuestro inconsciente habla. Así es como nuestra realidad se expande.

No es casual que haya acabado por leer un poema (¿o será más bien un antipoema?) de Nicanor Parra sobre el embrutecimiento y el vacío de las horas gastadas impartiendo clases. Y me encontré leyéndolo ante profesores competentes y comprometidos. Al final siempre acabamos encontrando historias para nosotros mismos.

Ha llegado hasta mi casa el recorte de un periódico inglés informando sobre la caravana del amor organizada en un pueblo cercano. ¿Podría ser este hallazgo simplemente el resultado de una sucesión de casualidades inocuas? La casualidad justamente demuestra que estamos todos conectados, unidos por lazos que cruzan mares y corazones. Las casualidades nos montan en acontecimientos como pequeñas embarcaciones y acercan nuestras islas individuales.

Las historias que cuentan mis collages parecen comenzar por casualidad. Los dibujos son el resultado de una sucesión caprichosa de imágenes y palabras. Pero luego la obra acabada comienza a susurrar cuentos al oído, y entiendes que la casualidad no existe. Es el inconsciente quien escribe nuestras verdades.

No es casualidad que hoy no pueda dormir. Sigo despierta porque miro, siento, contemplo. Escribo rodeada de flores. Cuelgan de las paredes, se suben por los manteles, conquistan el baño, se cuelan en la cocina. Por las noches encuentro campanillas amarillas debajo de la almohada.

Mi casa es un jardín flotante, con duendes escondidos tras cortinas de hojas. De la higuera podada en invierno comienzan a surgir brotes como bebés con los ojos muy abiertos. Los besos son capullos que se abren desperezándose.

No es casualidad que hoy haya sido tan liviana y contundentemente feliz en el camarote grande de la embarcación de mi casa. La luz se filtraba a través de seres resplandecientes como peces de plata. Julia, el pececillo más pequeño, nada en la pecera con sus escamas rubias. En sus brazadas infinitas de niña, nunca alcanza los  límites de cristal.

Mi casa-barco se mece ligera entre las fragrancias salvajes de las plantas. Aspiro con los ojos cerrados el aroma de las rosas que hierven en las calderas. Cierro los ojos para no dejar de ver las estrellas claras.
 
Velo lo que queda del día en un barco henchido de coronas de flores que se desliza plácido por aguas suaves. Desde lo alto del tejado, más alto que las montañas que encierran el valle, me inunda la certeza serena de que nos movemos en el espacio abierto.

Me aposto en la torre de vigía. El barco, por unas horas sin necesidad de timonel, avanza impulsado por las margaritas que esta noche canturrean sí. Mientras, las violetas crecen sobre los corazones de los muertos proclamando en la noche líquida que todo sucede por algo.

La oscuridad madura dilata las pupilas,  y en medio de los ojos reluce la estrella del norte. Os veo a todos, y os llevo conmigo en el barco de flores. Navegamos con entrega serena a las olas sabias.  Nos dirigimos hacia el caos para encontrar el orden. Nos arrastramos hasta el último tronco en la orilla antes de las cataratas.

Al borde del torrente, sabrá mi fuerza verde que todo sucede para algo, que avanzamos en línea recta hacia las Américas para acabar por encontrarnos a nosotros mismos en la redondez perfecta de la tierra. Remo con golpes acompasados entre las aguas calmas de flores blancas.

Llevo de avituallamiento sobaos y quesada, me guío por la caracola que las olas del mar Cantábrico me han puesto por corazón. Como en todas las grandes aventuras, no voy sola en este barco. En la serenidad nocturna, tu presencia dormida despierta y me abraza. Mientras soñáis en suspenso, las velas de mi barco se esponjan con los vientos favorables de vuestros carrillos.

Remo sin esfuerzo en mi barca de espuma nívea. Mientras el mundo duerme y deja de existir, disfruto del silencio cargado de sueños callados como rayos de tormenta. De pronto restalla un trueno que rasga las aguas y las azota con energía eléctrica. Cogidos de la mano danzamos y reímos bajo las gotas quedas que hacen cosquillas a las flores y acarician la hierba.



martes, 17 de abril de 2012

Las olas del cambio

Hace un día estupendo de sol. También me gustan los días de lluvia. Poco a poco todo vuelve a su sitio, como se reconstruye la naturaleza tras un terremoto o un tsunami. El polvo cae al fondo del vaso, se disuelven los gránulos en el agua. Ayer en la taza de café la cucharilla removió el terrón de la amabilidad.

Tomé un café en un bar, y de forma natural sonreí y me comporté de manera extramadamente adecuada. La educación no es más que reconocer la presencia y el valor del otro. Y a su vez la señora del bar fue tan simpática que desde el bar contribuimos con nuestros activos al banco mundial de la amabilidad. Yo estoy convencida de que el mundo es energía, de forma que de las vibraciones positivas que envían unos nos beneficiamos todos. La alegría, el amor y la amabilidad van cayendo como fichas de dominó colocadas en un scalextric.

Ayer sopló el viento fuerte. Cualquier cosa podría caerte sobre la cabeza. Las antenas sobre los tejados del pueblo se meneaban como cohetes a punto de despegar. Por la mañana, desde el coche, comentamos al pasar que el viento había volcado los tres contenedores de basura vacíos. Por la tarde volví a pasar conduciendo por el mismo sitio. Un señor se acercó al primero de los contenedores y lo puso en pie. Paré un poco más adelante y desde el espejo retrovisor observé cómo el buen hombre levantaba los contenedores uno por uno. Seguí mi camino y desde mi interior, conmovida, le di las gracias a este señor. Ayer el karma del mundo fue un poco mejor. 

En este tiempo de incertidumbre y angustia, en el que tanta gente tiene que andar desesperada, ansiosa, confundida, vuelvo los ojos a las cosas pequeñas. Puede que ahí esté el sentido del mundo. Mirándolo bien, es un poco absurdo decir que la vida nos va fatal a cuenta de la crisis y de la situación de paro y recesión del país. Visto desde la óptica de los miles de personas que mientras lees esto se mueren literalmente de hambre (o simplemente se mueren, cualquier muerte es idéntica en cuanto que relativiza las preocupaciones diarias) nuestras preocupaciones por el dinero y la inestabilidad de nuestras vidas se vuelven no solo absurdas, sino surrealistas. 

Pensar que vivimos mal sigue siendo pura ironía, un chiste malo. Vivimos, y eso debe ser bastante. Buscamos en el dinero un escudo para repeler los males de la vida. Nos aferramos a la estabilidad para controlar los inevitables cambios. Ponemos nuestras esperanzas en la seguridad del trabajo con la esperanza de apaciguar la inestabilidad del mundo, como si pudiéramos transformar un tigre en gato dándole un poco de carne.

La vida es un tigre, una fiera salvaje. Es cambio, imprevistos, fuerza, indiferencia. Violamos las leyes mismas de la existencia tratando de contener el mar en un cubo de agua. Palada a palada vamos haciendo acopio de nuestra ración de agua salada. Y de pronto levantamos la visa del pequeño cubo, estiramos la columna doblada, y el mar sigue siendo infinito. En algún momento una ola un poco más violenta barre de la playa cubo y pala, y nos arrastra a nosotros hacia el fondo negro.

Si la vida es cambio, nosotros debíamos fluir con ella en lugar de aferrarnos a los barrotes de nuestra jaula. Como gigantescos osos blancos encerrados en el zoo damos vueltas alrededor de nuestra cerca creyendo que así podremos llegar a alguna parte. Que sean bienvenidos los cambios, la crisis y las olas feroces que nos sacan el culo de nuestra zona de confort y conformismo.


El mundo está en contínuo cambio, pero nosotros seguimos siendo dueños de nuestro destino. En realidad, solo podremos mantener el equilibrio, seguir al pie del cañón, si asumimos que la vida es una sucesión de olas y el sentido se encuentra en navegarlas, una por una, siendo consciente de cada una de ellas. Si permitimos que las circunstancias dominen nuestras vidas, si dejamos que sean las situaciones las que nos definan y nos digan quiénes somos, estamos condenados a hundirnos sin remedio. 

La fuerza procede de dentro, nacemos con ella igual que nos dotaron de piernas y brazos. Con esa fuerza que nos define caminamos sobre las aguas, nos desplazamos con cada ola. Bienvenida sea la crisis que nos hace fijarnos en los actos pequeños que aportan calor a la hoguera del mundo: un hombre levanta en un pueblo escondido entre montañas los cubos de basura que pertenecen a toda la comunidad; una señora en un bar sonríe a una chica que aún no puede trabajar. Antes ha sido la chica amable y correcta, porque lleva dentro el fuego que los leños de otras gentes ahora en la distancia han avivado en ella. 

Si las olas nos arrastran, si a duras penas logramos mantenernos a flote, ha llegado la hora de plantearnos nuestro destino. Mira tu brújula y asegúrate de que apunta al norte. Contempla el cielo en la noche clara y comprueba si aún puedes encontrar la estrella polar que guía a los navegantes. 

Quizá nos hundimos todos en masa como el imbatible Titanic chocando contra el iceberg de la crisis y el miedo.  Ha llegado la hora del cambio, y cada uno debe ocupar su sitio en la embarcación. ¿Quién rige nuestro destino, quién ha decidido el rumbo? Es hora de levantarnos y remar hacia nuestro destino, de hincar los palos para avanzar en la dirección que nos indica nuestra fuerza primigenia. Es posible mantener el equilibrio, disfrutar del momento, saltar las olas de los inevitables cambios aprendiendo a verlas como oportunidades de crecimiento.


Hay gente que ya se ha lanzado al agua, y que sigue remando impertérrita por ellos y por todos nosotros. Un hombre levanta contenedores, una señora sonríe en un bar. Otros leen los periódicos y desde la torre de vigía lanzan su mensaje a los siete mares. ¿Oyes el toque de corneta? Escucha atentamente, porque es tu fuerza la que te habla y te confirma quién eres. Mira al cielo y sigue tu estrella.

Desde las rocas más altas me lanzo feliz al mar. Braceo sobre cada ola hasta que la tripulación me recoge y juntos navegamos hacia donde nace el sol. Cosas pequeñas y grandes comienzan a ocurrir, y yo sonrío mientras el viento me despeina y enciende mis mejillas.



Hay un lugar donde la magia existe, más allá de nuestra zona de seguridad.


Pinturas: Turner

domingo, 15 de abril de 2012

Para vivir

Para vivir necesito:

una habitación ordenada, con algo de luz y no muy fría (preferiblemente en tonos cálidos)
libros
un poco de comida (leche, fruta, galletas y bollos, algún sándwich o pasta)
que me dé el aire libre en la cara
compañía para tomar café
alguien que me espere en un lugar lejano
polvos mágicos

Aparte de las necesidades básicas, algunos lujos extra:

leer junto a la lumbre en invierno
ríos y charcos para bañarse en verano
toparme por tiendas y mercados con objetos bonitos
escribir a ordenador
ver el mar de vez en cuando
alguien para quien su vida sea mejor conmigo
personas de quien aprender
gente para compartir
alguien especial con quien crecer y reír

No es muy difícil ser feliz.

Dibujo: CRLS

sábado, 14 de abril de 2012

Objetos muertos

Ayer fue mi cumple-mes. Un día cualquiera, un día especial. Me regalaron una figurita de Campanilla. Últimamente me encantan los objetos pequeños. Me evocan los momentos en que fueron comprados/ regalados/ encontrados mucho más certeramente que cualquier fotografía. En realidad nunca me han gustado mucho las fotos; creo que pueden ser muy engañosas. A mí al menos me cuesta en la mayoría de las ocasiones reconocerme en ellas. No suelo encontrar un paralelismo entre lo que sugiere la foto y las sensaciones que yo recuerdo. Un momento mágico, y te ves con unas pintas que no querrías ni para tu mejor enemiga. Un momento de desasosiego, y en la foto resplandeces para la posteridad.

La muñequita reposa en la mesilla, junto con el libro del pato que aprende a caminar pasito a pasito, el barco del que yo llevo el timón, la moneda mágica que encierra destinos, el librito con palabras de alegría que regalé a una amiga y que ahora me ha prestado... Cómo me gusta rodearme de los objetos queridos. Del corcho cuelgan en perfecto orden dibujos, palabras, adornos en forma de flores o corazones, notas, collages y recortes. Miro alrededor y siento la calma de los objetos silentes, esplendorosos en su función de apresar y derramar olores del pasado como rosas rojas por siempre en plenitud.

A veces abro una caja y tomo una nota, un calendario, un papel que no reconozco. Pero también brilla siempre un objeto único que sin previo aviso, como un ataque cardíaco, te sienta de nuevo en aquel coche en el que a tu primo muerto se le durmió un brazo para que tú no despertaras. Después los apuntes salen volando del interior del coche al parar, y los buscamos presurosos entre el viento. Ahora de todo eso solo queda un reloj viejo de plástico blanco, sin correa. No quisiera que ninguna foto viniera a matizar mi recuerdo, la vivencia repetida que el reloj activa. Los objetos ponen las manecillas en marcha; la foto congela, declama y sermonea. Mi reloj marca  la hora del tiempo interno.

Los objetos perpetuan los momentos en la memoria. Por eso, para enterrar los recuerdos es necesario un cementerio de objetos. Pero quién querría perder la memoria, borrar años de vida, condenar la felicidad al olvido. Cuando se pierde la felicidad, los objetos se vuelven armas, su presencia punza el alma, que se desangra en nostalgia. Es quizá recomendable entonces dejar que los objetos descansen en soledad, purgando nuestra sed de eternidad. Podemos salir de casa, irnos de viaje, alejarnos por el camino y cerrar la gran verja de entrada, cubrir los muebles con sábanas blancas como cadáveres sin recuperar en el campo de batalla. 

Al volver la primavera, regresaremos tras el destierro a la mansión de las puertas verdes, y correremos las cortinas, descubriremos los muebles, dejaremos entrar al viento fresco a través de los luminosos ventanales. Y entonces pasaremos la mano sobre el lomo de cada objeto que encierra nuestra antigua felicidad, y las figuras y recuerdos maullarán como gatos mimosos, y se les erizará el vello, y nosotros encontraremos sosiego y sentido en los viejos momentos de la felicidad pasada. Los objetos acariciados lentamente nos hablarán en sus gemidos de quiénes somos, de quiénes nos gustó ser, de la felicidad con la que vamos llenando nuestra hucha de oro.

Por ello resulta tan desoladora una caja con su contenido cerrado,  precintada con cinta adhesiva de embalar marrón. Restos de una mudanza, momentos extraviados en el abismo de los cambios, recuerdos amordazados como una mujer maltratada incapaz de hablar más. Yo tengo una caja de plástico con las asas azules en lo alto de un desván polvoriento y hasta con algún ratón muerto. En una caja puede caber una sucesión infinita de días, la osamenta corrompida de toda una época, gigantesca como la de un dinosaurio. 

Pero los restos mortuorios de una caja cualquiera, a diferencia de los de una casa cerrada en invierno, no deben pagar tan solo por la alegría, la plenitud y el sentido que nos prestaron, y que ya no son más. El purgatorio no es suficiente para esos restos cenicientos que conocieron la maldición de un eclipse de sol. Cuando la violencia y la sinrazón de los hombres apagan como una vela la llama de luz y calor, los vestigios del sacrilegio no son aptos para descansar en tierra consagrada. Los despojos condenados expian de este modo el pecado más grande del hombre: la ignorancia egoísta que reduce a migajas el pan de la alegría.

No es fácil acallar los objetos; sus quejidos lastimeros se oyen en las noches de lluvia negra. A veces aún me encuentro con restos desmembrados que resisten en cajones, que se esconden al fondo de las estanterías, que cuelgan y crecen en las esquinas del techo como telas de araña. Pienso en ellos como en los muertos olvidados en las cunetas que claman bajo la tierra por su merecido descanso. El olvido es un cadáver al que le siguen creciendo uñas y pelo.

Al cruzarme con alguno de estos objetos que no encontraron su sitio en la caja de asas azules, me parece que llora como un niño robado. Otro día en que no llueva, una mañana transparente y verde, levantaré la tapa de la caja, y al final reposarán todas las cosas conformando un esqueleto entero. Cuando pase el tiempo del odio y el dolor, cuando llegue el fin del mundo, alguien vendrá y juzgará sobre el destino de los muertos. En la esperanza de la resurrección, los viejos objetos del bien y del mal se salvan de la hoguera incineradora, clavando sus uñas desgastadas en la tapa azul del ataúd de plástico.


Las ruinas de la historia aguardan el juicio final. Que descansen los muertos en paz por los siglos de los siglos, esperando el perdón que solo un dios todo misericordioso podría conceder.

La canción que he oído unas cuantas veces mientras escribía:


jueves, 12 de abril de 2012

En Ávila

sesenta y siete escalones hacia la plaza
treinta y seis euros en comida castellana
veinte besos caminando con los ojos cerrados
unos cuantos árboles en flor

las murallas de Ávila enmarcan el cielo